¿Alguien sabe cómo vivir sin meter la pata?
A ver, ¿soy yo o cada vez es más complicado vivir sin sentir que estás pisando un campo de minas? Y no hablo solo de las redes sociales, donde un comentario inofensivo sobre el clima puede acabar en una discusión sobre el cambio climático, las conspiraciones y, con suerte, una referencia a los reptilianos. No. Hablo de la vida real. De esa sensación de estar siempre en la cuerda floja, preguntándote si estás haciendo las cosas bien o si, sin darte cuenta, eres el anticristo de la corrección social.
Por ejemplo, el otro día en la oficina. Trabajo en el sector editorial, lo que, según algunos, significa que soy una especie de guardiana de la cultura; según otros, una dinosauria que sigue pensando que los libros en papel no deberían extinguirse. Cuestión de perspectiva, supongo.
El caso es que dije algo inocente como: «Este autor tiene una voz fresca». Y, zas, ahí estaban: las cejas arqueadas de mi compañera millennial, que, con una paciencia digna de una monja zen, me explicó que «fresco» podría interpretarse como una microagresión etaria.
Microagresión etaria. Ahí lo dejo.
Y aquí estamos: intentando comunicarnos sin ofender al universo, repasando mentalmente cada palabra antes de soltarla, como si el lenguaje fuera una bomba de relojería con detector de intenciones.
Pero no es solo lo social. Está también la economía, ese deporte extremo para el que nadie nos entrenó. Elijo un fondo de inversión porque «diversificar es clave», según el experto de turno. Al mes siguiente, ese mismo experto me dice que he diversificado demasiado. Que si el perfil de riesgo, que si los mercados emergentes… Yo solo quiero que mis ahorros sobrevivan más que una planta en mi balcón, pero parece que incluso eso es pedir demasiado.
Y luego está la opinión. Todo el mundo tiene una. No importa el tema: vacunas, cripto, crianza de hurones albinos. Y no es solo que todos opinen, es que opinan con la certeza de un oráculo griego. Yo, en cambio, vivo en un perpetuo «no sé». No sé si reciclo bien, si debería preocuparme más por el colágeno o por las pensiones, si mi sentido del humor pasará la siguiente inspección técnica social.
A veces me dan ganas de bajarme un rato del mundo, sentarme en un banco con un café y observar el desfile sin participar. Pero, claro, seguro que alguien me diría que el vaso no es biodegradable y que debería haber traído uno reutilizable.
Pues nada, me bajaré del mundo… pero con termo, no vaya a ser que también esté ofendiendo al planeta sin darme cuenta.

