Lauren. Diario de una caída
El suelo no era incómodo. Lo pensé con cierto asombro, como si ese detalle, insignificante y absurdo, fuera la revelación del día. Quizá lo era. Desde ahí abajo, sin fuerzas para incorporarme, pero tampoco en peligro, el cuerpo se rendía y la mente, liberada de su vigilancia, empezaba a hurgar en los cajones del recuerdo. Bastó un silencio más largo de lo habitual para que los pensamientos se desordenaran, igual que una caja de fotos abierta por error.
No sé por qué aparecí primero en Burgos, en una calle que apenas reconozco, oliendo a pan reciente y a invierno limpio. Nací allí, pero no viví mucho tiempo. Mi padre, funcionario del Estado, tenía el don de dejar las frases a medias, como si las palabras le pesaran más que el deber que representaban. Mi madre, enfermera, sabía todo sobre los cuerpos ajenos, pero casi nada sobre el suyo. A veces pienso que, si hubiéramos intercambiado oficios, el mundo habría seguido funcionando igual. Cuando yo tenía cinco años, nos mudamos a Madrid. No fue un trauma: solo un cambio de ventanas. El paisaje cambió, pero la costumbre del orden y la corrección siguió intacta.
De mi hermano Hugo recuerdo sobre todo la risa. Dos años menor, era la parte traviesa de la ecuación familiar, el que discutía con mi padre por ideología y convencía a mi madre de absurdos solo para comprobar si colaban. Tenía la habilidad de reír incluso cuando el resto no encontraba motivo. Esa risa sigue sonando a veces entre los objetos: cuando el microondas pita fuera de ritmo, cuando Tinto estornuda dos veces seguidas. Hugo murió hace pocos meses. Fue el último en irse, como si hubiera esperado a que yo pudiera sostenerlo todo antes de desaparecer. Desde entonces, el silencio tiene un eco distinto, más hondo, más obstinado.
Mis tíos y primos orbitan a distancia prudente. Clara, prima segunda por parte de madre, me envía audios interminables sobre constelaciones familiares y «energías femeninas ancestrales». Los escucho en velocidad doble; me da la sensación de que así se diluye la culpa de no compartir su fe. Rodrigo, el primo de Valencia, simpático solo del 31 de diciembre al 2 de enero, manda cada año el mismo chiste de Nochevieja, como si la tradición bastara para sostener el vínculo. Y Pilar, mi tía favorita, vive a ritmo analógico, con una sabiduría que no necesita conexión a internet para entender a la gente. A veces la llamo sin motivo y me dice: «Ah, eras tú. Lo sabía». No pregunta por qué. Esa economía del afecto me parece un lujo.
Estudié Filología Inglesa en la Complutense, no por devoción a Shakespeare, sino por una afinidad práctica: me sentía más cómoda en un idioma que no era el mío. Traducir era refugio, una forma de hablar sin exponerse del todo. Habitar voces ajenas me permitía cierta inocencia. No necesitaba ser brillante, solo precisa. Recuerdo mis primeros encargos, mal pagados y mal editados, en una habitación compartida donde el ruido de los autobuses se mezclaba con el de mis diccionarios. La música de fondo era un inglés prestado, más limpio que mis pensamientos.
Con el tiempo me especialicé en textos académicos y literarios. Los primeros me daban estabilidad; los segundos, vida. Aprendí que las erratas son como fantasmas domésticos: nunca desaparecen del todo, solo cambian de habitación. Me hice correctora por hábito más que por vocación. Tenía buen ojo y poca necesidad de protagonismo. Las editoriales pequeñas me adoptaron pronto: entregas puntuales, observaciones exactas, comentarios que dolían solo lo justo. Era, como decían algunos colegas, una «mano de precisión». No aspiraba a ser visible; me bastaba con que me dejaran sola con un texto, una taza de café y el margen en blanco.
En aquel entonces creía que la independencia era una forma de éxito. Ahora sé que también es una trinchera: te da espacio, pero no compañía. Desde el suelo del salón, con Tinto convertido en mi guardaespaldas de respiración lenta, repaso esa biografía mínima sin nostalgia. No hay gloria ni tragedia, solo un relato correcto, limpio, sin errores ortográficos. Y, sin embargo, algo dentro de mí murmura que he pasado demasiados años corrigiendo los márgenes ajenos y dejando en blanco los propios.
