Tár (2022), dirigida por Todd Field y protagonizada por Cate Blanchett, es una de esas películas cuya precisión formal resulta imposible de discutir. Todo está calculado con minuciosidad: el ritmo, el sonido, la composición visual, los silencios, el uso del espacio. Y, sin embargo, la película deja una sensación persistente de artificio, como si la perfección técnica terminara alejando al espectador de aquello que intenta explorar.
La historia sigue a Lydia Tár, una directora de orquesta de prestigio internacional cuya posición de poder empieza a resquebrajarse entre acusaciones de manipulación, abuso de autoridad y relaciones personales profundamente desequilibradas. Sobre el papel, el planteamiento prometía una reflexión compleja sobre el genio, el poder y la caída pública. El resultado es más ambiguo: fascinante en su construcción, pero emocionalmente distante.
Cate Blanchett y el control absoluto
Cate Blanchett sostiene la película con una interpretación de enorme precisión. Su Lydia Tár está construida desde el control: cada gesto, cada pausa y cada inflexión parecen diseñados para proyectar autoridad.
La actriz convierte el personaje en una presencia magnética, capaz de dominar tanto una sala de conciertos como una conversación privada. El problema no está en la interpretación —que es extraordinaria—, sino en la propia concepción del personaje. Lydia Tár parece definida exclusivamente por el poder que ejerce. Cuesta encontrar espacios donde exista algo más allá de la inteligencia, la manipulación o el control.
La película parece más interesada en observar el mecanismo del poder que en comprender a la persona que lo habita.
Una estructura de poder reconocible
Uno de los aspectos más discutibles del film aparece precisamente ahí: en la sensación de que el personaje podría trasladarse casi intacto a un protagonista masculino sin alterar apenas el relato.
No porque una mujer no pueda ocupar ese lugar de autoridad o reproducir dinámicas abusivas, sino porque el guion parece trabajar desde modelos de poder heredados sin preguntarse demasiado cómo se transforman al cambiar el cuerpo, la experiencia y la posición histórica del personaje.
Tár invierte el género del genio autoritario tradicional, pero rara vez cuestiona la estructura que lo sostiene.
Todd Field y la perfección calculada
Todd Field dirige con una frialdad deliberada. Cada plano está construido con precisión quirúrgica. La puesta en escena transmite control, sofisticación y distancia.
El problema es que, en algunos momentos, la película parece tan consciente de su propia inteligencia que termina priorizando la construcción conceptual sobre la experiencia emocional. Más que avanzar, el film se expone. La sensación constante es la de asistir a una obra cuidadosamente diseñada para ser interpretada, analizada y discutida.
Eso no la convierte en una mala película, pero sí en una obra más admirable que cercana.
El sonido como territorio emocional
Donde la película sí encuentra verdadera intensidad es en el trabajo sonoro. La música de Hildur Guðnadóttir funciona como corriente subterránea del relato: inquietante, elegante y profundamente atmosférica.
También la dirección de sonido cotidiana —pasos, ecos, respiraciones, silencios sostenidos— contribuye a construir un estado de tensión permanente. Tár probablemente funciona mejor como experiencia auditiva que como drama emocional.
Nina Hoss y Noémie Merlant
Las interpretaciones secundarias introducen matices que el relato principal apenas desarrolla. Nina Hoss, como Sharon, aporta humanidad y desgaste silencioso. Su personaje parece vivir en la periferia emocional del genio, atrapado entre la admiración, la dependencia y el cansancio.
Noémie Merlant, por su parte, construye un personaje marcado por la ambigüedad moral: alguien que participa del sistema mientras empieza a percibir su toxicidad.
Ambas actrices introducen zonas de vulnerabilidad y contradicción que la película, quizá demasiado fascinada por Lydia Tár, no termina de explorar del todo.
La caída como espectáculo
Uno de los grandes temas del film es la relación contemporánea entre prestigio, abuso y derrumbe público. Pero Tár evita convertir esa cuestión en un debate claramente político o moral. Prefiere moverse en una ambigüedad constante.
La caída de Lydia Tár aparece menos como consecuencia estructural que como espectáculo de descomposición personal. La película observa el derrumbe con la misma fascinación estética con la que antes observaba el éxito.
Un cine de admiración fría
La sensación final que deja Tár tiene mucho que ver con esa distancia constante. Es una película que despierta admiración intelectual más que implicación emocional.
Todd Field parece interesado en retratar un mundo donde el talento y el poder terminan aislando a quien los posee. El problema es que esa misma lógica termina afectando a la película: su sofisticación formal la vuelve deliberadamente inaccesible en ciertos momentos.
Epílogo
Tár es una obra brillante en términos técnicos e interpretativos. Cate Blanchett ofrece una de las grandes actuaciones recientes del cine estadounidense, sostenida desde el control absoluto y la precisión emocional.
Pero también es una película que parece más interesada en representar el poder que en interrogarlo realmente. Su complejidad formal convive con cierta rigidez conceptual, y esa tensión atraviesa todo el film.
El resultado es un cine admirable, inteligente y profundamente calculado. Un retrato fascinante del artificio contemporáneo… aunque a veces el artificio termine imponiéndose sobre la vida.
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