Cómo liderar un motín escolar con carisma involuntario

(Guía improvisada en el Capitolio)

Viajar a Washington D. C. suena solemne. Monumentos, historia, el Capitolio. Decides hacer el tour oficial, con tu audioguía, tu acreditación de visitante y toda la dignidad que da caminar entre columnas blancas.

Y aquí estamos: antes de darte cuenta, te ves rodeada de un grupo escolar de treinta niños hiperactivos que, por motivos que desconoces, han decidido que tú eres su líder espiritual. Probablemente porque tu energía grita «persona responsable con snacks en la mochila».

El guía oficial habla. Los niños no escuchan. Te miran a ti.

—¿Quién construyó el Capitolio? —pregunta uno.

Respiras hondo.

—Eh… Abraham Lincoln, en un rato libre entre discursos.

Todos asienten, convencidos.

Otro niño:

—¿Y qué significa la cúpula?

—Representa la paciencia infinita de los adultos en las excursiones.

En menos de diez minutos, has reescrito la historia nacional. Según tu improvisación, George Washington diseñó los planos en una servilleta, Thomas Jefferson eligió el color de la pintura y un tal Steve puso los últimos ladrillos.

Los profesores, agotados, te dejan hacer. Tú sigues, ya desatada. Explicas que las escaleras simbolizan el ascenso espiritual, que cada lámpara representa una estrella fugaz y que si tocas la barandilla tres veces apruebas matemáticas sin estudiar.

Al final del recorrido, los niños te despiden con aplausos. El guía oficial ni se ha enterado. Y tú sales del Capitolio con la sospecha de haber fundado una nueva generación de historiadores alternativos.

Y aquí estamos: con treinta pequeños discípulos convencidos de que Lincoln también inventó el wifi y de que tú eres la Wikipedia humana que lo probó.