Todas las criaturas grandes y pequeñas

Con humor británico, paisajes rurales y personajes entrañables, Todas las criaturas grandes y pequeñas es una serie que transmite calma desde el primer episodio. Llegué a ella casi por casualidad, buscando otra cosa, y me atrapó de inmediato. Es una historia de época que se sigue con serenidad, porque todo en ella está cuidado: la ambientación, el tono, incluso la manera en que se tratan los conflictos cotidianos.

Aunque cada personaje tiene su razón de ser y ninguno resulta prescindible, para mí el verdadero protagonista es Siegfried. Es el más divertido, el más emotivo y, de algún modo, el que actúa como motor del grupo. El relato en sí gira en torno a la vida de un joven veterinario que empieza con nada y, gracias a una oportunidad, acaba siendo imprescindible para todos. Lo que podría parecer un retrato costumbrista acaba transmitiendo un mensaje claro de optimismo, incluso en medio de las dificultades que atraviesan.

Si bien James es el protagonista oficial, para mí el centro de Todas las criaturas grandes y pequeñas está en Siegfried y la señora Hall. Él aparenta ser un tipo severo, empeñado en mantener la compostura y la autoridad, pero en realidad es un hombre dispuesto a dar oportunidades a quien se las gana, un trozo de pan bajo su fachada de rigor. Ella es la auténtica fuerza silenciosa de la historia: sostiene la casa, aligera las tensiones y, al mismo tiempo, lidia con sus propios problemas personales. Juntos forman un hogar que demuestra que no es necesario ser pareja para complementarse de manera perfecta.

Tristan encarna el eterno «quiero ganarme tu confianza», un personaje que busca constantemente la aprobación de su hermano y se convierte en pieza clave para muchas de las situaciones cómicas. Helen es empeño y lucha, un contrapunto de tenacidad constante. Y James, aunque al inicio no tiene tanta fuerza, la va construyendo a lo largo de las temporadas hasta convertirse en un personaje sólido.

El humor es cien por cien británico, amable y ligero, de ese que no estalla en carcajadas pero deja una sonrisa instalada en los labios. Es humor de situaciones, de gestos, de pequeñas torpezas humanas que se resuelven con elegancia.

La serie toca varios temas a partir de su escenario rural: la evolución del sector ganadero, la presencia de la guerra en el horizonte, las dificultades de cada día. Pero lo que prevalece son los sueños de James, la superación personal y la idea de familia en sentido amplio: tanto la sanguínea como la que uno construye con quienes le rodean.

El tono general es de absoluta comodidad, de humor agradable y reconfortante. Más que calma, ofrece un respiro: una historia que acompaña sin estridencias y que funciona como refugio frente al ruido del mundo. Y gran parte de esa atmósfera se debe a su ambientación: el paisaje del campo inglés es un gustazo visual, un escenario que parece diseñado para invitar a la pausa.

En cuanto a las interpretaciones, Siegfried se lleva la palma como mejor actor, con un papel lleno de matices, mientras que la señora Hall brilla como la actriz más convincente de la serie, un sostén imprescindible. El intercambio de miradas, las reconvenciones firmes pero cariñosas que no necesitan más que un gesto… El tándem es perfecto y sostiene gran parte de la humanidad que la serie transmite.

Quizá por todo esto, el impacto que me deja es claro: quiero más. Las temporadas se hacen cortas, siempre dejan con ganas de seguir, y ver cada capítulo se convierte en un tiempo esperado de tranquilidad y compañía.

Lo que me llevo de Todas las criaturas grandes y pequeñas es esa sensación de refugio que pocas series consiguen dar. No es solo el humor amable ni los paisajes idílicos, sino la certeza de que en cada episodio hay un recordatorio de lo que significa cuidar: de los animales, de la familia, de los amigos, de uno mismo. Es una serie que se toma su tiempo, que no tiene prisa en contar y, precisamente por eso, se convierte en un respiro frente al ritmo acelerado del día a día. Puede que los conflictos sean pequeños en comparación con otras ficciones, pero en esa aparente sencillez está su fuerza: recordar que lo esencial se sostiene en lo cotidiano.

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