El milagro de un calendario que se respeta

En este oficio, el tiempo suele ser un enemigo caprichoso. Plazos que se estiran como goma, entregas que llegan cuando ya deberían estar impresas, llamadas de última hora que convierten un fin de semana tranquilo en un maratón de café y ojeras. Por eso, cuando aparece un proyecto que se ajusta al calendario pactado, lo vivo casi como un milagro.

El primer correo marca las fechas. El autor promete entregar el manuscrito tal día, yo reservo huecos en la agenda y la editorial fija una salida realista. Normalmente, todo eso es papel mojado. Pero, a veces, ocurre. El autor envía el archivo justo a tiempo, sin prisas ni excusas. Yo lo recibo, lo reviso en el plazo previsto, devuelvo comentarios, y la rueda gira con suavidad. Sin derrapes ni giros bruscos.

La sensación es extraña: una serenidad poco habitual. El trabajo se asienta como debería, cada parte en su sitio, sin sobresaltos. En lugar de carreras, hay espacio para la lectura pausada, para pensar cada sugerencia, para acompañar el texto sin urgencias artificiales. Y cuando llega la entrega final, no queda agotamiento ni rastro de improvisación, sino algo muy distinto: la certeza de que un calendario respetado es también una forma de respeto al trabajo y a las personas.

Ese orden no resta creatividad; al contrario, la sostiene. Permite que lo esencial —la escritura, la corrección, la lectura— florezca sin la presión de lo imposible. Y recuerda que, aunque el caos parezca la norma, la planificación sensata no es una ficción. Es rara, sí, pero no inexistente.

Cuando me cruzo con uno de esos proyectos, casi dan ganas de enmarcar el calendario y colgarlo en la pared, como quien guarda la prueba de un milagro presenciado. Porque en un oficio acostumbrado a correr detrás del tiempo, vivir un proceso que respeta su propio ritmo es más que un alivio: es una celebración discreta, un regalo que perdura mucho después de haber entregado el texto.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).