Cómo cambia el lugar cuando viajas con un libro

Antes de cerrar la mochila, siempre dejo un hueco para un libro. Da igual si me falta una camiseta o si el cierre amenaza con reventar: el libro viaja conmigo. No necesito pensarlo demasiado; es un gesto automático, como revisar si llevo el pasaporte o el billete de tren. Cada viaje tiene su propio compañero de páginas, y con los años he descubierto que esa elección transforma por completo la manera en que recuerdo los lugares.

Lisboa con Pessoa

Una de las primeras veces que lo noté fue en Lisboa. Había decidido llevar El libro del desasosiego, de Fernando Pessoa, en una edición que ya venía subrayada de casa. No había plan turístico que me interesara tanto como la idea de leer a Pessoa en Pessoa. Y, sin embargo, fue la ciudad la que me leyó a mí.

Sentada en una terraza del Chiado, con el café demasiado cargado, abrí el libro y me encontré con esa mezcla de tedio y belleza que caracteriza a Soares. De pronto, el tranvía que subía por la cuesta no era solo un vehículo: parecía arrastrar la melancolía de toda la ciudad. Cuando después caminé por la Baixa, sentí que Lisboa me hablaba en primera persona, como si cada calle ya hubiera sido escrita. Desde entonces, Lisboa y Pessoa son inseparables en mi memoria: no puedo pensar en uno sin que aparezca el otro.

Un tren francés y una novela policial

Otro recuerdo viene de un viaje en tren entre París y Lyon. Tenía entre manos una novela policial, de esas que enganchan más por la tensión que por el estilo. El vagón estaba lleno, el aire acondicionado no funcionaba del todo y la gente se movía con impaciencia por los pasillos. Aun así, cada página parecía acompasarse con el traqueteo de las vías.

Recuerdo que, en un momento de clímax, el tren frenó bruscamente en una estación secundaria. El protagonista de la novela descubría una traición y, al mismo tiempo, yo sentía cómo mi cuerpo se echaba hacia adelante con el vaivén del vagón. Confundí la ansiedad de la trama con la del viaje. Desde entonces, cuando pienso en esa ruta ferroviaria, no recuerdo paisajes ni estaciones: recuerdo la sospecha y la tensión de aquel capítulo.

Florencia entre esculturas

En Florencia, en cambio, la experiencia fue otra. Había decidido llevar un ensayo sobre arte renacentista. ¿Quién se lleva un ensayo académico a un viaje? Pues yo, que a veces viajo más con los ojos que con los pies. Una tarde me senté en la Piazza della Signoria y abrí el libro. El sol caía oblicuo sobre las esculturas y, de repente, lo que leía sobre proporción, equilibrio y mirada se desplegaba frente a mí en piedra.

Lo curioso fue que, mientras pasaba las páginas, levantaba la vista y me encontraba con la copia del David de Miguel Ángel. El texto me hablaba de la tensión contenida en el mármol, y yo tenía la tensión delante, iluminada por la tarde toscana. Fue un diálogo extraño: ni solo lectura ni solo viaje. Una superposición de planos que, al recordarla, todavía me emociona.

Ciudades que parecen libros

Con el tiempo he buscado esa sensación adrede. En Buenos Aires, por ejemplo, cargué con una edición de Rayuela. Entrar en la librería El Ateneo con Cortázar en la mochila fue casi un exceso: todo parecía dispuesto para el juego literario. Los pasillos como bifurcaciones, los balcones como capítulos alternativos, los clientes como personajes improvisados. Caminaba por la ciudad con la impresión de que las calles ya estaban narradas, y yo solo tenía que seguir la voz del autor.

En Coimbra sucedió lo contrario: fue la ciudad la que me llevó al libro. Entré en la biblioteca universitaria sin más intención que refugiarme del calor, y allí encontré un pequeño poemario portugués. El silencio del lugar era tan denso que cada verso parecía resonar en las paredes. Aquel libro, que podría haber pasado desapercibido en otra parte, se convirtió en uno de los recuerdos más intensos del viaje. Hoy lo abro y todavía siento el frío de la sala y el olor de la madera antigua.

La doble memoria

Lo más sorprendente ocurre al volver a casa. No importa cuánto tiempo haya pasado: los libros conservan el eco de los lugares donde los leí. Abro El libro del desasosiego y regresa el rumor de Lisboa, con su café fuerte y sus tranvías cansados. Paso por las páginas de aquella novela policial y siento otra vez la sacudida del tren francés. Leo el ensayo sobre arte y me reaparece Florencia, con su luz dorada y su aire turístico.

El libro se contamina del lugar, y el lugar del libro. Quedan enlazados de una manera que ya no se puede deshacer. A veces pienso que por eso sigo metiendo un libro en la mochila aunque me falte espacio: porque no es solo un objeto de lectura, es una máquina de memoria.

Viajar con un libro en la mochila es aceptar que nunca viajo sola. Cada historia que me acompaña transforma el paisaje, y cada paisaje se cuela después en la historia. Entre páginas y caminos, la memoria se escribe dos veces: en la tinta y en el trayecto. Y yo, que siempre dudo qué ropa llevar, nunca dudo qué espacio reservar para un libro: es lo único que garantiza que, al volver, el viaje siga abierto.