A mi marido lo conocí en un congreso editorial de esos con demasiada copa y poca conferencia. Era encantador, vehemente, con ese tipo de energía que en los primeros días resulta irresistible y al mes agota. Se llamaba Daniel —o eso recuerdo, porque su nombre ya se me desdibuja con el tiempo—. Nos vimos dos veces antes de dormir juntos, cinco antes de mudarnos, y a los tres meses ya estábamos casados. No hubo pedida de mano ni plan: solo una noche larga, un taxi a ninguna parte y una boda civil con más incomodidad que emoción.
Duramos siete meses. Él necesitaba validación constante; yo, silencio. Él quería fiestas; yo, libros. Él coleccionaba amigos; yo, citas subrayadas. Nuestra convivencia era una traducción fallida: hablábamos el mismo idioma con significados distintos. No hubo pelea final. Solo un desayuno en el que dije: «Esto no va a funcionar», y él asintió con una mezcla de alivio y resaca. Después, el vacío discreto de quienes se despiden sin tragedia. No hubo drama, solo un adiós administrado con cortesía. Nunca hablamos mal el uno del otro. Simplemente, dejamos de hablar.
Pensar en él ahora no me duele ni me enternece. Es como abrir una caja de ropa vieja: reconozco las texturas, algunas conservan todavía un olor tenue, pero ninguna me pertenece ya. La vida, me digo, no siempre deja cicatrices; a veces solo deja prendas fuera de temporada. Y sin embargo, cada prenda, cada hilo suelto, guarda una lección sobre la resistencia: la de los tejidos que no se rompen, solo se deforman hasta encontrar otra forma de uso.
Tinto se mueve un poco, exhala un suspiro que interpreto como aprobación. Me doy cuenta de que llevo rato hablando en voz alta, como si necesitara escucharme para creerme. La habitación parece escuchar también. Hay una quietud expectante, un aire que me contiene sin apretar. No sé si estoy despierta o en esa zona donde los recuerdos se comportan como visitantes educados: entran, se presentan, se sientan un momento y se van sin cerrar la puerta.
Recuerdo el piso en el que crecí en Madrid. El pasillo largo, el olor a cera los domingos, los discos de Serrat sonando mientras mi madre planchaba. Recuerdo la primera vez que me dejaron sola en casa y la euforia de poder abrir un libro sin que nadie me interrumpiera. Recuerdo la tarde en que aprobé mi primer examen difícil y pensé que estudiar servía para no sentirme de sobra en el mundo. Recuerdo a mi padre fumando en el balcón, creyendo que el humo no entraba, y a mi madre cerrando la ventana en silencio. Cada gesto era una negociación invisible.
Y luego están los recuerdos mínimos, los que no sabría explicar por qué regresan: un lápiz mordido, un autobús azul, una bufanda que olía a pintura, una mujer en el metro leyendo Middlemarch con las cejas fruncidas. Supongo que todo eso soy también. Las traducciones que hice, los cafés que se enfriaron, las correcciones invisibles. Una vida que podría contarse en márgenes: lo que se ve solo cuando se amplía la página.
Me pregunto si, en realidad, todo este repaso no es más que la mente comprobando su inventario después de un golpe. Como cuando el ordenador se reinicia y revisa si el sistema sigue intacto. Burgos, Madrid, Hugo, Daniel, los libros, los cafés, la soledad administrada… Sí, todo sigue ahí. Pero hay algo distinto. Una especie de orden nuevo en el desorden. Quizá porque al caer me descolocaron las piezas y, al recolocarlas, se filtró aire fresco.
No siento tristeza. Siento, más bien, una neutralidad cómoda, un terreno nivelado después de demasiadas pendientes. Entiendo por qué algunos enfermos dicen que el momento más tranquilo es justo después de aceptar que ya no pueden hacer nada. No es resignación; es una lucidez sin dramatismo. Me miro desde fuera: una mujer en el suelo, un perro encima, una gata al fondo, y pienso que no es una mala imagen para empezar de nuevo.
