El tren avanzaba con una calma extraña, como si supiera que no había prisa. A través de la ventana, el paisaje se desplegaba como una escenografía infinita: colinas suaves, viñedos alineados con la precisión de un pentagrama, hileras de cipreses que parecían signos de puntuación en un texto abierto. En la mochila llevaba una edición ligera de Petrarca; en la cabeza, la película que convirtió a Cortona en sinónimo de segundas oportunidades. Sentía que llegaba a un lugar que no iba a recibirme como turista, sino como personaje.
La Toscana renacentista
Mi primera parada fue Florencia, porque no se puede entrar en la Toscana sin rendirse a su capital renacentista. Caminé hasta el Ponte Vecchio, abrí el librito de Petrarca y dejé que las palabras se mezclaran con la corriente del Arno. «Bendito sea el día, el mes, el año…» leí en voz baja, mientras una pareja de recién casados posaba para un fotógrafo impaciente. El tiempo parecía plegarse: la voz de un poeta del siglo XIV y la risa nerviosa de dos jóvenes de hoy compartían el mismo escenario.
Más tarde, subí a la Piazza della Signoria. Allí, entre estatuas que han visto más siglos que cualquier lector, pensé en cómo los humanistas imaginaron este lugar antes de que nosotros lo recorriéramos. Lorenzo de Médici escribía que la belleza era camino hacia la virtud, y en ese momento, con el sol cayendo sobre la piedra dorada, tuve la sensación de que la ciudad me estaba dictando una lección personal.
Una vida en plazas pequeñas
Dejé Florencia para viajar en tren a Siena. La Piazza del Campo se abría ante mí como un teatro al aire libre: terrazas llenas, niños corriendo en círculos, turistas que buscaban la mejor foto del piso inclinado. Me senté en las gradas de piedra con un café en mano y el libro de Petrarca abierto. No leí mucho: el murmullo de la plaza era más elocuente que cualquier verso. Me limité a subrayar mentalmente cómo el ritmo del lugar se parecía al de un poema: repetición, ritmo, variaciones sutiles.
En un pueblo más pequeño, San Gimignano, la experiencia fue aún más íntima. Sus torres medievales recortaban el cielo como mayúsculas de un manuscrito antiguo. Entré en una pequeña librería, hojeé un volumen de Dante en edición escolar y lo compré sin pensar. Caminé después por las calles estrechas con el libro bajo el brazo, y sentí que la ciudad misma me lo había impuesto como deber de lectura.
El giro cinematográfico
Pero la Toscana también me esperaba en otra clave: la del cine romántico. En Cortona, el recuerdo de Bajo el sol de la Toscana parecía haberse quedado impregnado en las fachadas. Mientras subía una calle empinada, vi un cartel en el que alguien había escrito a mano «la vida también se renueva aquí». No era publicidad: era la tienda de un carpintero. Y, sin embargo, la frase parecía sacada del guion.
En el mercado local, entre tomates demasiado rojos y quesos con cortezas imposibles, tuve la impresión de que Diane Lane iba a aparecer en cualquier momento, con un cesto de mimbre y la mirada atenta de quien empieza una vida nueva. Mirar ese mercado era como ver la película en modo documental: los personajes no estaban, pero los gestos seguían allí, repetidos cada mañana por quienes no necesitan cámaras para darles sentido.
La Toscana como personaje
Lo que más me sorprendió fue la manera en que el paisaje dictaba el ritmo de mi viaje. En una carretera secundaria, los cipreses marcaban el compás de la tarde: uno, dos, tres… hasta perderse en el horizonte. En una terraza de piedra, la luz del atardecer se volvía rosa y me obligaba a cerrar el libro, porque ningún verso podía competir con esa tonalidad. En un viñedo, el olor a tierra húmeda después de un chaparrón de verano hacía que todo lo demás quedara en segundo plano.
La Toscana no se limitaba a ser escenario: actuaba. Era personaje, narrador, a veces incluso director de la escena. Yo caminaba, pero era ella quien marcaba los cortes, los silencios, las repeticiones. Lo entendí una tarde en Cortona, cuando un gato se cruzó delante de mí justo cuando yo pensaba en la palabra «destino». No era casualidad: era un guiño de personaje consciente de su papel.
El recuerdo duplicado
Al regresar, abrí el Dante escolar que compré en San Gimignano. Apenas entendía los versos sin diccionario, pero al leerlos me volvía la luz dorada de las torres. Abrí Petrarca y regresé al murmullo del Arno, con su mezcla de pasado y presente. Incluso al recordar Bajo el sol de la Toscana, las imágenes de la película se mezclaban con las mías propias: yo también había mirado tomates en un mercado, había sentido que la vida podía empezar otra vez entre colinas y cipreses.
Los libros y las películas habían coloreado el lugar, pero el lugar, a su vez, se había colado en las páginas y en los fotogramas. Era imposible separar dónde terminaba la ficción y dónde empezaba la vida.
Entre versos renacentistas y fotogramas románticos, entendí que la Toscana no se visita: se conversa con ella. Es personaje y narradora a la vez. A veces recita poesía antigua, otras veces repite diálogos de cine. Pero siempre, siempre, guarda la última palabra.

