Divorce, con Sarah Jessica Parker

Llegué a Divorce sin un objetivo claro, buscando simplemente una serie con la que pasar el rato. Me crucé con Sarah Jessica Parker y me pareció interesante verla en un registro distinto al de Sexo en Nueva York o su secuela, que ni siquiera he visto. El primer capítulo me dejó la sensación de no encontrarle del todo el punto, pero aun así quise seguir: no es una serie que enganche de inmediato, pero tiene algo que te hace quedarte.

La historia gira en torno a una pareja que encarna un «ni contigo ni sin ti» permanente. Ella aparece como una mujer fuerte, con dudas, pero que no se permite detenerse. Él, peculiar y con su propio estilo de eficiencia, tiene además una ternura que desarma. Los personajes secundarios funcionan casi como extensiones de los protagonistas: versiones posibles de lo que ellos no se atreven a vivir.

La psicóloga —cuyo nombre se diluye tanto como su fuerza inicial— parecía destinada a ser el pepito grillo sarcástico de la historia, pero pronto se convierte en una figura más del paisaje. Los hijos, en cambio, aportan un contrapunto lúcido: normalizan lo que sus padres viven como un drama, relativizando lo que a ojos adultos parece un terremoto.

El humor es sutil; nunca busca la carcajada. Está ahí para suavizar la incomodidad de un proceso tan áspero como un divorcio, aportando momentos que alivian la tensión. Más que reírse de los personajes, la serie se ríe con ellos, permitiendo al espectador una sonrisa cómplice.

Los temas son claros: las ganas de crecer, de buscar nuevas oportunidades y de adaptarse a lo que toca para seguir adelante. No hay grandes discursos, pero sí pequeños pasos que sugieren la posibilidad de reconstruirse incluso en medio del desgaste. El tono es difícil de clasificar. No es comedia pura ni drama al uso: se mueve en un espacio intermedio donde conviven la ironía y la melancolía, lo incómodo y lo entrañable. Quizá ahí esté su mayor particularidad.

En las interpretaciones, Sarah Jessica Parker sorprende con un registro contenido, sin excesos, creíble y cercano. Su compañero de reparto borda un personaje peculiar: con apariencia de despistado, pero una capacidad inquebrantable de seguir adelante. Juntos construyen una dinámica que evita la caricatura.

El ritmo acompaña: capítulos medidos que fluyen sin giros forzados. Divorce se deja ver con comodidad, sin altibajos bruscos. Y aunque no es de las que repetiría, me deja algo valioso: las ganas de seguir el trabajo de Parker más allá de los papeles que la hicieron famosa. Lo que me llevo de Divorce es, en el fondo, la confirmación de que no todo tiene que ser épico ni inolvidable para merecer la pena. Es una serie que acompaña, que se deja ver sin estridencias y que muestra que incluso en medio del caos de una separación se pueden encontrar momentos de calma y hasta de ternura. No la revisitaré, pero agradezco haberla visto: a veces basta con una historia correcta, bien interpretada y sin fuegos artificiales.

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