El auge de las series: ¿herederas o rivales del cine?

Durante décadas, el cine ocupó el lugar privilegiado de gran narrativa audiovisual. Las series de televisión eran consideradas un producto menor: entretenimiento episódico, rutinario, sujeto a las restricciones de la parrilla. Sin embargo, en los últimos veinte años, el panorama ha cambiado de forma radical. Hoy, muchas series compiten en prestigio, calidad artística e influencia cultural con el cine. La pregunta es inevitable: ¿son herederas que prolongan su legado o rivales que lo amenazan?

Contexto histórico: de la televisión familiar al streaming global

Las primeras series televisivas tenían un formato episódico, pensado para el consumo familiar y la continuidad semanal (I Love Lucy, Bonanza). Su objetivo era fidelizar audiencias, no experimentar artísticamente. El salto comenzó en los noventa con Twin Peaks o The Sopranos, que demostraron que la televisión podía construir universos complejos y adultos.
El verdadero punto de inflexión llegó con el streaming. Plataformas como Netflix, HBO Max, Amazon Prime o Disney+ multiplicaron la producción, eliminaron las restricciones de horarios y apostaron por la narrativa serial como motor de sus catálogos. La serie se liberó de la tiranía de la parrilla y encontró un espacio para expandirse.

El lenguaje narrativo: continuidad frente a condensación

El cine se define por la condensación: una historia cerrada en dos horas, con estructura dramática clásica. La serie, en cambio, se caracteriza por la continuidad: historias de largo aliento, personajes en evolución, arcos que se despliegan a lo largo de temporadas. Esta diferencia no es meramente formal: afecta a la experiencia del espectador.
Series como Breaking Bad o Mad Men logran un nivel de desarrollo psicológico que el cine difícilmente puede igualar en su formato limitado. Por su parte, el cine conserva una fuerza expresiva incomparable en términos de síntesis, de impacto concentrado en una sola obra.

Economía y producción: industrias en tensión

El auge de las series responde también a un cambio en los modelos de negocio. El cine depende de estrenos en salas y de la taquilla global, con grandes inversiones concentradas en blockbusters. Las series, en cambio, se sostienen en suscripciones y en la fidelidad del espectador. Para las plataformas, lo importante no es tanto un éxito puntual como mantener a la audiencia enganchada semana tras semana.

Este modelo ha trasladado talento: guionistas, directores y actores consagrados del cine han migrado hacia las series, atraídos por la libertad creativa y la estabilidad económica. David Fincher, Martin Scorsese o Jane Campion han participado en proyectos seriales, borrando fronteras entre ambos formatos.

Prestigio cultural: ¿el nuevo canon audiovisual?

El estigma de «producto menor» se ha diluido. Series como The Wire, Chernobyl o The Crown se analizan en universidades y reciben premios antes reservados al cine. La serialidad se ha convertido en laboratorio de representación social y política, abordando desde la violencia urbana hasta la historia reciente o la monarquía contemporánea.

Sin embargo, este prestigio plantea un dilema: ¿se están desplazando recursos, crítica y atención cultural hacia las series en detrimento del cine? Mientras la taquilla de las salas sufre una caída sostenida, las series dominan la conversación pública global.

¿Herederas o rivales?

Las series heredan del cine gran parte de su lenguaje visual: fotografía, montaje, interpretación. También se benefician de la formación de generaciones de espectadores acostumbrados a leer imágenes en clave cinematográfica.

Pero al mismo tiempo son rivales: disputan el tiempo del espectador, los recursos de producción y la relevancia cultural. Para muchos, ver una serie se ha convertido en la forma principal de consumo audiovisual, relegando la experiencia colectiva de la sala oscura a un acontecimiento ocasional.

Implicaciones culturales

  • Transformación del tiempo de ocio: el binge-watching sustituye al ritual de ir al cine.
  • Cambio en la conversación pública: se habla de series con la misma intensidad con que antes se comentaban estrenos de cine.
  • Diversificación de narrativas: las series permiten más voces, más géneros híbridos, más experimentación en la duración y el tono.
  • Riesgo de saturación: la llamada Peak TV (más de 500 series al año en Estados Unidos) amenaza con diluir la calidad y generar fatiga en el espectador.

El auge de las series no debe leerse como sustitución absoluta, sino como reconfiguración del ecosistema audiovisual. Más que herederas o rivales, son interlocutoras del cine: se nutren de él, lo transforman y le disputan el centro de la atención cultural. Quizá el reto no sea elegir entre cine o series, sino entender cómo ambos formatos pueden coexistir y dialogar en un panorama en el que el espectador tiene más poder que nunca para decidir qué historias merecen su tiempo.

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