La transmigración, de Juan Jacinto Muñoz-Rengel

Juan Jacinto Muñoz-Rengel escribe con la cabeza bien afilada y con la imaginación desatada. Se nota su formación filosófica: en sus libros hay preguntas insistentes sobre el yo, la memoria, lo real y lo irreal. Pero no convierte la reflexión en sermón: lo suyo es darle forma narrativa, disfrazar la filosofía de aventura, de distopía, de intriga fantástica. Por eso engancha a lectores muy distintos: quienes buscan trama la encuentran, y quienes buscan concepto también.

Su estilo no es uniforme, y ahí reside parte de su atractivo. Cambia de registro según lo que pide la historia. Puede ser barroco, juguetón y desbordante, o bien sobrio, directo y tenso. Lo constante es el pulso narrativo: capítulos que se cierran en alto, ritmo que no se rompe, frases que empujan hacia adelante. Y, por debajo, la sensación de que cada artificio fantástico es un espejo: no habla solo de lo que pasa en el papel, sino de lo que late en nosotros.

La transmigración (2025) empieza con un golpe seco: las conciencias humanas comienzan a saltar de un cuerpo a otro, sin control. Lo que parecía un juego fantástico se convierte en un cataclismo global. Ciudades que se derrumban, gobiernos que colapsan, individuos que ya no saben quiénes son ni a quién tienen delante. Rengel construye la narración como un mosaico coral: capítulos breves, distintos personajes, miradas múltiples que se van encajando para mostrar un mundo en llamas.

El estilo acompaña esa urgencia: frases directas, ritmo marcado, narración sobria que no da respiro. No hay espacio para la exuberancia verbal, aquí importa la tensión y la claridad. Bajo la premisa fantástica late la verdadera pregunta: ¿qué nos hace ser nosotros cuando el cuerpo y la mente se convierten en piezas intercambiables? Identidad, ética, poder, desposesión… todos esos temas se despliegan en una narración que incomoda por lo cercana. No es un futuro lejano, sino una distopía que podría estar sucediendo ya. La lectura recuerda, por su carácter alegórico, a novelas como Ensayo sobre la ceguera, donde una condición extraordinaria desnuda la fragilidad humana.

Retrocedamos a El gran imaginador (2016). Aquí Rengel eligió otro camino: narrar la vida imposible de Nikolaos Popoulos, el mayor fabulador del siglo XVI. La novela es un homenaje al poder ilimitado de la imaginación, con guiños a Cervantes, piratas uscocos, guerras y aventuras imposibles. El tono es barroco, expansivo, lúdico: un narrador que se recrea en el exceso porque la historia lo pide. El lector se sumerge en un banquete verbal y metaliterario, donde la literatura y la vida se confunden, y donde inventar mundos es casi un acto de supervivencia.

Comparar ambas novelas muestra la amplitud del registro de Muñoz-Rengel. El gran imaginador celebra la imaginación como fuerza demiúrgica, con un estilo exuberante y carnavalesco. La transmigración depura el lenguaje y lo afila, para dar voz a una narración coral que plantea qué queda del yo cuando se tambalean todas las certezas. Una se abre al júbilo literario, la otra al vértigo filosófico. Una levanta un castillo de historias; la otra enciende una alarma en el presente.

Y ahí está su marca de autor: lo fantástico como espejo de lo humano, el ritmo narrativo que engancha, el humor —a veces negro, a veces lúdico—, y la voluntad de dejar siempre un poso más profundo que la trama en sí.

Cuando decides leer a Muñoz-Rengel, y ya lo has leído antes, sabes que no vas a encontrarte una novela ligera para llenar el rato. Siempre hay una intención escondida entre líneas, un segundo plano que reclama atención. Terminas con la sospecha de que había más de lo que alcanzaste a comprender, con esa mezcla de fascinación y desconcierto que te deja pensando días después. Leerlo es aceptar que la historia es solo la superficie; debajo se agita algo más, y esa es justamente la razón por la que merece la pena volver a él.

Muñoz-Rengel no escribe para que respires tranquilo, sino para que, después de disfrutar la historia, te sorprendas pensando en ella cuando ya estás buscando el siguiente título.

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