Hay películas que no llegan para deslumbrar, sino para sostener. Al encuentro de Mr. Banks (2013), dirigida por John Lee Hancock y protagonizada por Emma Thompson, Tom Hanks, Colin Farrell y Ronan Vibert, pertenece a ese tipo de cine que funciona como bálsamo sin caer en la ingenuidad absoluta. No es solo una historia sobre la gestación de Mary Poppins; es un relato sobre la memoria, la herida y la negociación —siempre incómoda— entre la verdad íntima y la ficción que termina compartiéndose con el mundo.
La película propone, desde su primer momento, una idea clara: detrás de las historias luminosas suele haber un origen menos amable. Y, aun así, la luz no es necesariamente mentira. A veces es una forma de supervivencia.
Pamela Lyndon Travers y la resistencia al artificio
El eje emocional del film es Pamela Lyndon Travers, interpretada por Emma Thompson con una precisión que va mucho más allá del parecido físico o del acento. Thompson construye un personaje áspero, rígido, exigente hasta la exasperación. Travers no quiere que Mary Poppins sea «endulzada», ni trivializada, ni convertida en musical complaciente. Su resistencia no es caprichosa; es defensiva.
La película deja claro que Mary Poppins no es solo una creación literaria, sino una estructura de contención emocional. Travers escribió para ordenar una infancia marcada por la fragilidad, la vergüenza y el dolor. Ceder ese material a Disney no es, para ella, un contrato profesional, sino una amenaza simbólica: permitir que otros reescriban lo que fue su refugio.
Emma Thompson entiende esto a la perfección. Su interpretación no busca simpatía inmediata. Al contrario: Travers resulta incómoda, antipática, casi hostil. Y ahí está uno de los grandes aciertos del film: no suavizarla para hacerla agradable, sino respetar su dureza como síntoma. La rigidez es una armadura.
Tom Hanks y el optimismo como método
Frente a esa dureza, Tom Hanks encarna a Walt Disney desde una cordialidad casi programática. Su Disney es amable, persistente, estratégico sin resultar cínico. Hanks no lo interpreta como un magnate frío, sino como un narrador convencido del poder sanador de las historias.
Este Disney cree —o necesita creer— que la magia puede reparar. No negar el dolor, sino transformarlo. Su insistencia en convencer a Travers no es solo empresarial; es ideológica. Para él, las historias deben ofrecer consuelo, incluso cuando parten de la herida.
La química entre Thompson y Hanks se apoya menos en el diálogo que en la mirada. Hay escenas en las que apenas se dicen cosas nuevas, pero se dice todo. Thompson sostiene el conflicto; Hanks, la paciencia. Es un duelo interpretativo elegante, contenido, sin necesidad de grandes alardes.
No deja de ser significativo que esta fuera la primera vez que trabajaron juntos en un largometraje de ficción. No volvieron a coincidir en otro proyecto cinematográfico, y quizá por eso esta colaboración resulta especialmente nítida: no hay repetición, no hay desgaste, solo un encuentro muy medido entre dos formas de entender el relato.
La infancia como núcleo secreto
Uno de los elementos más delicados de Al encuentro de Mr. Banks es la forma en que articula los recuerdos de infancia de Travers. A través de flashbacks, la película muestra la relación con su padre, interpretado por Colin Farrell. Lejos de cualquier caricatura, Farrell construye un personaje luminoso y devastado a la vez: un hombre carismático, afectuoso, incapaz de sostenerse.
Estos recuerdos no están ahí para explicar de manera simplista la psicología de la autora, sino para mostrar cómo nace la ficción como mecanismo de reparación. Mary Poppins no surge de la fantasía ingenua, sino de la necesidad de ordenar el caos. El padre frágil se convierte en figura idealizada; la niñera severa, en guardiana del equilibrio.
La película acierta al no subrayar en exceso este paralelismo. Confía en que el espectador entienda que muchas historias «para niños» son, en realidad, relatos escritos por adultos que intentan salvar algo del pasado.
