El de las tildes inexistentes (o cuando la ortografía se convierte en creencia personal)

Todo empieza con una corrección normal. Texto correcto, limpio, sin sobresaltos. Hasta que llega el comentario. No una duda. No una sugerencia. Una afirmación segura de sí misma: esa palabra lleva tilde.

No la lleva. Nunca la ha llevado. No hoy, no antes, no «según el contexto». No hay discusión posible, salvo que decidamos reescribir la normativa académica desde el salón. Pero el comentario está ahí, plantado en el margen, con la convicción de quien ha visto algo que los demás no.

Relees. Compruebas. Vuelves a comprobar, por puro deporte profesional. Nada. La palabra sigue sin tilde. Sigue siendo perfectamente llana, perfectamente correcta, perfectamente inocente. Pero el cliente insiste. Porque le suena. Porque siempre la ha visto con tilde. Porque queda mejor.

Y aquí estamos…

Ante el momento incómodo en el que la corrección deja de ser técnica y pasa a ser emocional. No se trata de normas, sino de sensaciones. De una intuición ortográfica muy fuerte, aunque completamente errónea. Tú podrías explicar la regla. De hecho, sabes explicarla. Podrías hacerlo con ejemplos, con paciencia, con ese tono pedagógico que reservas para ocasiones especiales.

Pero ya has pasado por esto antes. Sabes cómo termina.

Así que eliges el camino corto y contundente. Abres la web de la RAE. Buscas la entrada exacta. Copias la definición. Localizas la regla precisa. Haces una captura de pantalla limpia, bien encuadrada, casi elegante. No añades comentario. No hace falta. La autoridad habla sola.

La envías.

Silencio.

Durante unos minutos —a veces horas— no hay respuesta. Imaginas el proceso al otro lado: la lectura, la negación inicial, el pequeño ajuste interno. Porque nadie disfruta descubriendo que ha defendido una tilde inexistente con tanta pasión.

Cuando llega la respuesta, suele ser breve. Algo como «ah, vale» o «pensaba que sí». No hay disculpa explícita. Tampoco hace falta. El asunto queda cerrado. La palabra sigue sin tilde. El universo recupera su equilibrio.

Este episodio, que se repite más de lo deseable, no va realmente de tildes. Va de la dificultad de aceptar que el idioma no funciona por intuición estética. Que no todo lo que parece correcto lo es. Que hay reglas. Que existen. Que no son negociables por costumbre.

También va de algo más sutil: del respeto al oficio. Porque corregir no es imponer gustos, sino aplicar criterios compartidos. Y cuando alguien quiere tildar palabras que no llevan tilde, no está mejorando el texto: está proyectando una inseguridad ortográfica con iniciativa propia.

Tú no discutes. No ironizas. No dramatizas. Mandas la captura. Dejas que la norma haga su trabajo. Es más eficaz. Menos desgastante. Y, seamos honestos, bastante satisfactorio.

Y aquí estamos…

Recordando que la RAE no es una opinión, sino una referencia. Que las tildes no aparecen por deseo ni por tradición oral mal entendida. Y que, a veces, la mejor corrección no es una explicación larga, sino una imagen clara que dice, sin levantar la voz: no, esto no lleva tilde. Nunca la ha llevado. Y ahora ya lo sabes.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).