El avión aterrizó en Copenhague una tarde de enero. Eran apenas las tres, pero el cielo ya empezaba a oscurecerse. La luz del norte es extraña: no desaparece de golpe, se retira lentamente, se estira en tonos grises y azules que parecen querer durar más de lo posible. Es una despedida sostenida. Me ajusté la bufanda, salí a la calle y comprendí que este viaje iba a ser distinto: aquí el sol no era protagonista, sino un personaje secundario que entra tarde en escena y se despide sin ruido.
Copenhague y la penumbra amable
Caminé junto a los canales, donde las luces de las casas se reflejaban en el agua como faroles temblorosos. El Nyhavn, con sus fachadas de colores, parecía un decorado dispuesto para resistir la oscuridad. Pedí un café en una terraza cubierta, protegida por mantas y calefactores, y me quedé mirando cómo la gente encendía velas incluso de día. En España las encendemos para acompañar el silencio; aquí, para prolongar la claridad.
Recordé entonces a Andersen, el autor de los cuentos que habían marcado mi infancia. Comprendí que sus historias —la sirenita, el soldadito de plomo, el patito feo— no podían nacer bajo un sol radiante, sino en rincones donde la luz es tenue, íntima, casi frágil. Hay en sus relatos una melancolía que parece venir de este cielo que nunca termina de decidir si anochece o amanece. La penumbra en Copenhague no era amenaza, era refugio.
Escribí en mi cuaderno: «Aquí las sombras no asustan, invitan a quedarse». Después guardé el bolígrafo y seguí caminando por una ciudad que había aprendido a hacer de la oscuridad una forma de hospitalidad.
Estocolmo y los reflejos sobre el agua
De Copenhague tomé un tren a Estocolmo. Durante el trayecto, el paisaje se deslizaba tras la ventanilla como una pintura al carbón: bosques desnudos, lagos helados, casas rojas que parecían latir en medio del blanco. Al llegar, me recibió una ciudad hecha de reflejos. Los puentes, las islas, los canales: todo parecía duplicarse en el agua, como si Estocolmo existiera dos veces.
Crucé en ferry al atardecer. El mar helado se teñía de naranja y las farolas recién encendidas multiplicaban su luz en mil destellos sobre la superficie. Cada reflejo parecía una respiración. Pensé en Strindberg, en sus personajes atrapados entre el deseo y la desesperanza, y en Bergman, que tantas veces filmó habitaciones en penumbra donde una ventana era la única fuente de luz. En Estocolmo comprendí esa estética: la penumbra convierte cada lámpara encendida en relato posible. Cada ventana iluminada parecía esconder una novela doméstica, un fragmento de vida que alguien no contará nunca.
Me senté en un bar del barrio de Södermalm, el refugio natural de quienes observan más de lo que dicen. Afuera, la nieve caía lenta; adentro, los clientes hablaban en voz baja, como si la penumbra exigiera discreción. Era un silencio distinto al de Copenhague: menos acogedor, más introspectivo. Si en Dinamarca la luz se domestica, en Suecia se contempla.
Reikiavik y la noche interminable
El último destino fue Reikiavik. Allí la penumbra ya no era amable ni reflejo: era casi total. La noche se extendía como un manto sin fisuras y la ciudad parecía un puñado de luces resistiendo en la inmensidad. En pleno invierno, el día dura lo justo para recordar que existe.
Caminé por una calle cubierta de nieve, mientras las farolas iluminaban círculos pequeños sobre el suelo. Todo lo demás era silencio, un silencio que parecía tener densidad. En un café me contaron que, durante los largos inviernos, la tradición es reunirse alrededor del fuego para contar sagas: historias de héroes, de viajes, de pérdidas y destinos. Comprendí que la penumbra aquí no es solo meteorológica, sino narrativa: la oscuridad pide palabras, relatos, compañía.
Una noche salí a las afueras y vi una aurora boreal. El cielo se encendía en verdes y violetas, como si alguien hubiera dibujado con pinceles invisibles. Me quedé quieta, incapaz de hacer una foto. Pensé que esas luces eran también historias: breves, fugitivas, imposibles de retener. El norte enseña eso: que la belleza a veces dura lo que una respiración.
La penumbra como identidad
Al reunir los recuerdos de Copenhague, Estocolmo y Reikiavik, descubrí un hilo común. La penumbra no es ausencia de luz, sino su modo particular de existir. En el sur buscamos el sol como garantía; en el norte, aprendí a valorar la penumbra como identidad. Aquí la luz no se impone, se negocia. Cada amanecer es una conquista discreta, y cada sombra, una forma de pertenencia.
El norte de Europa se escribe con sombras largas, con días breves y noches extendidas. En esa fragilidad de la claridad nace una belleza distinta: la de lo insinuado, lo que se cuenta a medias, lo que pide al lector —al viajero— completar el resto. Quizá por eso la literatura nórdica tiene ese tono de contención: deja que el silencio hable por ella.
Última mirada
Cuando regresé, alguien me preguntó si no me había deprimido tanta oscuridad. Sonreí. No había sido tristeza, sino revelación. En el norte comprendí que la penumbra no es vacío, sino lenguaje. Que allí la luz no se entrega: se construye, se cuida, se comparte. Y que cada vela encendida en una ventana, cada reflejo sobre el agua, cada aurora fugaz es una historia en sí misma.
Volveré, no por el sol, sino por esas sombras que iluminan de otro modo.

