Hay películas que funcionan en dos niveles sin pedir permiso. Cómo eliminar a su jefe (9 to 5, 1980), dirigida por Colin Higgins y protagonizada por Jane Fonda, Lily Tomlin, Dolly Parton y Dabney Coleman, es una comedia eficaz, directa y muy divertida si se la mira como lo que es: una película pensada para hacer reír. Pero basta rascar un poco bajo esa superficie para encontrar algo menos ligero y bastante más incómodo: un retrato de las limitaciones personales y profesionales que condicionan la vida de muchas personas, especialmente cuando el margen real de elección es mucho menor de lo que el discurso optimista suele admitir.
La película se sostiene gracias a un reparto extraordinario y a un ritmo que no da tregua. Las interpretaciones son brillantes y, como bien ocurre en la buena comedia, las miradas llevan la voz cantante. No hace falta subrayar demasiado: el gesto, la pausa y el cruce de miradas dicen más que muchos diálogos. 9 to 5 entiende muy bien que la comedia no consiste en exagerar, sino en afinar.
Una oficina como campo de batalla
El espacio en el que se desarrolla la historia no es casual. La oficina, ese lugar aparentemente neutro y ordenado, se convierte aquí en un campo de batalla cotidiano. Violet, Judy y Doralee trabajan bajo las órdenes de un jefe incompetente, machista y autoritario, encarnado por Dabney Coleman con una eficacia que roza lo insoportable. Su personaje no es un monstruo excepcional, sino algo mucho más inquietante: un producto perfectamente reconocible de un sistema que lo legitima.
El acierto de la película es no presentar esa situación como una anomalía. Al contrario: todo funciona «como debe», según las reglas implícitas del entorno laboral. Las humillaciones, el techo de cristal, la desconfianza sistemática hacia las mujeres y la apropiación del mérito ajeno aparecen como parte del paisaje. La comedia no nace de lo absurdo, sino de lo familiar.
Jane Fonda: la rabia organizada
Jane Fonda interpreta a Violet, la trabajadora competente eternamente postergada. Es el personaje que canaliza la rabia acumulada, pero también el que intenta convertirla en estrategia. Fonda aporta firmeza, inteligencia y una energía contenida que resulta clave para que la película no se disuelva en farsa. Su Violet no es ingenua ni explosiva: está cansada. Y ese cansancio es político.
Fonda sabe jugar con el equilibrio entre la comedia y la denuncia sin caer en el discurso. Su interpretación transmite algo fundamental: la frustración no nace de la falta de talento, sino del bloqueo sistemático. Violet no quiere privilegios; quiere reconocimiento. Y eso, en el mundo que retrata 9 to 5, resulta casi revolucionario.
Dolly Parton: el carisma sin pedir permiso
Dolly Parton, en su debut cinematográfico, es una revelación. Doralee es, en apariencia, el personaje más estereotipado: la secretaria voluptuosa, objeto constante de miradas y comentarios. Pero la película da la vuelta al cliché con inteligencia. Doralee no es ingenua ni decorativa; es consciente de cómo la miran y de cómo la juzgan, y ha aprendido a moverse en ese terreno sin pedir disculpas.
Parton aporta un carisma natural que sostiene al personaje sin esfuerzo. Su presencia desarma porque combina dulzura, seguridad y una lucidez nada complaciente. Doralee sabe perfectamente que su cuerpo condiciona la percepción que los demás tienen de ella, y la película no trivializa ese hecho. La comedia surge precisamente de esa tensión entre apariencia y realidad.
Lily Tomlin: la inteligencia del desajuste
Y luego está Lily Tomlin. Si hay un personaje que eleva 9 to 5 a otro nivel, es el suyo. Tomlin interpreta a Violet con una mezcla de nervio, ironía y desajuste permanente. Su comicidad no es expansiva; es eléctrica. Cada gesto suyo parece ligeramente fuera de lugar, y ahí reside su potencia.
Tomlin entiende la comedia como un ejercicio de inteligencia. Su personaje no encaja del todo en el sistema, y esa falta de encaje se convierte en motor narrativo. La escena del hospital con el supuesto «cadáver del jefe» no es solo uno de los grandes momentos cómicos de la película; es también una síntesis perfecta de su talento: absurdo, ritmo, pausa exacta y una lógica interna impecable. No hay exageración gratuita; hay precisión quirúrgica.
