Almería, el Oeste más al este

Nada más bajar del autobús, la luz me golpeó como un proyector encendido. No era la claridad amable del norte ni el sol plano de las postales; era una luz con volumen, casi táctil, que te coloca en tu sitio como un director que dice «acción». En la mochila llevaba una gorra, una botella de agua y un puñado de escenas vistas mil veces: un jinete al fondo, una calle polvorienta, un plano fijo sobre una mirada que no parpadea. Venía a caminar Almería, pero también a revisar ese archivo mental que el cine había ido montando, corte a corte, mucho antes de que yo pisara estas piedras. El Oeste más al este: ese era el guion.

La primera mañana la pasé en Tabernas, donde el paisaje parece hecho con una regla para medir horizontes. A un lado, cárcavas que se desmoronan en ocre; al otro, colinas como lomos de animales dormidos. El viento arrastra hebras de paja y un silencio lleno de resonancias. Camino entre decorados que han sido muchas ciudades a la vez: aquí un saloon, allá una fachada que fue cuartel, más allá una iglesia que ha visto más bodas ficticias que bancos reales. Un técnico barre el polvo de una puerta como si estuviera peinando a un actor veterano. Dos turistas se hacen una foto, manos en la cartuchera imaginaria; yo me siento en un porche y abro la libreta.

No hay actores hoy, pero el lugar actúa igual. Una mujer saca una escoba y, sin saberlo, ejecuta un travelling: avanza de un extremo al otro del porche, la sombra corre por el suelo y una nube tapa el sol justo cuando se detiene. No sé si llamarlo western o liturgia. Recuerdo una frase oída de niña —«el desierto no perdona»— y la traduzco al idioma del día: «la luz no perdona». Porque aquí todo queda a la vista: los bordes del decorado, las grietas de adobe, la trampa del cartón piedra. Y, aun así, funciona. El cerebro acepta el pacto: sabes que es mentira, pero decides creer. Como en los buenos cuentos.

Al mediodía el calor aprieta y me refugio en un bar con sombra, vaso helado y aceitunas. El camarero me cuenta sin solemnidad que «por aquí han pasado todos» y yo asiento como quien escucha el parte de guerra de una ciudad sitiada por películas. Le pregunto por las lluvias y me dice que, cuando caen, el paisaje cambia de humor en un minuto. «Hace dos inviernos se nos llevó medio camino», y señala un surco como un recuerdo de cicatriz. Pienso en los planos cerrados del cine, que esconden todo lo que no quieren contar, y en cómo la vida, en cambio, abre el encuadre siempre que puede.

La tarde me lleva hacia el litoral, donde el este entra en escena. No hablo de un punto cardinal: hablo de una promesa. La arena es fina, las dunas se curvan como si las hubiera peinado una mano gigante, y el mar —esa aparición de otro color— enfría la mirada. Aquí el cine cambió de género sin moverse de sitio: el Oeste se volvió Levante, la pólvora se hizo turbante, los caballos, camellos. Me siento en la orilla, el viento me llena de sal la piel, y de pronto miro alrededor como quien busca un rastro de celuloide. No lo hay. Hay, en cambio, familias con neveras azules, una pareja que discute en voz baja y un niño que intenta atrapar conchas. La vida doblando al cine sin necesidad de cartel.

Camino un rato por un sendero estrecho y, al girar, la roca se abre como una puerta. La luz se vuelve líquida. Pienso en las películas que hicieron de este paisaje un oriente portátil y en cómo, sin todo el aparato de producción, el lugar sigue siendo otro. Tal vez sea esa la magia: el territorio sostiene las proyecciones y, cuando estas se retiran, permanece, con su mezcla de aspereza y ternura. El este no es decorado: es un modo de mirar. Y en Almería se mira hacia el sol como quien sostiene una conversación que pide tiempo.

De vuelta a la ciudad, bajo al mercado. Aquí el guion lo escriben las voces: «¿Te pongo un cuarto más?», «hoy llega el pescado a las seis», «esa fruta está en su punto, llévatela». Me pierdo entre puestos de tomates que parecen recién barnizados, higos con un brillo de cuadro barroco, pescados que aún huelen a puerto. Las señoras calculan sin calculadora; un hombre envuelve un manojo de hierbabuena con mimo de librero antiguo. Todo es muy terrestre, muy del día a día, y quizá por eso me conmueve: como si el cine tuviera, por fin, que rendirse ante la exactitud de un precio al peso.

