Recuerdos de un jardinero inglés, de Reginald Arkell

Reginald Arkell (1882-1959) fue un dramaturgo, novelista y ensayista británico cuya narrativa se inscribe con claridad en el realismo inglés de entreguerras, una tradición más interesada en observar el desgaste cotidiano de las vidas ordinarias que en ofrecer grandes gestos dramáticos. En Recuerdos de un jardinero inglés, Arkell acompaña al lector por la vida del señor Pinnegard —el Viejo Yerbas—, un hombre que, desde niño, tuvo claro qué quería ser: jardinero. Y lo fue, sin ambigüedades ni desvíos, hasta el final.

Conviene advertirlo desde el inicio: Recuerdos de un jardinero inglés no es una novela de revelaciones ni de aprendizaje en sentido clásico, tampoco un relato de superación o de conflicto latente a punto de estallar. Arkell no escribe para generar expectación, sino para acompañar un modo de estar en el mundo, con la paciencia y la constancia que exige observar una vida cuando casi nada «importante» ocurre.

No se trata de una novela en la que el lector vaya a encontrar una trama cargada de tensión, acontecimientos épicos ni giros narrativos destinados a sacudir la lectura. Al contrario: Recuerdos de un jardinero inglés avanza de manera básicamente lineal, con un ritmo contenido y una prosa sobria, sin alardes ni exhibicionismos estilísticos. Esa sobriedad no es una carencia, sino una elección coherente: Arkell construye una narración que invita a una lectura calmada, casi acompasada al trabajo del propio jardín que ocupa la vida de su protagonista.

Sin embargo, esa calma se vuelve engañosa en cuanto el lector empieza a pensar. ¿Qué tiene de positivo dedicar una vida entera a una sola ocupación, por mucho que se ame? ¿Qué se gana —y qué se pierde— cuando no se aspira a nada más que a hacer bien aquello que uno ha elegido? En el caso de Pinnegard, la respuesta parece clara: su trabajo le proporciona independencia, una cierta forma de cultura, una rutina sólida y, en definitiva, la vida tranquila que desea, sin demasiadas preguntas sobre el mañana. Pero esa misma elección invita al lector a interrogarse: ¿qué puede esperar alguien de su vida si no hace otra cosa que cuidar su jardín? Y, de manera casi inevitable, a devolverse la pregunta.

Ahí reside uno de los logros más interesantes de la novela. Arkell no juzga a su personaje ni fuerza una conclusión moral. Se limita a mostrar, con una ironía suave y sin dramatismos, el peso de una vida vivida sin grandes sobresaltos, pero también sin grandes desplazamientos. La lectura transmite una serenidad constante, pero bajo esa superficie se instala una incomodidad discreta: la de los momentos de estatismo, la de las vidas que no se mueven —o no se atreven a moverse— de un lugar, de un estado de ánimo o de una realidad que no siempre coincide con la soñada.

Leída hoy, la novela dialoga de manera silenciosa con un cansancio muy reconocible: el de una época que exige movimiento constante, reinvención continua y justificación permanente de cada elección vital. Frente a esa lógica, Arkell presenta una existencia que no aspira a crecer, cambiar ni optimizarse, sino a sostenerse. No la propone como modelo ni como refugio, pero tampoco la ridiculiza, y en esa negativa a juzgar se abre un espacio incómodo para el lector contemporáneo, acostumbrado a medir el valor de una vida por su capacidad de transformarse.

Pinnegard se formula esa pregunta al final de su historia. Y la respuesta que recibe no es grandilocuente ni trágica, sino coherente con todo lo anterior: el reconocimiento y el respeto de quienes lo rodean. Ha sido una buena persona, ha hecho bien su trabajo y ha sabido ocupar su lugar en el mundo. Arkell sugiere así que quizá no todas las vidas necesitan transformaciones espectaculares para tener sentido, aunque deja abierta una cuestión incómoda que la novela no cierra del todo y que el lector difícilmente puede ignorar: si eso basta, o si basta solo a veces.

Te puede interesar:
El fin de la tristeza, de Alberto Barrera Tyszka
El acto de leer, de Wolfgang Iser
Montañas que parecen dormir: los Dolomitas y sus mitos ladinos