El tren partió de Londres bajo una lluvia fina y persistente, esa que parece más decisión atmosférica que accidente. Me acomodé junto a la ventanilla con un ejemplar gastado de Middlemarch en la mochila. No era la primera vez que lo leía, pero sí la primera vez que lo llevaba como brújula. El billete decía «Coventry», pero mi destino íntimo era otro: un lugar inexistente, un nombre que George Eliot inventó y que, sin embargo, ha terminado atrayendo peregrinos reales.
Tras las huellas de George Eliot
Mary Ann Evans nació en 1819 a pocos kilómetros de Coventry, y eligió firmar como George Eliot para ser leída con seriedad en un mundo que desconfiaba de las mujeres escritoras. La ciudad la reivindica como hija ilustre: hay placas con su nombre, un centro cultural que la recuerda y hasta recorridos guiados que prometen acercar al visitante a su universo literario.
Caminé por una calle estrecha donde todavía se conservan casas de ladrillo rojizo. En la fachada de una de ellas, una placa azul recordaba que allí vivió la autora en su juventud. Me detuve unos minutos bajo la lluvia, imaginándola cruzar esa misma puerta, quizá con un cuaderno en la mano y la sensación de que lo que veía a su alrededor no era solo Coventry, sino materia prima de algo mucho mayor.
Pensé en cómo un entorno tan concreto, tan limitado, podía convertirse en un escenario universal. Porque Middlemarch es eso: un lugar inventado que, sin embargo, parece contener todas las pasiones, miserias y esperanzas de la vida real.
El espejismo de Middlemarch
Coventry sufrió la destrucción casi total de su catedral en la Segunda Guerra Mundial. La nueva, moderna y luminosa, se alza junto a las ruinas de la antigua, que se conservan como recordatorio. Pasear entre esos muros abiertos al cielo es comprender de golpe que la ciudad se mueve entre lo perdido y lo reconstruido.
Allí conocí a un guía que llevaba un pequeño grupo de turistas. Me acerqué lo suficiente para escuchar cómo explicaba la diferencia entre Coventry y Middlemarch: —La gente viene buscando el pueblo de la novela —decía—, pero lo que encuentran es una ciudad que nunca se llamó así. George Eliot disfrazó nombres, cambió detalles, inventó mapas. Middlemarch está aquí y no está.
Me gustó la idea: un espejismo literario que consigue atraer a quienes saben que nunca podrán tocarlo del todo. Un nombre inventado que brilla más que el real.
Peregrinos literarios
En una librería del centro, encontré una mesa entera dedicada a George Eliot. Había ediciones críticas, biografías, traducciones al francés, al alemán, al español. Una mujer hojeaba un ejemplar de tapa dura con gesto emocionado. Nos sonreímos como cómplices silenciosas: dos lectoras que habían llegado allí siguiendo la misma huella invisible.
Conversé con el librero, que me dijo:
—Cada semana viene alguien con el libro bajo el brazo. Quieren caminar por Middlemarch, pero terminan descubriendo Coventry. Yo siempre les digo lo mismo: «Busquen menos, lean más. El verdadero viaje está en las páginas».
Aun así, los peregrinos literarios insisten. Se internan en las calles, buscan iglesias, mercados, rincones que coincidan con los descritos por Eliot. Y aunque nunca encuentran la coincidencia exacta, se van con la sensación de haber estado en un doble lugar: el real y el imaginario.
El encuentro imposible
Al final del día, caminé sin rumbo por calles que no figuraban en ninguna guía. Pasé junto a un pub donde un grupo de jóvenes reía a carcajadas, ajenos a cualquier obsesión literaria. Crucé un puente bajo el que corría un río discreto, nada épico, pero lo suficientemente persistente como para recordarme que también en Middlemarch el agua fluye como metáfora de continuidad.
Me senté en un banco y abrí el libro. Las páginas olían a papel mojado. Leí un pasaje en el que los personajes discuten sobre política local, un asunto aparentemente menor, pero cargado de trascendencia en la novela. Miré alrededor: nada de lo que veía coincidía con la descripción, y, sin embargo, todo resonaba con ella. Coventry no era Middlemarch, pero contenía su eco.
Comprendí entonces que el encuentro exacto era imposible. Middlemarch no se podía señalar en un mapa, como tampoco se puede ubicar la nostalgia o el deseo. Era, más bien, una forma de mirar: la de quien lee y luego recorre un lugar con esas páginas todavía en la cabeza.
Tren de regreso
Cuando el tren de regreso arrancó al anochecer, guardé el libro en la mochila con la misma reverencia con la que otros guardan un recuerdo tangible. Afuera, las luces de la ciudad se difuminaban en la ventanilla. Pensé en todos los lugares ficticios que la literatura ha inventado y que, de un modo u otro, terminan por atraer a quienes buscan tocarlos.
Comprendí que Middlemarch no está en los planos de Coventry ni en los carteles turísticos. Está en la mirada de quienes recorremos esas calles con un libro en el bolsillo. Y que, a veces, los lugares inventados se vuelven más verdaderos que los reales.

