Una serie sobre la pérdida y la pertenencia, contada con humor tierno y sin imposturas. Terapia sin filtro no se recrea en el dolor ni lo esquiva: lo observa con empatía, lo convierte en conversación y, casi sin darnos cuenta, nos hace sentir acompañados.
Llegué a Terapia sin filtro casi por accidente: la imagen de promoción mostraba un banco de parque y dos personas sentadas. Pinché sin expectativas y, de pronto, ahí estaba Harrison Ford. Me sorprendió, porque no recordaba haberlo visto en ninguna serie. Aquello bastó para darle una oportunidad. El resultado: me enganchó sin entender del todo por qué, pero lo suficiente como para encadenar varios capítulos y quedarme con ganas de más.
Aunque el supuesto protagonista es Jimmy Laird (Jason Segel), un viudo y terapeuta que intenta recomponer su vida, la serie se sostiene en un reparto coral. Alice (Lukita Maxwell), su hija adolescente, es tan protagonista como él: busca un padre presente, pero también amigas, referentes femeninos y hasta una madre sustituta en Liz (Christa Miller), la vecina que ejerce de segunda madre sin pedir permiso. Paul (Harrison Ford) es el personaje más magnético: un psicólogo veterano que finge necesitar soledad, pero cuya vulnerabilidad se asoma en cada gesto, reclamando una compañía que ya no sabe cómo pedir. Gaby (Jessica Williams), colega psicóloga, aporta la nota de humor vital y caótico; y Brian (Michael Urie), el amigo abogado, arrastra a todos hacia la vida con su entusiasmo, a veces excesivo.
El humor de la serie es tierno y con ironía. Los personajes rozan el exceso lo justo para provocar una sonrisa, nunca la caricatura. Y hay, bajo todo, una ternura constante: lo que late no es la risa, sino el reconocimiento de la fragilidad.
El gran tema que une a todos es la necesidad de pertenecer. De tener un grupo en el que encajar, amigos que acojan y hagan de familia incluso cuando la propia se resquebraja. Alice busca a su madre perdida en los retazos que le ofrecen las mujeres que rodean a su padre; Jimmy busca reconciliarse con su hija y consigo mismo; Paul busca afecto sin renunciar a la dignidad; Gaby y Brian intentan sostener a los demás mientras encuentran su propio lugar. La serie entera es un recordatorio de que, en algún momento, todos necesitamos un abrazo.
Los capítulos cortos son otro acierto: la serie fluye con ligereza, y las temporadas se hacen demasiado breves. Es de esas ficciones que se ven sin esfuerzo y que, al terminar, dejan un pequeño vacío amable.
Lo que me llevo de Terapia sin filtro es su forma cálida de hablar de pérdida, amistad y familia elegida sin dramatismos forzados. Me hizo sonreír, me dio ternura y me dejó un deseo claro: que llegue pronto la nueva temporada.
En el fondo, Terapia sin filtro habla de cómo seguimos adelante cuando no sabemos cómo hacerlo. De los abrazos que llegan tarde pero llegan. De la vida cotidiana con sus torpezas y afectos imperfectos. Lo que deja es una sensación de consuelo discreto, como quien sale de una sesión de terapia sabiendo que no lo ha resuelto todo, pero ya respira un poco mejor.
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