El mar estaba en calma aquella mañana. Desde la cubierta del pequeño barco, veía el Mediterráneo extenderse como una lámina azul infinita. Pero lo que me atraía no estaba en la superficie, sino bajo ella. Había leído que frente a muchas costas dormían ciudades enteras, hundidas por la furia de la naturaleza, el capricho de la geología o simplemente el paso del tiempo. Decidí viajar siguiendo esas huellas invisibles, como si mi destino estuviera siempre un poco más abajo, oculto bajo las olas.
Memoria bajo el agua
La primera parada fue en la bahía de Nápoles. Con unas simples gafas de buceo bastó con asomar la cabeza bajo el agua para sentir que entraba en otro mundo. Columnas cubiertas de algas se levantaban desde el fondo, mosaicos apagados reflejaban destellos dorados, y un muro se perdía entre la arena. Era Baia, la ciudad romana que se hundió poco a poco y que hoy descansa en silencio bajo la marea.
Me sorprendió la nitidez: podía imaginar a los romanos paseando por esas termas, conversando bajo los pórticos que ahora visitan peces plateados. El guía que me acompañaba comentó:
—Dicen que Baia era la Las Vegas del Imperio. Vino, fiestas, excesos… y acabó tragada por el mar.
Mientras flotaba, pensé en la ironía: los ecos de la música y las risas aún parecían vibrar entre las piedras, aunque ahora los únicos invitados fueran peces y buzos curiosos.
Entre mito y arqueología
El Mediterráneo es un océano de relatos. Cada inmersión me hacía recordar que, mucho antes de hablar de Baia o Pavlopetri, ya existía el mito de la Atlántida. Platón la describió como un imperio magnífico que desapareció bajo el agua en un solo día y una sola noche. Quizá era solo un relato, una metáfora del exceso castigado. Pero ¿cuántos viajeros no han navegado buscando ese espejismo?
Más adelante llegué a Grecia, a la costa del Peloponeso. Allí se encuentra Pavlopetri, considerada la ciudad sumergida más antigua del mundo, con cinco mil años de historia. No era necesario descender mucho: apenas dos metros de agua separaban la superficie de las calles trazadas con precisión. Me deslicé entre ellas con una sensación extraña, como si caminara por un mapa transparente.
Pensé en cómo la arqueología y el mito se entrelazan. Heracleion, en Egipto, fue redescubierta a finales del siglo XX tras siglos de desaparición. Había sido un puerto próspero y terminó sepultado por terremotos y corrimientos de tierra. Hoy, estatuas gigantes de faraones descansan en el fondo, cubiertas de corales.
Cada ciudad hundida parecía decir lo mismo: lo que levantamos con orgullo, el mar lo guarda con paciencia.
Viaje personal
Una tarde, frente a la costa de Túnez, hablé con un buzo local que conocía los restos de Cartago. Me explicó que, además de lo que vemos en tierra —ruinas romanas, mosaicos, teatros—, bajo el agua yacen muelles antiguos, pedestales caídos, fragmentos de cerámica.
—El mar se tragó parte de nuestra historia —dijo—. Pero también la protegió.
Su comentario me acompañó el resto del viaje. Comprendí que bucear en esas aguas no era solo un acto de exploración arqueológica, sino un encuentro con lo que olvidamos en la superficie. Mientras muchos turistas se quedaban en la playa, tostándose al sol, yo descendía a una memoria sumergida, una que no se exhibe en vitrinas sino que respira con el vaivén de las corrientes.
La sensación era doble: belleza y melancolía. Nadar entre piedras antiguas me hacía sentir ligera, como si participara en un secreto compartido por muy pocos. Pero al salir a la superficie, me preguntaba cuántas ciudades más dormirían bajo el Mediterráneo, invisibles incluso para los mapas.
El Mediterráneo como palimpsesto
El mar siempre reescribe. Lo que hoy es agua fue tierra, y lo que hoy son costas firmes quizá mañana sea fondo marino. Me gustaba pensar el Mediterráneo como un palimpsesto: un manuscrito que se borra y se reescribe una y otra vez. Sobre sus aguas navegan cruceros y barcos de pesca, pero debajo persisten las sombras de mercados, templos, plazas.
En un puerto de Creta, al atardecer, vi cómo el sol teñía el agua de naranja. Pensé en todos los relatos que habían nacido aquí: la Odisea de Homero, las rutas fenicias, los viajes de Ulises enfrentado al mar como enemigo y como casa. Quizá esas ciudades sumergidas sean también capítulos borrados de una misma epopeya.
Me quedé en silencio, viendo cómo las olas chocaban contra el muelle, y comprendí que mi viaje no era solo geográfico. También descendía dentro de mí: a lo que había olvidado, a lo que había querido enterrar, a lo que dormía esperando ser recordado.
El regreso a casa
Cuando regresé a casa y abrí el cuaderno de notas, encontré una frase que había escrito tras la primera inmersión: «El mar es la biblioteca más grande del Mediterráneo». Me hizo sonreír. Había viajado siguiendo ciudades sumergidas, pero lo que descubrí fue otra cosa: que cada viaje es una inmersión en lo que permanece oculto, en lo que no siempre queremos mirar de frente.
El Mediterráneo no es solo azul y superficie. También es sombra y memoria. Sus ciudades sumergidas nos recuerdan que todo lo que construimos puede hundirse, y que, sin embargo, nunca desaparece del todo. Porque al descender, aunque solo sea con unas gafas de buceo, se abre un mundo donde los peces nadan entre columnas, y el pasado, lejos de estar muerto, respira todavía bajo el agua.