No es casual que esa escena haya quedado en la memoria colectiva. Resume lo que Tomlin aporta al cine cómico: la capacidad de llevar una situación al límite sin romperla, de hacer creíble lo inverosímil gracias a una interpretación absolutamente consciente.
Dabney Coleman: el villano cotidiano
Dabney Coleman construye un antagonista eficaz precisamente porque no busca simpatía. Su jefe es odioso sin matices, y eso es un acierto. La película no intenta humanizarlo ni justificarlo; lo muestra como lo que es: un engranaje más de un sistema jerárquico que premia la mediocridad masculina y penaliza la competencia femenina.
Coleman entiende que su papel no es el de provocar risa directa, sino el de generar el contexto que hace necesaria la rebelión. Su personaje es la prueba viviente de que el problema no es solo personal, sino estructural. No se trata de un mal jefe, sino de un modelo de poder.
Comedia y realidad: el límite del optimismo
Más allá de la risa, 9 to 5 plantea una cuestión de fondo que sigue siendo incómoda: hasta qué punto somos realmente libres para elegir. La película sugiere que la libertad está en la forma de pensar, de entender y de afrontar las circunstancias. Es una idea atractiva, casi inspiradora. Pero también es una verdad de corto recorrido.
Porque, como muestra el propio relato, los condicionantes son muchos y no siempre se pueden superar todos. Las limitaciones económicas, sociales, familiares y culturales pesan. No basta con «querer» o con «pensar diferente» cuando el entorno sigue levantando muros. La película lo sabe, aunque su resolución opte por el optimismo. Y ahí aparece una tensión interesante: la comedia necesita cerrar con esperanza, pero la realidad no siempre acompaña.
Esa ambigüedad es, paradójicamente, uno de los puntos fuertes del film. Bajo el final amable late una verdad menos cómoda: es agotador luchar día tras día para superarse cuando el muro sigue ahí, a pocos pasos. No todo depende de la actitud. Y 9 to 5, sin decirlo abiertamente, lo deja entrever.
Un contexto que no ha envejecido tanto
Vista desde hoy, la película sorprende por su vigencia. Han cambiado los códigos, el lenguaje y algunas formas, pero muchas dinámicas siguen reconocibles. La precariedad, la desigualdad de oportunidades, el descrédito sistemático del trabajo femenino y la exigencia constante de demostrar el doble siguen formando parte del paisaje laboral.
9 to 5 no ofrece soluciones mágicas ni pretende hacerlo. Su valor está en haber puesto el foco, desde la comedia, en una realidad que durante mucho tiempo se consideró «normal». Reírse de ella fue, en su momento, una forma de señalarla. Y ese gesto sigue teniendo sentido.
La comedia como herramienta seria
Una de las grandes virtudes de la película es tomarse la comedia en serio. No como evasión, sino como herramienta. El humor permite decir cosas que de otro modo resultarían insoportables. Permite crear complicidad sin suavizar el diagnóstico. Y cuando la comedia está bien interpretada —como ocurre aquí—, no trivializa; revela.
Fonda, Tomlin y Parton no interpretan chistes, interpretan situaciones. Sus personajes funcionan porque están construidos desde la experiencia, no desde la caricatura. Y eso explica que la película haya resistido el paso del tiempo mejor que muchas comedias posteriores.
Epílogo: reír para no normalizar
Cómo eliminar a su jefe es, ante todo, una película divertida. Y eso ya es mucho. Pero su interés no se agota en la risa. Bajo el humor hay una observación lúcida sobre el trabajo, el poder y las limitaciones reales de la libertad individual. La película no niega la importancia de la actitud, pero tampoco oculta el peso de las estructuras.
Reír, aquí, no es olvidar; es tomar distancia. Y esa distancia permite ver con más claridad. Por eso 9 to 5 sigue funcionando: porque entiende que la comedia, cuando se hace con inteligencia y respeto, puede ser una forma muy seria de pensar la realidad.
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