Los narradores poco fiables convierten la lectura en un juego de espejos. No siempre mienten: a veces se autoengañan, ven solo una parte o filtran la realidad desde su fragilidad. Christie en El asesinato de Roger Ackroyd engañó con elegancia; Nabokov en Lolita manipuló emociones; y en El club de la lucha la voz narradora se quebró junto con la mente del protagonista. Lo fascinante es que, al desconfiar de la voz que cuenta, el lector se vuelve más activo: sospecha, compara, interpreta. La desconfianza, lejos de arruinar la lectura, la enriquece.
