Desconexión (o la mentira piadosa de las vacaciones sin correo)

Decides que esta vez sí. Viaje, maleta ligera, lista de libros por leer y la solemne promesa: «No voy a abrir el correo. Ni una sola vez». El juramento sagrado del freelance que quiere sentirse humano durante al menos una semana.

Primer día: paseas, respiras, disfrutas.

Segundo día: te relajas tanto que hasta olvidas la contraseña del wifi del hotel.
Tercer día: la tentación aparece. El móvil vibra en el bolso. Lo ignoras. Vibra otra vez. Suspiras. Y aquí estamos…

Abres el correo «solo para revisar que todo esté en orden». Error. Ahí está: una notificación con asunto demoledor: «Oferta urgente». Tu corazón da un salto como si acabara de sonar la alarma de incendios. Te ves cancelando planes, buscando un portátil prestado, corrigiendo en la mesa del desayuno entre croissants y turistas alemanes.

Lees el correo con dedos ligeramente temblorosos… y descubres que la «oferta urgente» es spam. Un descuento del 20 % en un curso online para «aprender a corregir con inteligencia artificial».

La risa sale sola. Cierras el móvil. Lo devuelves al bolso con un gesto teatral. Te sirves otra copa de vino. Porque sí: desconectar por completo es imposible, pero reírse del intento forma parte del autocuidado profesional.

Y aquí estamos… de vacaciones a medias, con el correo semiabierto, el ego semiasustado y la convicción de que la próxima vez —mentira evidente— no mirarás el correo. Ni una sola vez.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).