Las islas son paradojas. Lugares de belleza extrema y, al mismo tiempo, escenarios de soledad forzada. Mientras para unos son destinos de vacaciones, para otros han sido cárceles a cielo abierto. A lo largo de la historia, distintos poderes usaron las islas como destino de exilio: apartar a los disidentes, acallar a los rebeldes, disolver en agua y distancia lo que en tierra firme resultaba incómodo.
Elba y Santa Elena: Napoleón frente al horizonte
Cuando Napoleón fue derrotado en 1814, Europa decidió que no bastaba con encerrarlo en un castillo: había que aislarlo en una isla. Primero en Elba, en el Mediterráneo, donde aún se pueden visitar sus residencias con muebles sencillos y un aire de nostalgia imperial. Más tarde, tras su regreso fugaz al poder y la derrota final en Waterloo, lo enviaron a Santa Elena, una roca perdida en el Atlántico Sur. Allí murió, rodeado de mar, convertido en sombra de sí mismo.
Caminar por Elba es sentir la contradicción: la belleza de un paisaje azul, luminoso, que para él fue condena. En Santa Elena, el silencio todavía pesa como un decreto. Las olas golpean como si quisieran recordarle al viajero que el poder y la soledad, al final, comparten el mismo horizonte.
If y las cárceles invisibles
Frente a Marsella, la isla de If fue fortaleza y prisión. Allí se encierra la ficción de El conde de Montecristo, pero también la realidad de presos políticos y disidentes que fueron condenados a mirar la costa sin alcanzarla nunca.
El mar que separa If de Marsella no es grande, pero es suficiente para convertir la libertad en espejismo. Esa es la crueldad del exilio insular: ver la vida, pero no tocarla. Desde las murallas del fuerte se ve la ciudad resplandeciente, como una promesa suspendida. Y sin embargo, lo que domina no es la vista, sino la distancia.
Juan Fernández: de náufrago a mito
En las costas de Chile, el archipiélago Juan Fernández fue refugio involuntario de Alexander Selkirk, el marinero escocés cuya historia inspiró Robinson Crusoe. No era un preso, pero su soledad lo convirtió en emblema de supervivencia. Años más tarde, la misma isla se usó como destino de destierro para prisioneros políticos.
Aquí el exilio se volvió mito: del aislamiento nació una de las novelas más leídas del mundo. Aún hoy, el visitante encuentra allí una soledad distinta, casi intacta, como si el viento siguiera repitiendo el mismo diálogo entre el hombre y el silencio.
Goli Otok y la memoria herida
En Croacia, en pleno mar Adriático, Goli Otok fue la isla del silencio durante el régimen de Tito. Allí fueron enviados miles de disidentes yugoslavos, sometidos a trabajos forzados y condiciones extremas. Hoy las ruinas de los barracones aún se levantan bajo el sol, testigos de un dolor que durante décadas se quiso borrar.
Visitarla es entrar en un espacio incómodo: un museo sin vitrinas, donde la memoria no está en documentos, sino en piedras y oxidados cercos metálicos. No hay carteles explicativos ni guías que traduzcan el silencio. Solo el rumor del viento entre los hierros y una certeza que se instala despacio: el horror, cuando se olvida, vuelve a repetirse.
Islas como metáfora
Cada una de estas islas, con su historia concreta, comparte un mismo patrón: la belleza natural enfrentada a la violencia política. El mar, que para el viajero es promesa, para el exiliado es condena.
Al pensar en ellas, me pregunto si el exilio no es siempre una isla: un espacio de separación, una frontera que duele. Quizá por eso me atraen tanto. Porque obligan a mirar la otra cara de los paisajes: no la postal, sino la herida.
El regreso imposible
Algunos de los desterrados nunca volvieron. Otros regresaron como fantasmas de lo que habían sido. Las islas del exilio nos recuerdan que el mar no siempre separa para proteger, sino para borrar.
Y sin embargo, al recorrerlas hoy, hay una forma de resistencia: cada paso es memoria. Caminar por Elba, por If, por Goli Otok o por Juan Fernández es decir en voz baja que nadie desaparece del todo. Que incluso donde la historia quiso borrar, queda un eco.
Quizá por eso seguimos viajando hacia ellas. Para recordar que toda belleza tiene su sombra. Para mirar el mar no solo como frontera, sino como espejo.

