Edimburgo: de Stevenson a Trainspotting

Nada más salir de Waverley Station tuve la sensación de que la ciudad me miraba con dos rostros. El gris solemne de la Old Town, con sus callejones húmedos y estrechos, contrastaba con la geometría ordenada de la New Town. El cielo, en ese momento, pasaba de la luz plateada a una nube oscura en cuestión de segundos. Todo parecía preparado para que el viejo juego de espejos de Stevenson cobrara vida. En la mochila llevaba una edición gastada de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y no pude evitar pensar que, más que lectura, era mapa.

La ciudad partida en dos

Edimburgo es, de por sí, una contradicción. La Royal Mile se estira orgullosa como columna vertebral, pero basta desviarse por un close —esos pasajes estrechos que descienden como toboganes de piedra— para entrar en un mundo paralelo: húmedo, sombrío, casi clandestino. En un paseo al atardecer, mientras hojeaba un pasaje de Jekyll y Hyde en un banco improvisado, sentí que la ciudad entera se transformaba con la luz. La elegancia victoriana que se mostraba de día se desfiguraba de pronto en un rostro más áspero. Como si Edimburgo misma fuese el experimento fallido de Stevenson: un cuerpo que no logra reconciliar sus mitades.

Stevenson en las calles

Leí algunos capítulos en Calton Hill, con el viento golpeando las páginas y la ciudad desplegándose a mis pies. Desde allí, la vista es doble también: al este, el puerto de Leith y su aire industrial; al oeste, el perfil medieval de la Old Town. Era como leer sobre Jekyll mientras Hyde esperaba agazapado en algún callejón.

Más tarde, entré en un pub cercano a Grassmarket, uno de esos con chimenea encendida aunque fuera primavera. Pedí una pinta y abrí el libro mientras la lluvia tamborileaba en los cristales. A mi alrededor, el murmullo de las conversaciones parecía crear un coro off para el texto. Cada vez que levantaba la vista veía sombras que se estiraban en las paredes, y me resultaba fácil imaginar que Hyde podía aparecer entre la clientela. Stevenson no había inventado nada: solo había transcrito el pulso oscuro que la ciudad ya tenía.

De la elegancia al realismo brutal

Pero Edimburgo no vive solo de literatura decimonónica. En la mochila llevaba también Trainspotting, de Irvine Welsh, y decidí abrirlo en un café de Leith, el barrio que en los noventa fue símbolo del declive obrero y hoy convive con el brillo de la gentrificación. Afuera llovía con constancia, y dentro, el acento cerrado de los camareros hacía que las frases de Welsh resonaran con más crudeza.

Leer Trainspotting allí no era un juego turístico, sino un recordatorio incómodo: la ciudad también tiene venas oscuras, heridas abiertas que no se curan con castillos ni festivales. Mientras en la Royal Mile los turistas compraban bufandas de tartán y botellas de whisky, Welsh me recordaba que, a pocas calles de distancia, existía otra Edimburgo: la de los márgenes, la de las adicciones, la de las vidas truncadas.

Escenas en contraste

Una mañana caminé por la New Town, con sus avenidas amplias y ordenadas, las fachadas simétricas, los escaparates elegantes. Todo transmitía racionalidad y calma. En un banco de Princes Street, abrí de nuevo Jekyll y Hyde. En ese entorno tan pulido, el relato parecía casi un comentario irónico: bajo la superficie del orden siempre late la posibilidad del descontrol.

Por la tarde, en cambio, volví a Leith. El cielo estaba plomizo, las calles mojadas, y decidí leer un capítulo de Trainspotting en un portal para refugiarme de la lluvia. La gente pasaba apresurada, los coches levantaban charcos, y yo sentía que las palabras de Welsh se mezclaban con la ciudad como si fueran parte de la misma humedad. Era el reverso perfecto del paseo matutino: de la postal pulida a la realidad incómoda.

Una ciudad con dos narradores

Con el paso de los días comprendí que Stevenson y Welsh no eran autores tan lejanos como parecen. Uno escribió sobre la dualidad moral de un médico victoriano; el otro, sobre la crudeza de unos jóvenes atrapados en la heroína. Pero ambos hablan de lo mismo: de una ciudad que nunca es una sola, que siempre oculta una segunda voz detrás de la primera.

Al recorrer la Royal Mile notaba esa tensión: turistas fotografiando el castillo mientras, a pocos metros, un callejón húmedo recordaba que la ciudad también pertenece a los olvidados. Edimburgo no es solo escenario de historias: es personaje. Y como todo personaje complejo, tiene contradicciones que la hacen más real.

El recuerdo que queda

De vuelta en casa, abrí al azar Jekyll y Hyde. Bastó leer unas líneas para que volviera el olor de la lluvia en Grassmarket y el viento helado en Calton Hill. Con Trainspotting sucedió lo mismo: releerlo fue escuchar otra vez el acento cerrado de los camareros en Leith y sentir la humedad de las calles bajo los pies.

El libro y la ciudad se habían contaminado mutuamente. Ya no puedo leer a Stevenson sin ver la silueta gris de Edimburgo, ni volver a Welsh sin escuchar el rumor de la lluvia en sus barrios. Y sé que, si algún día regreso, llevaré de nuevo un libro en la mochila. Porque en Edimburgo, como en pocos lugares, la literatura no acompaña al viaje: lo define.

En Edimburgo descubrí que toda ciudad es un libro con dos narradores: uno que se esconde en las sombras y otro que reclama la luz. Y que, como viajera y lectora, mi tarea es escuchar a los dos.