Europa en un café: literatura y tertulia en Bruselas, Viena y Trieste

Siempre he pensado que un café es algo más que una bebida. Es un lugar, una pausa, un pretexto para detener el tiempo. En mis viajes por Europa he descubierto que los cafés son estaciones donde la historia y la literatura se cruzan, donde las ciudades se piensan a sí mismas. Bruselas, Viena y Trieste, cada una con su aroma particular, me enseñaron que Europa también se escribe en las mesas manchadas de café, en las tertulias interminables y en el murmullo de las cucharillas contra la porcelana.

Bruselas: el café como refugio

Llegué a Bruselas una tarde gris, de esas en las que la lluvia parece no caer del cielo sino desprenderse de las paredes. Busqué refugio en un café cercano a la Grand Place. El local olía a madera antigua y a granos recién molidos. Me senté junto a una ventana empañada y pedí un café fuerte, casi medicinal.

Mientras esperaba, recordé que allí mismo, en Bruselas, Marx y Engels habían escrito buena parte del Manifiesto Comunista. Los imaginé en una mesa similar, rodeados de humo de tabaco, discutiendo con vehemencia mientras anotaban ideas que luego recorrerían el mundo. Afuera llovía como hoy, pero dentro se gestaba un terremoto intelectual.

Un hombre mayor, sentado cerca, hojeaba un periódico en flamenco. Me sonrió como si intuyera mis pensamientos y dijo en francés: «Aquí siempre hemos tenido exiliados. Y todos encontraron un café donde pensar».

Tenía razón. Bruselas es ciudad de paso, de lenguas múltiples y de viajeros provisionales. Sus cafés han sido refugio de revolucionarios, escritores y soñadores. Allí comprendí que la Europa de las ideas se escribe muchas veces en el exilio, con una taza humeante como compañía.

Viena: el café como escenario de la cultura

De Bruselas volé a Viena, donde el café es institución, casi religión. Entrar en el Café Central fue como entrar en una novela. Columnas de mármol, techos altos, camareros de chaleco negro y bandeja de plata. Pedí un melange y un trozo de tarta Sacher.

En esa misma sala se habían sentado Musil, Zweig, Freud, incluso Trotski. El rumor decía que allí se podía encontrar a medio siglo XX en tertulia, discutiendo mientras las tazas se enfriaban. Cerré los ojos y me los imaginé: Freud ajustándose las gafas, Trotski golpeando la mesa con pasión, Zweig escuchando con una melancolía elegante.

Una pareja de turistas sacaba fotos de cada rincón, pero yo preferí quedarme quieta, respirando ese aire cargado de memoria. Viena me enseñó que el café no era solo un lugar de descanso, sino un escenario donde se representaba la cultura entera de una época. La conversación era el verdadero menú.

Me quedé escribiendo en mi cuaderno: «El café vienés no es bebida, es género literario».

Trieste: el café como frontera

La última etapa fue Trieste, ciudad de frontera, mezcla de lenguas y nostalgias. El Café San Marco me recibió con paredes recubiertas de madera oscura y un ambiente de cierta solemnidad. Allí había escrito Italo Svevo, y allí se había sentado James Joyce a corregir capítulos de Ulises.

Me acerqué a la barra y pedí un espresso. El camarero me miró y, al ver el libro que llevaba en la mano, comentó: «Aquí todos vienen buscando a Joyce. Pero la ciudad es más que él».

Tenía razón. Trieste es un mosaico de voces: italiano, alemán, esloveno, croata. En ese café se cruzaban los acentos como se cruzan las corrientes del Adriático. Comprendí que el café no era solo un refugio ni un escenario cultural: era también un puente. Un espacio donde Europa dialogaba consigo misma en varios idiomas, con el café como lengua común.

Me senté a escuchar. A un lado, dos estudiantes discutían en italiano sobre un examen. Al otro, una pareja de turistas alemanes hablaba de política. Yo, en medio, me sentí parte de una tertulia invisible que unía a todos los que habían pasado por allí antes que nosotros.

El café como mapa de Europa

Cuando reuní en la memoria las tres ciudades, me di cuenta de que los cafés eran un mapa secreto de Europa. Bruselas me habló de refugio y exilio; Viena, de cultura y esplendor; Trieste, de frontera y diálogo. Tres tazas distintas, pero un mismo hilo conductor: la palabra compartida.

Quizá Europa no se entienda solo en sus parlamentos ni en sus tratados, sino en la intimidad de estos lugares. Porque fue en cafés donde se escribieron manifiestos, se soñaron novelas y se discutieron revoluciones. Allí donde las cucharillas tintinean, la historia ha encontrado siempre un rincón donde germinar.

Al regresar, pensé que tal vez lo que une a los europeos no es solo la moneda o el mercado, sino esa costumbre de sentarse alrededor de una taza y convertir el café en excusa para pensar el mundo.
Comprendí que Europa no se entiende solo en sus grandes gestos, sino en la intimidad de sus cafés: allí donde una taza compartida ha sido capaz de alumbrar ideas, novelas y revoluciones.