El guardián eterno y otros relatos fantásticos, de José Antonio Lozano Lunay

Hay libros de relatos que se leen como un picoteo, una degustación breve, un entrar y salir de mundos sin demasiada conexión. Y hay otros que, aunque también cambien de escenario en cada página, dejan la sensación de formar parte de una obra mayor, de un mapa coherente que se dibuja poco a poco. El guardián eterno y otros relatos fantásticos pertenece a este segundo grupo. No importa si nos encontramos ante corsarios en busca de un tesoro, un pelotón de soldados perdidos en un planeta remoto o una historia íntima de maternidad y pérdida: en todos los casos late una misma voz, la de José Antonio Lozano Lunay, capaz de movernos con comodidad de lo mítico a lo biológico, de lo épico a lo íntimo.

La mejor manera de comprobarlo es dejarse llevar por «El guardián eterno», el relato que abre el libro y le da título. Aquí el autor arranca con un tono de aventura clásica, casi de novela por entregas, donde la codicia y la búsqueda de riquezas gobiernan la acción. Sin embargo, pronto descubrimos que no estamos en un relato de piratas cualquiera. Lozano Lunay introduce un giro que nos lanza de lleno a la ciencia ficción, a la idea de lo extraterrestre y lo inabarcable. El guardián del título no es solo un personaje, sino una metáfora: la de quienes dedican su vida a custodiar un secreto o un poder que les supera. En la combinación de aventura y extrañeza se nota la mano del autor, su empeño por recordar que lo fantástico nunca está lejos de lo humano, y que un mito funciona porque habla también de nuestros miedos y deseos más cotidianos.

Si en este primer relato se aprecia la habilidad para sorprender con un cambio de registro, en «El hongo» asistimos a otra demostración de fuerza narrativa: la de sostener durante muchas páginas la tensión sin que decaiga el interés. El relato tiene todo lo que se espera de una buena historia de ciencia ficción «dura»: escenarios planetarios, descripciones de tecnología, jerarquías militares, órdenes que parecen inamovibles. Y, sin embargo, lo que verdaderamente queda en la memoria es otra cosa: la sensación de amenaza que se expande de forma casi física, como si uno mismo pudiera oler ese hongo negro, sentir cómo avanza, intuir en la piel la posibilidad de que lo invada todo.

La influencia de Lovecraft está ahí, en la imposibilidad de comprender del todo aquello a lo que nos enfrentamos. Pero hay también un gesto muy personal: no se trata solo de mostrar el horror exterior, sino de revelar cómo ese horror altera las relaciones humanas, cómo pone en jaque las cadenas de mando y los vínculos entre soldados. El enemigo no es únicamente el organismo que crece y devora; también es la fragilidad de la disciplina, el miedo que convierte en inútiles las órdenes más firmes. «El hongo» se lee con el corazón acelerado, pero al cerrarlo lo que perdura es la pregunta: ¿qué significa realmente enfrentarse a lo desconocido cuando lo que está en juego no es solo la supervivencia, sino la idea misma de humanidad?

El tercer relato que quisiera destacar es «Mamá», muy distinto a los anteriores y, por eso mismo, fundamental para entender el conjunto del libro. Tras la aventura cósmica y la pesadilla biológica, llega una narración íntima, en la que la maternidad ocupa el centro. Aquí lo fantástico no aparece en forma de guardianes milenarios ni de hongos letales, sino de tecnología que desdibuja los límites entre la vida y la muerte. Y, sin embargo, lo que sostiene la historia no es la especulación científica, sino la emoción pura: la necesidad de un hijo de mantener vivo el vínculo con su madre, aunque sea en condiciones anómalas, incluso perturbadoras.

Lo que conmueve en «Mamá» es esa mezcla difícil de ternura y horror. Hay momentos de auténtica calidez, de recuerdos y cuidados que cualquiera podría reconocer; pero a la vez se intuye que la situación es insostenible, que prolongar artificialmente la presencia materna conlleva un precio. El relato consigue algo poco habitual: que lo tecnológico no borre lo humano, sino que lo subraye. Y en ese contraste se hace evidente que Lozano Lunay no utiliza la ciencia ficción como un escaparate de ingenios, sino como un espejo donde mirar las emociones más esenciales.

El libro, en su conjunto, confirma que estamos ante un autor que entiende el relato fantástico no como un género de evasión, sino como un territorio fértil para la imaginación y para la reflexión. Cada historia propone un juego distinto —la aventura, el horror, la intimidad—, pero todas comparten una misma ambición: la de abrir preguntas. ¿Qué significa custodiar un secreto que nos trasciende? ¿Cómo reaccionamos ante una amenaza que crece más allá de nuestra comprensión? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar para mantener vivo un vínculo esencial?

Además de estas cuestiones temáticas, hay algo que conviene subrayar: el pulso narrativo. Lozano Lunay escribe con un ritmo que se ajusta a cada historia: trepidante en «El guardián eterno», sostenido y asfixiante en «El hongo», pausado y delicado en «Mamá». Esa capacidad de modular la voz según lo que la narración exige es la que convierte al conjunto en una experiencia completa, más allá de la suma de relatos. Se trata de un autor que no teme saltar de lo grandioso a lo cotidiano, del mito a la emoción, y que logra que esa variedad no suene dispersa, sino armónica.

Otro rasgo que merece atención es la construcción de atmósferas. En «El hongo», la descripción del entorno es tan poderosa que casi se convierte en un personaje más; en «Mamá», el espacio reducido, casi claustrofóbico, refuerza el tono íntimo de la narración; en «El guardián eterno», el escenario de piratas y tesoros enterrados se transforma en un lugar de misterio cósmico. Esa versatilidad es una de las grandes virtudes del autor: logra que cada relato tenga su mundo propio, pero todos estén teñidos de una misma mirada fantástica.

En definitiva, El guardián eterno y otros relatos fantásticos es un libro que merece ser leído con calma, relato a relato, no solo para dejarse llevar por la aventura o el misterio, sino también para descubrir en cada historia un eco de nuestras propias inquietudes. Lozano Lunay ha construido un volumen que amplía lo que ya mostró en La gárgola enamorada: imaginación desbordante, gusto por los giros inesperados y, sobre todo, la convicción de que el relato fantástico sigue siendo un espacio vivo, capaz de sorprender y de emocionar a partes iguales.

Quien cierre el libro sentirá, seguramente, lo que yo he sentido: que la apuesta por los relatos ha merecido la pena, y que la voz de Lozano Lunay es una de esas que conviene seguir de cerca, porque cada historia suya abre una puerta a un mundo donde lo imposible se vuelve verosímil y donde lo humano, incluso en sus formas más insospechadas, está siempre en el centro.

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