Siete libros y una autora incómoda
Al encuentro de Mr. Banks recuerda algo que con frecuencia se olvida: Mary Poppins no fue un libro aislado, sino el inicio de una serie de siete títulos escritos por Travers. Sin embargo, el imaginario colectivo ha reducido a la autora a una nota al pie del fenómeno Disney.
La película, con todas sus licencias, devuelve a Travers un lugar central. No la presenta como genio incomprendido ni como villana antimagia, sino como una escritora consciente del poder de la ficción y, precisamente por eso, desconfiada de su trivialización. Su incomodidad no es elitismo; es conciencia de lo que se pone en juego cuando una historia se separa de quien la escribió.
La magia y sus condiciones
La palabra «magia» atraviesa toda la película, pero no se utiliza de forma ingenua. Aquí la magia no es evasión pura, sino negociación. Disney necesita dulcificar; Travers necesita preservar. El acuerdo final no es una victoria total de ninguna de las partes, sino un pacto imperfecto.
Y ahí reside uno de los aspectos más interesantes del film: no presenta la magia como solución absoluta, sino como compensación. Algo se pierde, algo se gana. La película de Disney no es el libro de Travers, pero tampoco lo borra. La magia cinematográfica no sustituye a la verdad literaria; la desplaza.
El cine como aprendizaje
Al encuentro de Mr. Banks funciona también como una reflexión metacinematográfica. El cine aparece no solo como industria o espectáculo, sino como forma de aprendizaje emocional. Aprender sobre la infancia, sobre el duelo, sobre la cesión, sobre la imposibilidad de controlar del todo el sentido de lo que se crea.
La película recuerda que muchas obras que parecen ligeras nacen de zonas oscuras, y que eso no las invalida. Al contrario: las hace más complejas. Aprender a mirar así —sin cinismo, pero sin ingenuidad— es una de las virtudes del cine cuando se toma en serio a sí mismo.
Emma Thompson: cuando basta una mirada
Emma Thompson sostiene la película desde una economía expresiva admirable. No necesita subrayar el dolor ni la emoción. Su Travers se defiende desde la sequedad, y cuando la emoción asoma, lo hace sin melodrama. Basta una pausa, una mirada que se quiebra apenas, un gesto contenido.
Es en esos momentos donde Thompson demuestra por qué es una de las grandes. No interpreta para agradar; interpreta para decir verdad. Incluso cuando el guion opta por la conciliación, ella mantiene una resistencia mínima, una grieta que evita el cierre completamente edulcorado.
Tom Hanks y la madurez narrativa
Tom Hanks, por su parte, se sitúa en una etapa de madurez interpretativa especialmente interesante. Su Disney no es expansivo ni caricaturesco; es reflexivo, paciente, casi pedagógico. Hanks transmite una serenidad que no es ingenua, sino estratégica. Sabe cuándo insistir y cuándo callar.
Su forma de transmitir —contenida, clara, sin excesos— encaja bien con el tono general de la película. No roba foco; acompaña. Y en ese acompañamiento construye un personaje que resulta creíble incluso cuando se mueve en el terreno del mito.
La magia necesaria
Al encuentro de Mr. Banks no es una obra maestra ni pretende desmontar el imaginario Disney. Es, más bien, una película que entiende el valor de la magia cuando no se confunde con la negación. La magia aquí no borra el dolor; lo rodea, lo traduce, lo hace compartible.
Hay días en los que ese tipo de cine resulta necesario. No para olvidar, sino para recordar de otra manera. Para aceptar que detrás de muchas historias hay verdades ocultas, y que a veces una buena película —con sus concesiones y sus luces— también forma parte de ese proceso de comprensión.
Porque el cine, además de entretenimiento, puede ser eso: otra forma de aprender a mirar. Y, en ocasiones, un poco de azúcar no elimina la medicina; simplemente la hace posible.
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