La narrativa de Celso Castro se distingue por una fidelidad casi radical a la voz confesional. Sus libros no cuentan tanto historias como estados del alma. Los narradores hablan en primera persona, se interrumpen, dudan, insisten en las mismas palabras. Escribir en su universo no es ordenar los hechos, sino exponer una conciencia en carne viva. Ese estilo, fragmentario y obsesivo, encuentra en El gran ensueño una de sus expresiones más acabadas.
La novela parte del peso del duelo: la muerte del hermano y de la madre son heridas que determinan el modo en que el protagonista percibe el mundo. El padre, con sus oscilaciones maníaco-depresivas y su promiscuidad, añade un fondo de inestabilidad. Y la abuela, con esa mirada capaz de leer pensamientos, intensifica la sensación de vigilancia íntima, de vivir siempre bajo un escrutinio doloroso. En torno a ellos se dibuja un joven marcado por la imposibilidad de crecer de manera convencional: atrapado en el pasado, se resiste a aceptar el paso del tiempo y se aferra a una memoria que es a la vez refugio y condena.
A Coruña funciona aquí como escenario y como personaje. La ciudad aparece atravesada por la memoria: sus calles, sus paisajes, sus sonidos se confunden con los recuerdos y los ensueños del narrador. No hay una línea clara entre presente y pasado; lo cotidiano se impregna de voces y presencias que parecen venir de otro tiempo. Ahí se juega una de las claves del libro: lo que se narra no es una biografía, sino una experiencia interior.
La infancia ocupa un lugar central. No se presenta como un paraíso perdido, sino como una etapa de conocimiento absoluto, un momento en que el mundo parecía ofrecer una claridad que luego se desvanece. Con los años, esa certeza se transforma en neblina: una luz dorada que ya no alumbra, pero cuya persistencia se convierte en obsesión. El gran ensueño es, en ese sentido, un intento de recuperar lo irrecuperable, de volver a mirar con los ojos de quien lo sabía todo antes de perderlo.
El amor y el deseo aparecen en figuras femeninas —Laura, Adriana, Yokery— que no funcionan como personajes realistas, sino como espejos del anhelo y la carencia del protagonista. Son casi presencias más que personas, recuerdos idealizados, pasiones que se inscriben en la misma lógica del ensueño. Lo que busca el narrador no es la relación concreta, sino la experiencia de completud que cree haber rozado y que ahora solo sobrevive en su memoria.
La estructura misma del libro refuerza esta estética: dividido en fragmentos, con interrupciones y pausas, rehúye la continuidad narrativa. Leerlo es acompañar a una voz que fluctúa entre la ensoñación y la confesión íntima. Lo importante no es lo que sucede, sino la forma en que se siente y se recuerda. En esa radicalidad reside también su riesgo: es una novela que no concede apoyos fáciles al lector, que exige entrar en el ritmo discontinuo de una conciencia doliente.
Si en obras anteriores, como Las brujas, el peso recaía en símbolos más concretos —la bruja, la hermana de leche, Lorena—, en El gran ensueño lo simbólico se diluye en atmósferas. Ya no son figuras reconocibles las que condensan misterio y dolor, sino la neblina, los silencios, las repeticiones. Es un paso más en la trayectoria de Castro: menos apoyos externos, más inmersión en la pura materia de la memoria.
El gran ensueño confirma, así, la coherencia y la evolución de un autor que ha hecho de la confesión un género propio. Su literatura no busca entretener, sino empujar al lector hacia lo más frágil y vulnerable de la conciencia. La recompensa, si se acepta esa exigencia, es entrar en un espacio poco frecuente en la narrativa actual: un lugar donde la palabra es eco del duelo, recordar se vuelve resistencia y la escritura misma, un modo de habitar lo perdido.
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