Empezar las vacaciones con un plan perfecto (y celebrar cuando se desmorona)

Llegan las vacaciones y, con ellas, la ilusión del control. Te sientas con un cuaderno, abres mapas, marcas horarios, calculas trayectos. Hay listas. Hay subrayados. Hay incluso un orden lógico para los días, pensado para optimizar energía, visitas y felicidad. Todo está previsto. Todo tiene sentido. Todo parece muy profesional.

Los primeros días sigues el plan con disciplina. Desayuno a tal hora. Salida a tal sitio. Ruta clara. Objetivo definido. Te mueves con la seguridad de quien sabe exactamente dónde está y a qué va. Incluso te felicitas por ello. Esta vez sí. Vacaciones bien organizadas. Adultas. Eficientes.

Pero algo empieza a fallar. No de forma dramática, sino sutil. Un día te quedas más tiempo del previsto en una terraza. Otro, una calle sin nombre te desvía del recorrido “oficial”. El plan se vuelve flexible, luego impreciso y finalmente decorativo. Ya no recuerdas muy bien qué tocaba hoy. Y aquí estamos…

De pronto te descubres caminando sin rumbo fijo. No sabes exactamente qué barrio es este ni cómo has llegado. El mapa duerme en el fondo de la mochila, olvidado. Hay una ligera sensación de desconcierto. Una incomodidad leve. ¿No deberías estar yendo a algún sitio concreto? ¿No había algo marcado para esta hora?

Durante unos minutos, te sientes perdida. No en el sentido romántico, sino práctico. No hay referencia clara, no hay siguiente punto en la lista. Solo calles, tiempo y una libertad a la que no estabas preparada para conceder tanto margen. El impulso de volver al plan aparece, puntual y tentador.

Y entonces ocurre algo inesperado: el alivio.

No tener ruta fija deja de ser un problema y se convierte en permiso. Permiso para entrar en una tienda sin interés turístico. Para sentarte sin mirar el reloj. Para cambiar de dirección porque sí. El cuerpo afloja. La cabeza también. El viaje deja de ser un proyecto y pasa a ser experiencia.

Y aquí estamos… disfrutando precisamente de lo que no estaba previsto. Recordando mejor una conversación casual que un monumento programado. Saboreando un café sin saber muy bien en qué calle. Descubriendo que perderse un poco no solo no estropea las vacaciones, sino que las mejora.

El plan inicial no era inútil. Sirvió para empezar. Para dar seguridad al primer paso. Pero su desaparición es lo que permite que algo distinto ocurra. No todo lo valioso se puede organizar con antelación.

Al final, cuando vuelves, no recuerdas el orden exacto de los días ni todas las rutas. Recuerdas sensaciones. Momentos sueltos. La calma de no tener que llegar a ningún sitio concreto.

Y aquí estamos… admitiendo que la mejor parte de las vacaciones no fue cumplir el plan, sino dejar de necesitarlo.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).