Al caer la tarde subo hacia la Alcazaba. La ciudad se va quedando abajo como un plano general. Los muros respiran historia de verdad: no la historia que se reconstruye con cinco trucos de montaje, sino la que tarda siglos en hacerse. Me siento en un merlón, el viento me despeina, y miro el perfil de la costa. Pienso que aquí el oeste y el este no son opuestos, sino capas: la Almería de paseo marítimo y terraza, la Almería de fortaleza y puerto, la Almería que se hizo cartelera y la que se levanta cada mañana a abrir persianas. Todas conviven en el mismo plano, sin pelearse.

Encuentro un banco en una plaza pequeña con naranjos, pido una tapa en el bar de la esquina —esa tríada sagrada: pan, aceite, algo del mar— y saco un cuaderno nuevo. Escribo: «Almería no es un lugar para mirar deprisa». Y debajo, casi sin pensar, añado: «ni para fotografiar como si fuera un recuerdo prestado». Porque me doy cuenta de que aquí es fácil caer en el cliché: el pistolero, el beduino, el plano eterno del crepúsculo. Es más difícil escuchar lo que no aparece en los carteles: el nombre de la pescatera, la broma del frutero, la queja mínima del vecino por el viento. Lo que hace que la ciudad sea ciudad, no plató.

Esa noche voy a un cine de verano junto a la playa. Proyectan un western antiguo. La pantalla vibra un poco con la brisa y los subtítulos corren más deprisa de lo que deberían. Pienso en la cantidad de películas que han «usado» este territorio y, de pronto, me apetece que el territorio se use a sí mismo. Que el cine no sea un maquillaje sino una conversación. Aplaudimos al final, los focos se apagan, y el rumor del mar entra en la sala como un extra sin acreditar.

Antes de volver al hostal, camino sin rumbo. Las calles estrechas guardan un fresco amable; un gato se despereza en una ventana; dos adolescentes ensayan una coreografía con el móvil en alto. No hay nada heroico en esa escena y, sin embargo, podría quedarse conmigo tanto como un plano famoso. Aprendo tarde que la épica a menudo está mal localizada: no vive en los disparos ni en las carreras imposibles, sino en la persistencia de un barrio que cierra y abre cada día como si fuera una película sin final.

A la mañana siguiente regreso a Tabernas para despedirme del desierto. No necesito entrar en los decorados. Me basta con sentarme en la tierra, mirar el horizonte y dejar que el sol haga su trabajo. Cierro los ojos y el mundo se vuelve rojo, luego naranja, luego un blanco que no admite nombres. Cuando los abro, todo está donde debe estar: la colina, el rastro de una nube, una chicharra que insiste. Me pregunto qué parte de lo que vemos es nuestro y qué parte fue puesta ahí por otros. Quizá mirar sea siempre un trabajo compartido: uno trae sus referencias —libros, películas, recuerdos— y el lugar pone su verdad. En Almería, ese pacto se siente claro.

De vuelta a casa, al revisar las fotos, encuentro menos de las que esperaba. La mayoría son torpes, movidas, demasiado luminosas. Me alegra. Prefiero que la memoria se apoye en este texto, en los ruidos, en los olores, en la sal que se quedó en la mochila. Cuando pienso en Almería, veo a la pescatera que me dio a probar un trozo de atún con orgullo profesional, al camarero que llamaba «miarma» a todo el mundo, al técnico que barría el porche con devoción de escenógrafo. Y veo también al jinete que no existía, la duna que quiso ser Arabia por un rato, el sol que nunca pidió permiso.

Almería, el Oeste más al este. Un lugar que no se recorre: se proyecta. Caminé por calles y por escenas, bebí agua como si fuera la última toma del día, y entendí algo que quizá ya sabía: los sitios que amamos son los que aceptan nuestras ficciones sin perder su realidad. Aquí el cine y la vida comparten plano. Y, cuando el proyector se apaga, la ciudad sigue hablando, con su propia voz, en su idioma de luz.