Empecé a ver After Life porque había leído el argumento, porque era británica y porque estaba Ricky Gervais al frente. Desde el primer episodio me atrapó esa mezcla tan suya de dolor y sarcasmo: la pena de la pérdida atravesada por la incomprensión de una gente bienintencionada que quiere «ayudar» sin detenerse a escuchar. El humor —no sé si llamarlo negro o británico— se convierte en el vehículo perfecto para sostener ese contraste entre la crudeza del duelo y lo absurdo de las convenciones sociales.
Tony, el protagonista, es un hombre que solo quiere llorar y pasar página a su ritmo, con el dolor como presencia constante. Esa libertad que se concede para ser cruelmente sincero lo vuelve un personaje incómodo y, al mismo tiempo, magnético. Hay en él una vulnerabilidad evidente, sobre todo en su relación con la amiga del cementerio, donde se muestra más pequeño, menos blindado. Lo que más me atrajo de la serie fue precisamente eso: su insistencia en mostrar que cada persona necesita vivir el dolor y la ausencia de una forma propia, sin aceptar atajos ni consejos de quienes solo buscan acallar lo incómodo.
Más allá de Tony, los secundarios aportan matices que enriquecen la historia, aunque ninguno sostiene el relato por sí mismo. La enfermera, con su actitud combativa frente al sarcasmo de Tony, funciona como un contrapunto necesario. La amiga del cementerio se convierte en su verdadera confidente: un espacio donde puede mostrarse vulnerable sin sentirse juzgado. Y el perro, silencioso y leal, encarna el vínculo más puro de compañía.
El humor en After Life es peculiar: tierno en la superficie, pero con un poso de tristeza que nunca desaparece. La ironía, las respuestas incómodas y las situaciones absurdas no buscan provocar carcajadas, sino revelar lo frágil que puede ser el día a día cuando el dolor está siempre presente.
En el trasfondo laten varios temas: las segundas oportunidades, la compasión hacia los demás, el peso de la rutina y la necesidad de encontrar sentido aun cuando todo parece perdido. La serie consigue equilibrar drama y comedia con naturalidad, sin que uno anule al otro. El ritmo acompaña: temporadas cortas, capítulos medidos que dejan con ganas de más.
Lo que más me impactó fue su defensa de algo que pocas veces se dice: que cada persona debe poder sentir el duelo a su propio ritmo, sin presiones externas ni fórmulas de manual. After Life se atreve a recordarnos que no pasa nada por ir despacio, por sentirse roto, por necesitar silencio o compañía mínima. Entre la crudeza y la ternura, lo que queda es una certeza: el duelo no se supera, se aprende a vivir con él. Y poder verlo contado con humor y honestidad es, quizá, la mayor lección de todas.
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