La literatura escrita se apoya en una prehistoria de voces. Antes de los libros hubo relatos dichos en voz alta, memorizados, cantados o recitados ante una comunidad concreta. Esa oralidad no desaparece con la invención de la escritura: se transforma. De hecho, buena parte de lo que hoy consideramos «buena prosa» no es sino la fijación estilizada de técnicas orales —ritmo, repetición, fórmulas, apelación al oyente— trasladadas a la página. La escritura no borra la voz: la conserva bajo otras reglas.
Pensar la narrativa escrita sin tener en cuenta su raíz oral conduce a una lectura empobrecida. Los textos no nacen en el silencio abstracto del papel, sino en contextos de performance, memoria y comunidad. Leerlos como si siempre hubieran sido libros es olvidar que, durante siglos, la literatura fue ante todo un acto compartido.
Oralidad: memoria, performance y comunidad
Las culturas orales desarrollaron sistemas narrativos complejos para archivar saberes esenciales: mitos de origen, leyes, genealogías, normas sociales. El relato cumplía una función cohesionadora y pedagógica, pero también estética. No se trataba solo de transmitir información, sino de hacerlo de manera memorable.
La oralidad funciona mediante repetición con variación. El relato es «el mismo» y «otro» cada vez que se dice. Como explicó Richard Bauman, la obra no existe antes del acto: emerge en la performance. El narrador —rapsoda, bardo, juglar— no reproduce un texto fijo, sino que reorganiza un repertorio compartido según la situación, el público y el contexto ritual.
Para sostener esa memoria viva, las culturas orales desarrollaron técnicas mnemotécnicas precisas, estudiadas por Milman Parry y Albert B. Lord. El metro estable, las fórmulas repetidas, los epítetos fijos y la parataxis no son adornos arcaicos, sino herramientas funcionales. La oralidad no improvisa en el vacío: improvisa sobre estructuras sólidas.
Del repertorio al archivo: qué cambia al escribir
El paso de la voz a la escritura no es una copia, sino una edición. Escribir implica seleccionar, ordenar, fijar y normalizar. Cambia el régimen de autoridad: de la voz comunal se pasa al autor, al escriba o al editor. Se pierde el gesto, el timbre, la interacción con el público y el contexto ritual; se gana estabilidad, circulación y posibilidad de comparación crítica.
La escritura sustituye al intérprete por dispositivos formales: puntuación, división en capítulos, prólogos explicativos, silencios convertidos en sintaxis. Donde la oralidad dejaba espacio a la respuesta del oyente, la escritura clausura. Donde la performance aceptaba la variación, el texto canoniza una versión entre muchas posibles.
Este tránsito no debe leerse como progreso lineal, sino como transformación. El archivo no invalida el repertorio, pero lo reconfigura. Como señaló Diana Taylor, la cultura se transmite tanto por archivo como por repertorio, y reducir la literatura al primero es una forma de amputación.
Cinco tradiciones, un mismo patrón
Los grandes textos fundacionales de la literatura escrita conservan huellas claras de su origen oral. La épica griega atribuida a Homero procede de cantos profesionales de aoidos. El hexámetro y los epítetos agregativos mantienen la memoria de la composición oral-formulística, mientras que la fijación escrita permite una arquitectura épica unificada a costa de perder la interacción con el público.
En Beowulf, la materia heroica germánica llega al manuscrito filtrada por un copista cristiano, que introduce comentarios morales y estabiliza una versión entre muchas posibles. El Cantar de mio Cid, procedente de la juglaría castellana, conserva anáforas y fórmulas de enlace propias de la performance, pero el manuscrito atribuido a Per Abbat limpia la variación y perfila un héroe ejemplar.
El Popol Vuh, corpus mítico y genealógico maya quiché, llega a la escritura a través de una transcripción mediada por Francisco Ximénez, que traduce al alfabeto latino e introduce un marco cristiano que reinterpreta la cosmología original. La escritura salva la memoria y, al mismo tiempo, la transforma.
En África occidental, la epopeya de Sunjata muestra con especial claridad la lógica oral. Las grabaciones del siglo XX revelan que cada performance reorganiza episodios según el contexto. Las ediciones modernas armonizan variantes, pero esa armonización es ya una intervención editorial.
El patrón común es claro: la escritura canoniza y descontextualiza. Por eso, como propone John Miles Foley, conviene leer estos textos como huellas de performance, no como novelas tempranas.
Rasgos orales que sobreviven en la prosa escrita
La prosa escrita conserva numerosos rasgos de su origen oral. La repetición cumple funciones de enlace, énfasis y ritmo. Las fórmulas y apelaciones al lector recuerdan al oyente implícito. Los catálogos —de linajes, objetos, lugares— sostienen la memoria narrativa. La prosodia organiza periodos isócronos, paralelismos y quiasmos. Incluso la voz narrativa puede adoptar un tono comunitario, como quien «cuenta lo que se cuenta».
Estos rasgos no son residuos arcaicos, sino recursos activos que dotan de densidad rítmica y sentido a la escritura.
La novela moderna como orquestación de voces
La novela moderna no supera la oralidad: la orquesta. Autores como Juan Rulfo construyen coros de voces fragmentarias que suenan contadas más que escritas. Gabriel García Márquez incorpora la cadencia del contador caribeño y la hipérbole de feria oral. Miguel Delibes mimetiza sintaxis y léxico rurales para preservar una memoria de habla viva. Toni Morrison integra ritmos de góspel y estructuras de «call and response», donde la comunidad funciona como coro.
Como explicó Mijaíl Bajtín, la novela es un espacio de heteroglosia: múltiples voces sociales en tensión. La oralidad no es un estrato «bajo», sino una de las fuerzas que tiran de la forma novelística.
Poder, género y autoría: quién entra en el archivo
La oralidad no es neutra. La escritura decide qué voces se fijan y cuáles se pierden. Cantos femeninos, saberes rituales, lenguas minoritarias y tradiciones marginales han quedado a menudo fuera del archivo. La normalización editorial borra acentos, marcas sociales y contextos performativos.
Leer con conciencia implica una ética: reconocer mediaciones, acreditar a portadores de tradición, evitar el blanqueamiento cultural y, cuando procede, apostar por ediciones bilingües o de coautoría. El archivo nunca es inocente.
El retorno contemporáneo de la voz
En el presente, el circuito se cierra. El spoken word, el slam, el rap, los pódcast, los audiolibros y las noches de cuentos devuelven la performance al centro. Internet genera folclore digital —leyendas urbanas, creepypastas— que luego se fija en libros y series. La relación entre voz y texto no es lineal, sino circular.
Conclusión
La tradición oral no es el pasado de la literatura escrita: es su pulsación. La página conserva lo que la voz inventó —ritmos, estructuras, escenas— y, al mismo tiempo, lo reorganiza bajo otras reglas. Leer con esta conciencia transforma la experiencia: los textos dejan de parecer objetos muertos y se revelan como registros vivos de relatos que un día se dijeron ante alguien.
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