Todo empieza con ilusión. Abres el documento de la propuesta, repasas cada punto, cada coma, cada detalle como si fueras neurocirujana a punto de entrar en quirófano. Porque esta propuesta es la propuesta: la que podría darte trabajo, estabilidad, prestigio, paz mental y hasta un poco de orgullo.
Revisas tres veces el título, cinco el índice, siete la conclusión. Cuidas hasta la última tilde. Y aquí estamos… envías el archivo con la satisfacción de quien ha vencido a las erratas y ha salido ilesa del combate.
Hasta que, unas horas después, relees por curiosidad (grave error) y ahí está: el crimen. Una palabra inocente que se ha transformado en monstruo. Querías escribir público. Salió pulco.
No «público objetivo». No. «Pulco objetivo». Un híbrido entre público y puerco que seguramente abrirá nuevos debates en semántica aplicada y quizá en ganadería conceptual.
Otra vez lo intentas con naturalidad: hablabas de resultados únicos. Pero escribiste resulados únicos. Y claro, ahora tu propuesta respira aires de dieta milagro: «proyecto bajo en calorías y en dignidad».
El sudor frío es inmediato. Imposible pensar en otra cosa. Empiezas a fantasear con que nadie lo notará, que los editores están tan ocupados que leerán por encima. Pero sabes la verdad: la primera frase que alguien subrayará será pulco objetivo. Siempre lo es.
Y en ese instante comprendes la verdadera naturaleza del oficio: puedes corregir tratados enteros sobre gramática, puedes recitar de memoria las reglas de la RAE, pero siempre habrá un error tipográfico esperando pacientemente para arruinar tu carrera y tu autoestima con una elegancia mínima.
Y aquí estamos… revisando compulsivamente el archivo enviado, con la esperanza absurda de que, por arte de magia, la palabra se haya corregido sola. Pero no: ahí sigue, pulco, mirándote con la condescendencia de quien sabe que el público —el real, no el pulco— ya nunca te tomará del todo en serio.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

