Grace & Frankie

Si algo sostiene a Grace & Frankie son sus personajes. La pareja protagonista funciona no por afinidad, sino por contraste: Jane Fonda aporta la elegancia controlada y Lily Tomlin la irreverencia desbordada. Unidas parecen dos mitades imposibles de una misma figura, y ahí reside gran parte del encanto. Alrededor de ellas orbitan exmaridos y descendencia, cada uno con un peso propio: los primeros, entrañables y creíbles, sin disfraz de juventud impostada; los segundos, como anclaje inevitable a un pasado que no desaparece, pero que ya no ocupa el centro de sus vidas.

El humor no busca la carcajada constante: acompaña, aligera y, en ocasiones, se permite la risa absurda. Más que un festival de chistes, la serie transmite la sensación de que, pese a todo, hay motivos para estar bien. Esa mezcla de comicidad ligera y ternura convierte cada capítulo en un refugio.

El gran tema es el tiempo. Envejecer no aparece como un final, sino como una etapa más, con sus cambios, retos y posibilidades. La ruptura matrimonial que lo inicia todo actúa como detonante para volver a empezar: explorar relaciones distintas, replantearse amistades y hasta aventurarse en proyectos profesionales insospechados. Adaptarse no significa rendirse, sino buscar nuevas formas de avanzar.

En paralelo se despliega una reflexión sobre la amistad femenina. Grace y Frankie no son amigas de manual: discuten, discrepan y se cansan la una de la otra, pero encuentran en esa imperfección la fuerza para sostenerse. Es un homenaje a un vínculo tan necesario que se convierte en motor cuando todo lo demás se tambalea.

También las familias aportan su propio matiz. Cada personaje funciona como pieza de un engranaje que da forma a la vida de las protagonistas: los exmaridos, con su relación inesperada, las empujan a reinventarse; los hijos, que pasan de ser el centro a convertirse en contrapeso; las nuevas parejas, que sirven de espejo para decidir qué quieren ser. Nadie aparece como adorno: todos suman en el retrato colectivo.

El peso interpretativo recae en dos actrices que son historia del cine estadounidense. Fonda, rostro reconocido por varias generaciones, ha sabido reinventarse en cada etapa de su carrera. Tomlin, con menos exposición en España, despliega aquí un talento natural para la comedia con matices dramáticos que la convierte —como en cada trabajo— en la gran revelación. Su química es tan poderosa que resulta imposible imaginar la serie sin ellas.

La naturalidad con la que se aborda la vejez también la hace única. Frente a la visión social que reduce esa etapa a un paréntesis, Grace & Frankie devuelve a los mayores el protagonismo: muestra que envejecer no significa detenerse, sino seguir adelante, cada cual a su manera. Puede ser un tiempo de calma, sí, pero también de descubrimiento y vitalidad.

Quizá por eso he regresado varias veces a esta ficción. La he visto tres veces completa y aún me resulta acogedora, como un lugar seguro al que volver. (Ojalá existiera un interminable archivo de tomas falsas para seguir disfrutando de la complicidad entre Fonda y Tomlin). Y aunque el desenlace deja un regusto extraño, como si el pulso se hubiera desviado en el último tramo, la sensación final es la de haber compartido un viaje cálido, reconfortante y lleno de vida.

Lo que me llevo de Grace & Frankie no son solo sus tramas ni sus golpes de humor, sino esa sensación de hogar. Es una serie que acompaña, que puedo revisitar como quien vuelve a una casa donde siempre hay alguien esperando. Grace y Frankie recuerdan que la vida no se agota en una edad ni en una circunstancia concreta: se transforma, se reinventa, se abre a lo inesperado. Y quizá por eso, más allá de la risa o la emoción, Grace & Frankie se queda conmigo como un recordatorio amable de que siempre hay otra forma de seguir adelante.

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