Todo empezó en una sala oscura. Era adolescente y había ido al cine de barrio una tarde cualquiera, sin saber que aquella proyección iba a sembrar un mapa secreto en mi cabeza. Al salir, convencida de que el mundo era más grande y más hermoso de lo que imaginaba, me descubrí con un deseo nuevo: viajar. No a cualquier parte, sino a ese lugar que había visto en la pantalla, iluminado por una luz irrepetible. Desde entonces, el cine se convirtió en una especie de atlas personal: cada película trazaba una coordenada invisible, un punto en el mapa que solo existía mientras duraba la proyección.
Ciudades que caminan en la pantalla
París siempre estuvo primero. No porque la conociera, sino porque el cine me la regaló mucho antes de pisarla. Vi la ciudad de la mano de Woody Allen, de Truffaut, de tantos directores que la recorrieron con cámara en mano. En cada película, la ciudad era distinta: bohemia, melancólica, romántica, frenética. París tiene ese don: cambia de rostro sin dejar de ser ella. Cuando por fin viajé allí, caminé por el Sena con la sensación de que estaba dentro de un plano fijo, esperando que alguien gritara «acción».
Roma llegó después, con su mezcla de caos y elegancia. Fellini la filmó como un sueño barroco; Wyler, como un escenario perfecto para la inocencia de Vacaciones en Roma. Cuando me senté en la escalinata de la Plaza de España, rodeada de turistas que comían helado, sentí que mi viaje era una repetición consciente, un homenaje involuntario. La ciudad ya estaba dentro de mí antes de aparecer frente a mis ojos.
Y Nueva York… qué decir de Nueva York. Nunca he estado tan allí como en una sala de cine. Calles eternas de taxis amarillos, rascacielos que brillan en blanco y negro, Central Park cubierto de nieve. Cuando por fin crucé Manhattan a pie, la sensación fue extraña: lo conocía todo, pero nada era igual. El cine había creado una ciudad paralela, más intensa, más nítida, imposible de replicar. Descubrí entonces que cada película es una forma de viajar dos veces: primero con la imaginación, luego con los pies.
Paisajes imposibles
No todas las películas me empujaron hacia ciudades. Algunas dibujaron paisajes que parecían inventados. Monument Valley, con sus rocas rojas recortadas en el horizonte, fue para mí territorio mítico mucho antes de saber situarlo en un mapa. Allí galopaban John Wayne y Clint Eastwood, allí se decidía el destino del oeste. Quizá nunca vaya, pero en mi cabeza ya lo recorrí cientos de veces.
Lo mismo me ocurrió con Petra. Indiana Jones y la última cruzada me la mostró como el lugar donde se guardaba un secreto milenario. Años después, cuando vi fotos reales de la ciudad nabatea, me sorprendió lo parecidas que eran a las imágenes de la película. El cine no inventó Petra, pero la convirtió en templo universal, en deseo compartido por millones de espectadores.
Y luego está Nueva Zelanda. Admito que nunca soñé con viajar allí hasta que vi El Señor de los Anillos. De pronto, montañas, valles y praderas eran la Tierra Media. La magia del cine transformó un país real en un mito literario y turístico. Miles de personas comenzaron a visitarlo con un mapa en la mano, buscando Hobbiton o el Monte del Destino. Yo misma, aunque no he ido, siento que ya caminé por esos paisajes gracias a la cámara de Peter Jackson. Tal vez ese sea el milagro del cine: hacernos creer que la imaginación también tiene geografía.
Viajar sin moverse
Hay viajes que nunca suceden fuera de la pantalla. Recuerdo un invierno entero en el que apenas salí de casa. La lluvia golpeaba los cristales, la rutina era gris, y decidí refugiarme en el cine. Cada noche veía una película distinta. En pocas semanas había viajado a Tailandia, a Marruecos, a Islandia, a Japón. Terminé enero con la certeza de haber recorrido medio mundo, aunque mi pasaporte no tuviera ningún sello nuevo.
Ese viaje inmóvil me enseñó que no hace falta desplazarse para sentir lo ajeno. El cine ofrece la posibilidad de habitar otros paisajes sin abandonar la butaca. Es un viaje distinto: más íntimo, menos tangible, pero igualmente poderoso. A veces basta un plano de un desierto o una calle bulliciosa para encender el deseo de conocer. Y aunque nunca lleguemos allí, el lugar ya forma parte de nuestra memoria.
Quizá por eso, cuando vuelvo a ver una película que amé, siento una nostalgia curiosa: no por la historia, sino por el sitio. Echo de menos un lugar donde nunca estuve.
Entre ficción y deseo
No todos los lugares filmados terminan convertidos en destinos turísticos. Algunos permanecen como promesas íntimas, espacios que quizá nunca visitemos pero que ya sentimos nuestros. Para mí, Estambul siempre será la ciudad de Topkapi y El expreso de medianoche, aunque también la imagine en relatos literarios. Tokio será la urbe luminosa de Lost in Translation, donde el desarraigo se mezcla con la fascinación.
El cine crea un puente curioso: a veces nos lleva hasta el destino, otras basta con mostrarlo en pantalla. En ambos casos, el viaje sucede. La diferencia está en la huella que deja: en las fotos de un viaje real o en la memoria persistente de una película.
Recuerdo un ejemplo muy concreto: Irlanda a través de The Quiet Man, de John Ford. Durante años imaginé prados infinitos y casas blancas con techos de paja. Cuando por fin viajé a Irlanda, los prados estaban allí, pero no eran exactamente los mismos. Lo interesante fue descubrir que mi deseo de conocer el país había nacido de una película. Sin Ford, quizá nunca me habría planteado aquel viaje.
El cine no solo construye imágenes: construye itinerarios interiores. Nos enseña a mirar el mundo con los ojos de quienes ya lo soñaron antes.
Última mirada
Viajar a través del cine es aceptar que la imaginación también compra billetes. A veces nos lleva a tomar un avión y pisar el lugar que vimos en pantalla; otras basta con mirar los créditos para sentir que ya hemos estado allí. El cine no solo cuenta historias: dibuja mapas en nuestra memoria, nos enseña a mirar sitios que quizá nunca visitemos y, sin embargo, sentimos como propios.
Al salir de una sala oscura siempre hay un instante en que el mundo parece distinto, como si acabara de estrenar otra geografía. Quizá esa sea la magia del cine: convertir cada película en una frontera abierta, cada pantalla en un pasaporte, cada mirada en el inicio de un viaje.

