Las montañas a veces engañan. Parecen inmóviles, pero guardan un pulso secreto: el de las leyendas que nacieron a su sombra. En los Dolomitas —esa cadena montañosa del norte de Italia donde las rocas se encienden de rosa al amanecer y al atardecer— comprendí que la calma es solo apariencia. Entre sus cumbres se esconden mitos ladinos que laten como sueños antiguos.
El viaje comenzó en Bolzano, donde los letreros cambian de idioma según la curva: italiano, alemán, ladino. Allí ya se intuye que el territorio es mezcla, frontera, eco. Tomé una carretera que serpentea hacia el corazón del Tirol del Sur. El aire olía a resina, a nieve derretida, a piedra que se calienta con el sol. A medida que ascendía, los picos parecían transformarse: la luz los convertía en otra cosa, como si respiraran.
El jardín de las rosas de Laurin
Una de las historias más antiguas cuenta que el rey Laurin, soberano de los enanos, poseía un jardín de rosas oculto en la montaña. Un príncipe humano lo descubrió, se enamoró de la princesa y provocó la ira del rey. En su furia, Laurin maldijo el jardín: nadie podría verlo ni de día ni de noche. Pero olvidó la hora del crepúsculo. Por eso, todavía hoy, cuando el sol se retira, las montañas se tiñen de rosa: es el resplandor del jardín que sobrevive al hechizo.
Caminaba por un sendero en Val di Fassa cuando el cielo comenzó a encenderse con esa luz imposible. Los tonos rosados se extendían por las paredes de piedra como si la montaña recordara un pacto antiguo. Era fácil creer que las rocas no reflejaban el sol, sino una emoción. A veces la naturaleza imita el gesto humano: el rubor, la nostalgia, el perdón.
Me detuve en silencio. En los Dolomitas, la palabra “crepúsculo” no significa fin, sino promesa.
Los gigantes dormidos
Otra leyenda dice que los Dolomitas son cuerpos de gigantes petrificados. Castigados por desafiar a los dioses, quedaron tumbados para siempre, convertidos en montañas que parecen dormir. Si uno observa con atención, las cumbres dibujan perfiles humanos: un mentón, una frente, un torso en reposo.
Desde un refugio de montaña, mientras el viento traía olor a leña y sopa caliente, me sorprendí buscando esos rostros en la piedra. Había algo inquietante en pensar que bajo la quietud podía latir un cuerpo adormecido. Quizá por eso la región entera tiene ese aire de sueño vigilado: los pueblos parecen colocados con cuidado, como para no despertar a nadie.
Los guías alpinos cuentan que, en noches de tormenta, algunos montañeros aseguran oír un rumor profundo, un temblor bajo tierra, como si las montañas respiraran. No se sabe si es viento o leyenda, pero en estas tierras ambas cosas suelen confundirse.
El reino de las sombras
Los relatos ladinos hablan también de un pueblo subterráneo que habita en cavernas y minas. Son los salvans, enanos que guardan los secretos de la tierra y castigan a los intrusos que buscan oro o cristales. Cada grieta, cada túnel oscuro parece entonces una puerta hacia otro mundo.
En un pequeño museo de Ortisei vi ilustraciones de esos seres diminutos, mitad hombres, mitad sombra, trabajando en galerías que recordaban más a órganos vitales que a minas. Me impresionó pensar que, en estas leyendas, la montaña no es un decorado: es un organismo. Tiene pulmones, memoria y humor.
Mientras avanzaba por un sendero húmedo, el aire se llenó de olor a piedra mojada. La niebla descendía como una cortina. Pensé que quizá las montañas necesitan la bruma para contarse a sí mismas: como si solo en la penumbra pudieran hablar sin miedo.
Cuando la piedra sueña
Los Dolomitas fueron declarados Patrimonio de la Humanidad por su belleza geológica, pero para mí su verdadero patrimonio es el invisible: las historias que los ladinos supieron guardar. En esas montañas que parecen dormir, lo que realmente descansa no es la piedra, sino la memoria.
Los pueblos del valle conservan esa relación íntima con el mito. En las posadas aún se escuchan versiones distintas del mismo cuento: un Laurin más heroico, un gigante más benévolo, una princesa que a veces no necesita rescate. Cada narrador añade o borra un detalle, y así las leyendas siguen vivas, como un tejido que se repara cada invierno.
Al atardecer, desde el Paso Sella, contemplé cómo el sol descendía detrás de las cumbres. La piedra se volvió rosada, luego violeta, luego gris. En ese tránsito comprendí que los mitos no desaparecen: cambian de estado, como la luz.
Epílogo
De regreso al valle, mientras el frío caía con rapidez, pensé que los Dolomitas son un recordatorio de que la inmovilidad también puede ser movimiento. Que hay historias que no necesitan contarse para seguir sucediendo.
En el sur solemos mirar las montañas como algo que se escala. En el norte, uno aprende a mirarlas como algo que se escucha. Y al caer la noche, cuando el rosa se desvanece, queda la certeza de que la piedra sueña, y sueña en voz baja.

