Hay libros que se convierten en hitos silenciosos, textos que no necesitan imponerse como manifiestos pero que, al releerse, cambian la manera en que entendemos un gesto tan cotidiano como abrir una novela. El acto de leer (1976), de Wolfgang Iser, pertenece a esa categoría. Con él, la teoría literaria se desplazó desde el objeto textual —el análisis estructuralista, tan pendiente de formas y códigos— hacia el encuentro vivo que se produce en cada lectura.
Iser, crítico alemán vinculado a la Universidad de Constanza y figura central de la Estética de la Recepción, parte de una premisa clara: la literatura no es un artefacto cerrado, sino una invitación. El texto, afirma, está diseñado con huecos, silencios y ambigüedades que obligan al lector a intervenir. Esas «lagunas» no son defectos, sino motores de sentido: espacios que solo la imaginación puede completar. Así, leer deja de ser un ejercicio pasivo para convertirse en un acto creativo.
El pensamiento de Iser se nutre de la fenomenología —esa tradición filosófica que pone la experiencia en el centro— y busca describir lo que sucede en la conciencia del lector mientras avanza por las páginas. Al leer, anticipamos lo que vendrá, proyectamos imágenes, nos equivocamos, corregimos expectativas. Cada línea es un cruce de caminos entre lo que el texto propone y lo que la mente interpreta. La obra, en consecuencia, no está simplemente «ahí fuera», fija e inmutable; existe de manera plena solo en el acto de lectura.
Para dar cuenta de este fenómeno, Iser introduce la noción de «lector implícito»: no un individuo de carne y hueso, con sus manías y distracciones, sino una figura abstracta que el texto convoca, el lector ideal para el que parece estar escrito. Esa distinción resulta clave: mientras el lector empírico siempre será singular, cambiante, situado en una cultura concreta, el lector implícito es una construcción teórica que nos permite entender cómo los textos apelan a su destinatario.
Si algo caracteriza la aportación de Iser es la insistencia en el carácter dinámico de la literatura. Frente a la tentación de reducir el sentido a una interpretación única —la «correcta»—, subraya que toda obra permanece abierta, que su vitalidad depende de la multiplicidad de lecturas posibles. Esa apertura no equivale a relativismo absoluto: hay estructuras, estrategias y mecanismos textuales que guían y encauzan la recepción, pero nunca hasta el punto de cerrarla.
El estilo de Iser acompaña su pensamiento. No es un autor que se esconda tras un bosque impenetrable de jerga, como hicieron otros teóricos de su generación. Su prosa es ensayística, sistemática, de un rigor alemán inconfundible, pero sin renunciar a la claridad. Divide, explica, ejemplifica; nunca da por sentado que el lector debe aceptar un dogma. Tal vez esa claridad sea la que ha permitido que El acto de leer se mantenga como referencia más de cuatro décadas después.
Las temáticas que recorre el libro —la interacción entre texto y lector, el papel de la imaginación, la diferencia entre discursos literarios y no literarios, la construcción de mundos posibles— tienen en común un mismo hilo: la convicción de que la literatura vive en el proceso, no en el producto. Y que el lector no es un intruso que descifra, sino un socio que colabora.
En este sentido, la obra de Iser conecta con una intuición elemental que cualquiera puede reconocer en su experiencia lectora: cada libro leído es distinto cada vez, porque nunca somos la misma persona cuando volvemos a abrirlo. La teoría, con sus conceptos —lagunas, lector implícito, horizontes de expectativa—, no hace más que darle nombre y método a una certeza vital.
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