En 1987 apareció en Nueva York un libro que parecía pequeño y resultó inagotable: Apegos feroces, de Vivian Gornick. Se presentó como una memoria, pero desde el principio se leyó como una novela: no tanto por la invención como por la intensidad narrativa. La trama, en apariencia mínima, se sostiene en los paseos de la autora con su madre por Manhattan. De esas caminatas, aparentemente banales, surge una de las radiografías más incisivas de la relación madre-hija en la literatura contemporánea.
Gornick no escribe para reconciliar ni para suavizar. La suya es una mirada que exhibe la fricción como modo de vida. En las conversaciones con su madre aparecen reproches, ironías, complicidades efímeras, y todo ello se convierte en el material de una indagación más amplia: qué significa crecer como mujer en el Bronx de mediados del siglo XX, en un edificio habitado casi exclusivamente por mujeres que sobrevivían a base de conversación y resistencia, y qué supone intentar escapar de esas coordenadas sin romper del todo con ellas. La maternidad, el feminismo, la soledad y la búsqueda de autonomía se entrelazan con naturalidad en una prosa que rehúye adornos y va siempre al hueso.
La narrativa de Gornick se distingue por su claridad y por un ritmo casi urbano: frases cortas, respiraciones rápidas, cadencias que parecen las de alguien que piensa en voz alta mientras avanza por la ciudad. El texto no se organiza de forma lineal; salta del presente al recuerdo, de la reflexión al retrato, con una fragmentariedad que nunca se siente caótica porque la relación con la madre funciona como columna vertebral. No se trata de contar una vida en orden, sino de mostrar cómo el pasado se infiltra en cada gesto del presente.
En esa escritura resuenan ecos de otras autoras que han convertido la memoria íntima en literatura universal. Annie Ernaux, con su estilo analítico y documental, muestra cómo lo personal refleja lo colectivo. Natalia Ginzburg, con su ironía ligera y su ternura soterrada, convirtió la familia en un espacio donde se juega tanto lo cómico como lo trágico. Gornick comparte con ellas la prosa austera y la voluntad de universalizar lo privado, pero lo hace con un filo particular: más combativa que Ginzburg, menos analítica que Ernaux, su mirada se nutre del pulso neoyorquino y de un feminismo que entiende la independencia no como lujo, sino como exigencia vital.
En Apegos feroces los temas no se enumeran: se despliegan en cada escena. La dificultad de amar y dejarse amar aparece en recuerdos de relaciones fallidas; la experiencia femenina en el Bronx se revive en las voces de las vecinas; la memoria se confunde con la escritura en el propio acto de contar; y Nueva York, lejos de ser un simple telón de fondo, se convierte en un personaje más, con su ruido, su movimiento, sus calles interminables que obligan a seguir caminando aunque duela.
Lo que queda tras la lectura es una sensación extraña: no hemos asistido a una confesión sentimental, sino a una lección de lucidez. Gornick no endulza ni ofrece moralejas. Muestra cómo la identidad se forja en la tensión, en la imposibilidad de cortar el cordón con una madre que es espejo y antagonista a la vez. Esa honestidad brutal ha hecho de Apegos feroces un clásico contemporáneo: un libro que no se deja domesticar, pero que acompaña como pocos.
Te puede interesar:
– Las islas del exilio: historia de quienes fueron enviados a desaparecer
– El auge de las series: ¿herederas o rivales del cine?
– Terapia sin filtro (Shrinking), con Harrison Ford

