El choque cultural en el stand

Feria del Libro de México. Pasillos infinitos, luces deslumbrantes, stands que parecen diseñados por arquitectos de museos modernos. Y luego… el mío.

Un rectángulo mínimo con dos pilas de libros, un mantel que ya ha vivido demasiadas mudanzas y un cartel impreso en casa con la impresora a punto de huelga. A la derecha, un monstruo editorial con pantallas LED, azafatas y café gratis. A la izquierda, otro con un escenario propio donde hablan autores que yo solo me atrevo a nombrar en voz baja.

Respiro hondo. Intento poner mi mejor sonrisa. Pero lo único que me viene a la cabeza es: «¿¡Cómo he llegado aquí y con qué presupuesto!?».

Y aquí estamos, rodeada de gigantes, fingiendo que no me importa, que la humildad también tiene glamour, que la precariedad puede convertirse en estilo.

Una visitante se acerca. Le ofrezco un libro. Ella pregunta si hay bolsa, marcapáginas, firma del autor. No, no y no. Solo hay un ejemplar cuidadosamente corregido y mi gesto de «no lo compre por compromiso, léalo porque lo vale».

El contraste es tan brutal que casi me río. Mi stand parece una metáfora viva: la edición independiente como islote en un océano de marketing desbocado.

Al final del día, recojo mis cosas. Los gigantes siguen brillando, pero yo me llevo algo que no cabe en sus stands kilométricos: la certeza de que, en medio de tanto ruido, alguien se detuvo, hojeó y se llevó un libro.

Pequeño consuelo, sí. Pero al menos mío.