El falso amigo (o cuando tu libro decide vivir en otra dimensión)

Todo va razonablemente bien. El texto está traducido. Revisado. Entregado. Respiras con esa tranquilidad provisional que solo concede el trabajo ajeno cuando ya no está en tus manos. Hasta que lees una frase y algo se descuadra. No de forma sutil. De forma ontológica.

En el original, una mujer está embarazada. Claro. Sencillo. Humano. Biológico. En la traducción, la mujer está… enferma. Muy enferma. De una enfermedad vaga, dramática y no especificada, que nadie recuerda haber mencionado antes. Relees. No. No es una metáfora. No es una licencia. Es un falso amigo en plena acción.

Embarazada. Embarrassed. El clásico. El eterno. El que todos conocemos. El que todos juramos no cometer nunca. Y aquí estamos…

Intentas reconstruir mentalmente el recorrido que ha llevado hasta ahí. El traductor no es incompetente. Al contrario. Tiene experiencia. Currículum. Buen oído. Pero los falsos amigos no atacan por falta de conocimiento, sino por exceso de confianza. Aparecen cuando bajas la guardia, cuando el cerebro decide que ya ha visto esa palabra mil veces y puede traducirla en piloto automático.

El problema no es solo la palabra. Es el efecto dominó. Ahora el personaje no solo está enferma, sino que todo lo que la rodea empieza a adquirir un tono inexplicable. Las miradas preocupadas. Los silencios. Las decisiones precipitadas. Todo encaja… en otra novela. Una novela paralela, más oscura, más imprecisa y definitivamente no escrita por ti.

Lees el párrafo entero y piensas que, efectivamente, tu libro ha cruzado los límites de la realidad conocida. Ya no sabes si estás ante una traducción o ante una reinterpretación libre con tintes existenciales. El embarazo era un dato narrativo. La enfermedad, una trama.

Empiezas a imaginar al lector. Ese lector que no tiene acceso al original. Que aceptará con naturalidad que el personaje esté misteriosamente enferma durante cien páginas sin diagnóstico ni consecuencias claras. Que asumirá que eres una autora arriesgada, críptica, tal vez experimental. Todo gracias a una palabra.

Y aquí estamos… descubriendo que un falso amigo no es un error menor, sino una grieta por la que puede colarse otra historia entera. Una historia que nadie pidió, pero que ahí está, instalada con total seguridad léxica.

Lo corriges, claro. Señalas el problema con cuidado profesional. Sin dramatismo. Con esa mezcla de firmeza y diplomacia que se desarrolla tras años de convivir con errores ajenos. El traductor responde rápido. Se disculpa. Reconoce el desliz. Todo vuelve a su sitio. La mujer vuelve a estar embarazada. El universo recupera su eje.

Pero algo queda. Una sospecha. Una conciencia renovada de la fragilidad del sentido. De lo fácil que es que una palabra arrastre el texto a otro lugar sin avisar. De lo mucho que depende la realidad literaria de decisiones que parecen pequeñas.

Y aquí estamos… aceptando que los traductores, además de trasladar textos, a veces nos regalan versiones alternativas de nuestras propias obras. No por mala fe, sino porque el lenguaje es traicionero y tiene sentido del humor.

Lo bueno de todo esto es que te obliga a releer con atención renovada. A no dar nada por sentado. A recordar que escribir y traducir no es solo pasar palabras de un lado a otro, sino vigilar constantemente que la realidad no se deslice sin permiso.

Porque basta un falso amigo para que tu libro deje de contar lo que cuenta… y empiece a contar otra cosa. Y eso, aunque inquietante, también tiene algo fascinante.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).