Las bibliotecas de los aeropuertos: libros hallados, cambiados, abandonados

En los aeropuertos siempre hay una prisa que no me pertenece. La gente corre hacia su puerta de embarque como si el vuelo fuera un tren que no va a esperar, aunque sepamos que esperará. El aire está lleno de avisos, relojes que insisten y cafés que no terminan de enfriarse. Entre todo ese movimiento forzado, yo prefiero detenerme en un rincón más callado: esas pequeñas bibliotecas improvisadas que algunos aeropuertos esconden entre las tiendas de perfumes y los cafés de plástico.

No son bibliotecas al uso. Más bien parecen altares discretos al azar, espacios donde la literatura se desprende de su solemnidad y se convierte en gesto. Estanterías donde alguien dejó un libro leído en el vuelo anterior, otro lo recogió por simple curiosidad y un tercero lo cambió por uno distinto. Hay algo conmovedor en esa cadena anónima, casi doméstica, que ocurre en el lugar más impersonal del mundo. A veces los libros conservan una huella de sus dueños: un billete usado como marcador, un recibo, una flor seca, una nota escrita a lápiz en la primera página. Vestigios de una intimidad que sobrevive entre maletas con ruedas.

Libros como pasaportes

En un aeropuerto de Ámsterdam encontré una edición barata de El guardián entre el centeno, la cubierta tan gastada que apenas se leía el título. Dentro, alguien había subrayado frases como si estuviera trazando un mapa secreto: «No cuentes nunca nada a nadie. Si lo haces, empezarás a echar de menos a todo el mundo». Lo llevé conmigo hasta Estambul y lo dejé en otra estantería, con una anotación mía: «Los libros también viajan. Cuídalo». Nunca supe quién lo recogió después, pero me gusta pensar que siguió su camino, cambiando de manos como un pasaporte sin sellos.

En Lisboa descubrí un pequeño estante con novelas en cinco idiomas distintos. Era una torre de Babel en miniatura, un acuerdo tácito entre viajeros que quizá no compartían lengua, pero sí el impulso de leer algo mientras esperaban el embarque. Portugueses, ingleses, franceses, españoles y alemanes unían su gesto anónimo: tomar un libro, dejar otro, aceptar que la lectura también puede ser tránsito. Allí comprendí que los libros, más que objetos, son conversaciones que se continúan sin saber con quién.

El abandono como forma de entrega

A veces los libros no se intercambian: se abandonan. En la terminal de Barajas, vi un ejemplar de Harry Potter en francés dejado en el suelo, junto a una columna. Nadie parecía reclamarlo. Quizá a su dueño le pesaba demasiado la mochila, o tal vez decidió que era hora de dejarlo marchar. Pero ¿no es también el abandono una forma de entrega? Al dejarlo, sin saberlo, regaló horas de compañía a otro viajero cansado.

He pensado muchas veces que estas bibliotecas de aeropuerto son metáforas perfectas del viaje. Nada se conserva del todo: todo se intercambia, todo se deja atrás. Un libro que sale de un país entra en otro; una historia contada en una lengua se lee en silencio en otra. Lo que compartimos no es solo la lectura, sino la confianza en que alguien, en algún lugar, continuará el hilo.

Una biblioteca invisible

No hay catálogos ni normas, ni bibliotecarios que vigilen. Lo que circula por esas estanterías es una biblioteca invisible, tejida de manos anónimas que cruzan fronteras. Es un sistema sin control, pero con sentido: los libros se pierden para encontrarse. En cada ejemplar viaja algo de quien lo dejó, y algo del lugar en que fue encontrado. He visto libros con arena entre las páginas, con olor a humedad tropical, con notas en alfabetos que no entendía. Todos forman parte de un archivo que nadie podrá inventariar, pero que existe: disperso, humano, imprevisible.

Lo que dejamos atrás

La próxima vez que vuele, no llevaré un souvenir. Dejaré en una estantería un libro que me acompañó demasiado tiempo, quizá uno de esos que marcan una etapa y pesan más por lo vivido que por el papel. Lo dejaré con una breve nota: «Este libro ha viajado conmigo. Ahora es tu turno». Y me iré ligera, sabiendo que, en algún momento, alguien lo abrirá y leerá mi nombre como si lo hubiera estado esperando.

Quizá eso sea lo más parecido a la permanencia: no guardar lo que amamos, sino confiar en que seguirá moviéndose. En los aeropuertos, entre los relojes que apuran y los vuelos que se demoran, los libros son los únicos que no pierden el rumbo.