La pausa técnica que no estaba en el guion

Estás en una videollamada de trabajo. Formal. Correcta. Tú explicando un informe con voz profesional y frases completas, de esas que suenan razonables incluso cuando por dentro estás repasando mentalmente la lista de la compra. Todo va bien. O eso crees.

De pronto, el cuerpo decide participar en la reunión sin haber sido invitado. Un ligero mareo. Calor. Esa sensación inconfundible de que la tensión ha decidido tomarse el día libre sin avisar. Sigues hablando. Porque, claro, sigues hablando. Nadie abandona una explicación a mitad de frase solo porque el sistema circulatorio esté improvisando.

Intentas ganar tiempo. Bebes un sorbo de agua. Sonríes a la cámara con esa sonrisa que pretende decir «todo bajo control» y en realidad significa «si me desmayo, avisen a recursos humanos». El informe continúa, pero ya no estás del todo ahí. Las palabras salen en automático, como si alguien hubiera activado un audiolibro con tu voz.

Entonces tomas una decisión madura y responsable: anunciar una pausa breve. Dos minutos. Nada dramático. Vas a la cocina, te dices. Un vaso de agua y vuelves. Profesional hasta el final.

Te levantas. Caminas. El mundo se inclina ligeramente, como si el suelo hubiera decidido experimentar con nuevas perspectivas. Llegas a la cocina. Abres el grifo. Llenas un vaso. Y en ese preciso momento, el cuerpo impone su criterio con una autoridad incuestionable.

Te sientas en el suelo.

No te desplomas, no. Te sientas. Con cuidado. Con dignidad relativa. Con el vaso de agua en la mano y la certeza de que, en este punto, ya no estás manteniendo ninguna ficción. La videollamada sigue abierta en el despacho. Alguien probablemente esté diciendo «no hay problema, esperamos». Y aquí estamos…

Sentada en el suelo frío de la cocina, intentando recordar si has silenciado el micrófono o si, en estos momentos, todo el equipo está escuchando tu respiración concentrada y el sonido del grifo. Bebes agua. Respiras. Decides que el agua no basta. Preparas un café extra fuerte con la solemnidad de quien invoca fuerzas superiores.

El contraste es impecable: informe estratégico por un lado, suelo de cocina por otro. Liderazgo horizontal, literalmente. Piensas que nadie te explicó que el teletrabajo incluía estas escenas, pero tampoco te sorprende del todo. El cuerpo siempre encuentra la manera de recordarte que no eres un concepto abstracto con webcam.

Cuando el mareo cede, te incorporas despacio. Vuelves al despacho con el vaso, el café y una compostura reconstruida a base de cafeína y voluntad. Reanudas la llamada. Pides disculpas. Nadie pregunta demasiado. Todo el mundo asiente con esa comprensión vaga que no quiere detalles.

Y aquí estamos…

Otra vez frente a la pantalla, explicando el siguiente punto del informe como si no acabaras de vivir una pequeña derrota fisiológica entre la nevera y el fregadero.

La reunión termina. Cierras el portátil. Te quedas quieta un momento. El café humea. El suelo de la cocina ya parece muy lejos. Anotas mentalmente una conclusión clara: la profesionalidad está muy bien, pero conviene no discutirle demasiado al cuerpo cuando pide sentarse. Aunque sea en el sitio menos corporativo posible.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).