Hay decisiones que parecen inocentes. Un café a media tarde, por ejemplo. Nada dramático. Son las cinco, tienes un libro por corregir y piensas: «Un empujoncito de cafeína y lo termino sin problema».
Spoiler: problema. Y aquí estamos…
El café entra glorioso, cálido, como una promesa de productividad infinita. A las 17:15 ya sientes que puedes con todo: revisas tres capítulos de golpe, detectas erratas microscópicas y hasta corriges esa cita en alemán sin pestañear. A las 18:00 te crees una máquina. A las 20:00 sigues corrigiendo con entusiasmo olímpico.
Pero a las 23:00 la historia cambia. El libro sigue. El café sigue. Tus ojos siguen abiertos como faros en la niebla. A medianoche todavía analizas la diferencia entre un guion largo y uno corto con la intensidad de un filósofo griego que ha perdido el sentido de la proporción.
A la 1:00 de la mañana cierras el portátil con falsa satisfacción: «Al menos he adelantado trabajo». Y entonces llega la trampa final: no puedes dormir. Das vueltas en la cama como un personaje secundario mal escrito, tu corazón late en 4/4 y tu cerebro repite en bucle la lista de correcciones pendientes.
A las 2:00 piensas que deberías levantarte a escribir un tratado sobre los efectos secundarios de la cafeína. A las 3:00 contemplas seriamente la idea de mudarte a otro huso horario. A las 7:00, suena la alarma sin ningún tipo de compasión.
Y aquí estamos… con una corrección adelantada, cero horas de sueño de calidad y la firme —y manifiestamente mentirosa— promesa de que mañana no habrá café a las cinco.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