En algún punto de la tarde, la luz cambia de tono. Ya no es dorada ni blanca, sino una mezcla de ambas, como un vino al que se le ha ido la temperatura. Me doy cuenta de que sigo sin moverme y que no me duele. Lo tomo como señal de que todavía pertenezco al lado de los vivos. Decido, con la misma calma con que se organiza una biblioteca, seguir recordando.
Pienso en los años de trabajo, en los correos que empezaban con «Hola, te paso este manuscrito» y terminaban con «gracias por tu ojo». En los autores que defendían sus adjetivos como si fueran hijos únicos. En los días en que la corrección era una forma de salvar algo —una frase, un tono, una dignidad— y no solo un oficio. También en los días en que todo eso me cansaba. En que deseaba dedicarme a otra cosa y nunca supe a cuál.
Quizá por eso me gustan los animales: no piden corrección. Son versiones definitivas de sí mismos. Tinto, con su paciencia de santo; Nube, con su desprecio selectivo. Entre los dos equilibran mi existencia. Mientras los observo desde el suelo, comprendo que me he acostumbrado a vivir acompañada por criaturas que no necesitan explicaciones. Es un tipo de amor sin gramática.
Pienso en Hugo otra vez. Su risa. La última llamada. Me dijo que no me preocupara, que la vida se le estaba quedando pequeña, pero que aún tenía planes. No los contó. Al día siguiente, el hospital. Luego, el vacío. No supe llorarlo bien. Lloré en diferido, corrigiendo un texto sobre el duelo. Subrayé una frase que decía: «La ausencia es una forma de presencia sostenida». Desde entonces, la tengo anotada en un pósit amarillo pegado al monitor. Ahora, tumbada, la entiendo de otra manera: la ausencia no es solo presencia; es también una forma de mantener la conversación abierta.
Tal vez por eso, cuando la habitación se vuelve un poco más fría, no me sorprende. Ya me había acostumbrado a la idea de que el aire puede traer compañía. No sé si llamarlo memoria o imaginación, pero el silencio se vuelve otra vez más claro, menos vacío. A veces pienso que recordar es una forma de invocar: cada imagen trae a alguien al presente. Y en ese desfile doméstico —mi madre, mi padre, Hugo, Daniel, la tía Pilar con su voz de papel— siento que no estoy sola en la habitación.
No hay miedo, solo una conciencia nueva. Como si, desde el suelo, la casa revelara sus capas: las voces guardadas en las paredes, los pasos antiguos, la energía de lo que se quedó sin decir. Quizá los muertos, pienso, no viven en los cementerios, sino en los objetos que no aprendieron a callar. Me quedo mirando la estantería torcida. Pienso en los libros que aún no he leído y en la idea absurda de que quizá alguno de ellos tiene algo que devolverme.
El suelo, después de todo, sigue sin ser incómodo. Me parece hasta hospitalario. Tinto respira hondo. Nube, en su trono, me vigila con un ojo entreabierto. Afuera, el mundo sigue cumpliendo su rutina de ruido. Aquí dentro, yo hago inventario: no de las pérdidas, sino de lo que aún queda operativo. El cuerpo responde, la mente articula, el humor sobrevive. No está mal para alguien que se cayó por culpa de la literatura.
Me propongo levantarme. Pero no todavía. Siento que algo —una historia, una visita, un eco— está a punto de comenzar. El silencio cambia de peso. Me parece escuchar el roce de unas páginas moviéndose solas, como si un libro hubiera decidido abrirse donde debía. No me esfuerzo por identificar cuál. Intuyo que, cuando llegue el momento, se dejará leer.
Por ahora, sigo tumbada, tomando nota mental de lo que fui y de lo que queda. Quizá eso sea todo lo que puedo ofrecerle a la vida: una corrección final antes de la siguiente versión. Respiro. Dejo que la memoria cierre su cajón y que el silencio lo selle con un clic invisible.
El suelo no era incómodo. Y ahora sé por qué: porque, por primera vez en mucho tiempo, estábamos en paz

