Narradores poco fiables: cómo engañan al lector

Cuando abrimos un libro, solemos confiar en la voz que nos guía. El narrador es, en teoría, quien nos cuenta lo que pasa y nos ayuda a entender la historia. Pero ¿qué ocurre cuando esa voz no es de fiar? Cuando lo que dice está manipulado, distorsionado o directamente es mentira, la lectura se convierte en un juego mucho más complejo. Los «narradores poco fiables» son expertos en desorientar al lector, y cuando están bien construidos, convierten la novela en una experiencia hipnótica..


¿Qué es un narrador poco fiable?

El concepto fue formulado por Wayne C. Booth en The Rhetoric of Fiction (1961). Un narrador poco fiable no es necesariamente un mentiroso descarado. Puede ser alguien que cuenta las cosas desde su propia versión interesada, alguien que omite información, que se autoengaña o que tan solo ve el mundo con unos ojos demasiado estrechos o sesgados.
El lector recibe una historia filtrada y debe decidir cuánto creer, qué sospechar y dónde buscar las grietas.

No se trata de un error narrativo ni de falta de habilidad, al contrario: es un recurso deliberado del autor. La gracia está en que el lector avance con la duda, atrapado entre lo que se le dice y lo que intuye que se le oculta.


Mentir al lector, pero con elegancia

El ejemplo clásico es El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie. En esta novela, el narrador no solo omite, sino que manipula. El giro final funciona porque confiábamos en él. Al descubrir la estratagema, la sensación no es de enfado, sino de asombro ante la maestría con la que nos han tendido la emboscada.

Otro caso célebre es Lolita, de Vladimir Nabokov. Humbert Humbert narra su obsesión con una niña en un tono seductor y retorcido que intenta justificar lo injustificable. El lector se encuentra dividido entre el rechazo moral y la fascinación estética por la voz narrativa. La trampa aquí no es un misterio policial, sino la manipulación emocional: Humbert quiere convencernos de su historia, aunque sepamos que está distorsionada.


El filtro de la inocencia

A veces, la falta de fiabilidad no viene de la malicia, sino de la ingenuidad. Los narradores infantiles son un buen ejemplo. En El guardián entre el centeno, Holden Caulfield cuenta sus días con un tono desenfadado y desordenado. No miente, pero su visión adolescente está tan teñida de rabia y desencanto que el lector percibe más de lo que él mismo entiende.
Algo similar ocurre en Room, de Emma Donoghue, narrada desde la perspectiva de un niño que ha crecido encerrado en una habitación. Lo que para él es un mundo completo, para el lector es un escenario de horror. La falta de fiabilidad aquí no es un artificio, sino diferencia de perspectivas: entendemos lo que el niño aún no puede comprender.


El narrador que se rompe

Si la inocencia sesga desde la luz, la fragilidad mental lo hace desde la sombra. En El club de la lucha, el narrador nos conduce por una historia de rabia contra el sistema, pero su percepción está alterada. El famoso giro final muestra que lo que nos contaba era solo parte de la verdad, y que él mismo era víctima de su fractura psicológica.

En La chica del tren, de Paula Hawkins, la protagonista-narradora sufre lagunas de memoria por su alcoholismo. El lector avanza atrapado en esa incertidumbre: ¿qué ocurrió realmente? ¿qué recuerda ella mal? Aquí la tensión surge de la fragilidad del narrador: queremos saber la verdad, pero dependemos de alguien que no puede dárnosla entera.

¿Por qué nos gustan los narradores poco fiables?

Porque nos obligan a leer de manera activa. Ya no podemos acomodarnos en una voz que lo explica todo; tenemos que sospechar, contrastar, deducir. El lector se convierte en detective, psicólogo o juez de lo que lee.

Además, reflejan algo muy humano: todos contamos nuestra vida con un sesgo. Nadie narra desde una neutralidad absoluta. Cuando un autor construye un narrador poco fiable, lo que hace es llevar al extremo ese sesgo y convertirlo en motor de la historia.


El arte de la desconfianza

Un narrador poco fiable mal construido puede frustrar. Si la trampa se descubre demasiado pronto o se siente gratuita, el lector se siente engañado. Por eso requiere tanto arte. El equilibrio está en dar pistas suficientes para que el lector pueda sospechar, pero sin que la revelación pierda fuerza.

La clave está en la coherencia interna. El narrador puede ocultar, pero no inventar sin sentido. Puede engañar, pero sin contradecirse absurdamente. El buen narrador poco fiable no rompe la historia: la enriquece.

La literatura en español también lo ha demostrado. En La verdad sobre el caso Savolta, de Eduardo Mendoza, las voces narrativas ofrecen versiones contradictorias de los hechos, obligando al lector a recomponer la verdad entre lagunas y exageraciones. Y en Niebla, de Unamuno, el juego metaliterario lleva la desconfianza al extremo: el propio autor irrumpe en la ficción para discutir con su protagonista. Aquí el artificio no está en los hechos, sino en las reglas del relato mismo.


Más allá de la literatura

Este recurso no es exclusivo de los libros. El cine también lo ha explotado. En Sospechosos habituales, el testimonio de Verbal Kint va tejiendo una historia que se derrumba en la última escena. En El sexto sentido, lo que parecía un relato objetivo resulta estar marcado por un detalle que cambia toda la percepción.

La narración poco fiable también funciona en la pantalla: comparte con la literatura la vulnerabilidad del espectador ante una voz que controla la información.


Desconfiar para creer

Los narradores poco fiables nos recuerdan que toda historia es, en el fondo, una versión. Que no siempre podemos fiarnos de la voz que habla, y que esa incertidumbre es parte del viaje. La literatura gana en profundidad cuando nos obliga a desconfiar, a cuestionar y a leer entre líneas.
Al final, lo que parece una trampa es en realidad un regalo: un juego de espejos en el que el lector descubre que lo importante no es solo lo que le cuentan, sino cómo decide interpretar lo que oye.

Ejemplos de narradores poco fiables

1. El asesinato de Roger Ackroyd, de Agatha Christie

2. Lolita, de Vladímir Nabokov

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