Inmanencia, de Víctor Lapuente

Una inteligencia artificial, un cáliz perdido y el corazón humano

En tiempos donde las novelas distópicas proliferan con mayor o menor fortuna, esta obra consigue lo más difícil: plantear un futuro inquietante sin abandonar jamás lo humano. Inmanencia es una historia que se despliega entre el susurro de un pasado rural, la lucidez crítica del presente y el vértigo de un futuro dominado por la tecnología, sin perder de vista, en ningún momento, la pregunta esencial: ¿cómo vivir con dignidad en un mundo que ya no sabe lo que eso significa?

Narrada con una prosa rica, envolvente y a menudo poética, la novela nos presenta a Martín, un joven de origen humilde que, tras una adolescencia marcada por la inquietud moral, el estudio y la búsqueda del sentido —junto a sus inseparables amigos Miriam y Pablo— se ve inmerso años después en un proyecto tecnológico de proporciones mundiales. Una inteligencia artificial llamada FRIDA, diseñada para rediseñar la sociedad desde sus cimientos. En teoría, para bien. En la práctica… el lector irá descubriendo, paso a paso, cuán fina puede ser la línea entre la utopía y la pesadilla.

No es una novela de ciencia ficción al uso. Aquí no hay gadgets brillantes ni saltos a la estratosfera. El verdadero escenario es interior. Es la conciencia del protagonista, el dilema entre la justicia y la lealtad, entre lo personal y lo político, entre la grandeza de las ideas y la fragilidad de los cuerpos que las sueñan. Hay también un profundo trabajo de personajes, cuyas motivaciones se nos revelan con matices: nadie es del todo héroe ni del todo villano. Todos arrastran heridas, esperanzas y contradicciones.

Una de las mayores virtudes del libro es su capacidad para fusionar géneros sin fracturas: por momentos es novela de formación, por otros, thriller político; en ocasiones se torna casi ensayo filosófico, sin perder nunca el pulso narrativo. Las referencias bíblicas, las discusiones sobre democracia, el peso simbólico del Santo Grial, los ecos de Tocqueville, Nietzsche o los evangelios conviven con escenas tan cotidianas como el calor de un velatorio en un pueblo de secano o el olor a romero de los Monegros. Esa alternancia entre lo elevado y lo terrenal es una de las claves de su potencia.

Tampoco es casual la elección de los lugares: desde Chalamera —ese enclave rural que podría ser todos los pueblos del mundo— hasta las bibliotecas de Oxford, pasando por escondites secretos, iglesias silenciosas y desiertos digitales. Cada espacio está cuidadosamente elegido para dialogar con las ideas en juego: la fe y la técnica, la comunidad y la soledad, el pasado y lo que vendrá. Y, en medio de todo, la pregunta sobre si aún es posible una revolución que no destruya al ser humano en el intento.

Sin embargo, más allá de la tensión política o tecnológica, lo que late con más fuerza en la novela es la dimensión afectiva. Las relaciones entre los personajes, en especial el triángulo Martín-Miriam-Pablo y la evolución posterior de Martín e Irene, tienen una calidez y una hondura que desarman. El duelo, el amor que no fue, la fidelidad que se quiebra y la culpa que nunca se va tejen una capa emocional que da sentido a todas las decisiones, incluso las más extremas. No es una novela fría, sino profundamente viva, encarnada, humana.

La escritura es, además, uno de sus grandes logros. Fluida sin ser superficial, filosófica sin ser pesada, irónica sin cinismo. Las voces están bien moduladas, los diálogos tienen ritmo y verdad, y los pasajes narrativos largos se sostienen con pulso firme. Hay momentos de gran belleza estética, y otros de intensidad dramática, pero nunca se pierde el equilibrio. El texto no teme detenerse a pensar, pero tampoco duda en acelerar cuando la historia lo requiere. Es, en definitiva, una obra escrita con la cabeza y con el pecho.

Inmanencia es una novela para lectores que buscan algo más que entretenimiento: una experiencia literaria que interpele, conmueva y deje huella. Nos habla del futuro, sí, pero también del pasado que arrastramos, del presente que nos atrapa, y de la necesidad, cada vez más urgente, de repensar qué significa vivir bien. Con inteligencia, profundidad y emoción, esta historia recuerda que no basta con programar el mundo. Hay que aprender a habitarlo.

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