Desde los orígenes de la literatura, los lectores y oyentes se han preguntado por el estatuto de verdad de lo narrado. ¿Estamos ante un testimonio de hechos ocurridos
o ante una invención? ¿Y hasta qué punto importa esa diferencia? La narrativa habita justamente esa frontera: su fuerza no depende solo de la veracidad empírica,
sino de la verosimilitud y de la capacidad de construir sentido.
Realidad, ficción y verosimilitud
Aristóteles, en su Poética, distinguía entre historia e imitación poética: la primera relata lo que ocurrió; la segunda, lo que podría ocurrir según la lógica de la trama. La literatura no necesita decir la verdad en términos fácticos; necesita parecer posible. Un relato fantástico o una novela histórica responden a distintas expectativas, pero en ambos casos el pacto con el lector es de verosimilitud.
El lector acepta dragones o viajes espaciales si las reglas internas del relato se cumplen. Lo increíble se vuelve creíble cuando el mundo narrado sostiene su coherencia. Al contrario, un anacronismo en una novela histórica puede romper la ilusión aunque los hechos narrados sean «reales».
Pactos de lectura: el contrato con el lector
Philippe Lejeune llamó pacto autobiográfico al compromiso de verdad en la autobiografía: autor, narrador y protagonista coinciden, y el lector espera fidelidad factual. En la ficción, en cambio, se establece un pacto novelesco: el lector sabe que lo que tiene entre manos es invención y acepta la suspensión de la incredulidad como parte del juego estético.
Entre ambos extremos se extienden zonas grises: autoficción, crónica literaria, testimonio, diarios novelados. Allí el lector oscila entre confianza y sospecha, sabiendo que la frontera es porosa. Piensa en autores como Karl Ove Knausgård o Annie Ernaux: ¿leemos sus libros como confesiones sinceras o como construcciones literarias? La riqueza está precisamente en esa ambigüedad.
El valor de la ficción: verdad simbólica
Una historia inventada puede transmitir verdades más hondas que un dato factual. Don Quijote no existió, pero sus delirios revelan la relación entre literatura y vida. 1984 nunca ocurrió, pero su vigencia política es mayor que la de muchos informes históricos.
La ficción crea una verdad simbólica: un espejo deformado que ilumina realidades sociales o éticas. Al leer Los viajes de Gulliver, no buscamos datos de navegación, sino la sátira de un mundo político reconocible. Lo inventado se convierte en un camino privilegiado hacia lo real.
Narrativa de lo real: la sed de autenticidad
El auge contemporáneo de géneros como la novela testimonial, la crónica periodística o el true crime responde a la búsqueda de autenticidad. El lector quiere creer que lo que lee pasó de verdad. El éxito de autores como Svetlana Aleksiévich o de series documentales sobre crímenes —tan frecuentes hoy en plataformas de streaming— y pódcast especializados se apoya en esa sed de realidad.
Sin embargo, incluso allí la mediación narrativa opera: la selección de episodios, el estilo, la voz del narrador construyen un efecto de verdad que nunca es neutral. No existe relato sin filtro: incluso el testimonio más fiel está atravesado por decisiones narrativas.
La sospecha posmoderna: todo es relato
La crítica posmoderna —Lyotard, Hutcheon— cuestiona la distinción tajante entre realidad y ficción: lo que llamamos realidad también está mediado por relatos, discursos, encuadres. La diferencia entre novela histórica y crónica se vuelve relativa: ambas construyen versiones del mundo, ambas editan la experiencia.
De ahí la desconfianza hacia los grandes relatos de la historia y, al mismo tiempo, la fascinación por relatos íntimos, fragmentarios, parciales. La verdad ya no se concibe como bloque macizo, sino como un mosaico de voces en disputa.
Lectura crítica y ética de la recepción
¿Importa que una historia sea verdad? Sí, cuando lo que está en juego es la memoria de víctimas, la representación de hechos traumáticos o la legitimidad de un testimonio. La ficción tiene libertad, pero el engaño deliberado en contextos de pacto autobiográfico (como las memorias falsas publicadas como auténticas) genera rechazo.
La ética literaria exige transparencia: no es lo mismo inventar que falsear. Cuando el lector entrega su confianza, lo hace bajo un contrato tácito; quebrarlo sin avisar puede convertir el juego en manipulación.
Conclusión
La tensión entre realidad y ficción no se resuelve en una dicotomía rígida: la literatura juega en el espacio intermedio. Importa la verdad de una historia no tanto por su correspondencia factual, sino por su capacidad de generar sentido, cuestionar el mundo y conmover al lector.
A veces lo inventado es lo que mejor nos revela lo real. Y en esa paradoja, la literatura encuentra su fuerza perdurable.
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