Caer con gracia


Lauren. Diario de una caída


La última vez que me desmayé fue por una estantería, no por un hombre. Lo consideré una evolución. No hubo dramatismo en la caída: fui torpe, incluso ridícula, una de esas caídas que ninguna novela querría narrar porque no encajan en ningún arco. Tampoco hubo sangre; solo un golpe sordo, el aire escapando de mí y un montón de libros recién llegados que no llegarían ni a abrirse. Mientras me deslizaba hacia el suelo —una marioneta sin hilo—, alcancé a pensar que la culpa no era del agotamiento ni del duelo ni del estante torcido. El problema, me dije, era haber pedido nueve libros más cuando ya tenía ciento dieciocho sin leer. Eso y no tener seguro para accidentes domésticos causados por exceso de entusiasmo literario. Todo muy predecible, si una tuviera tiempo o ganas de prever algo.

La mañana había empezado como tantas otras, con un café negro en ayunas al que le añado cúrcuma y una pizca de pimienta negra porque alguien me aseguró que «despierta el cuerpo». Yo aún espero pruebas. Después viene la fruta, el pan de espelta, el queso cottage y dos cápsulas de algo que promete longevidad. Todo dispuesto en la misma bandeja de madera que me acompaña desde la universidad, con una muesca en un borde que nunca quise lijar: una cicatriz doméstica convertida en costumbre. Hay una satisfacción en repetir gestos que nadie ve. Es como afirmarle al mundo que, pese al ruido, hay pequeñas leyes que no pienso negociar: la taza en el mismo lado, la cuchara descansando sobre la servilleta doblada en triángulo, el sorbo inicial mirando por la ventana de la cocina a un trozo de cielo que no cambia aunque cambien las nubes.

Más tarde salí a pasear con Tinto. Repetimos siempre el mismo circuito, como si él llevara una agenda secreta que cumplir en cada esquina. Tiene ese paso de funcionario jubilado que supervisa su distrito: olfatea, verifica, firma con una pata y sigue. Saludé a Mario, el del labrador canoso y voz de doblador de anuncios de yogur; no importa lo que diga, todo suena a promesa de calcio y felicidad intestinal. Cruzamos un par de frases con Violet, que lidia con una beagle ansiosa, y me detuve un instante para observar a una niña que intentaba enseñarle a su perro a dar la pata. Tinto miró la escena con la paciencia de quien ya lo ha visto todo. Yo también. Hay un aprendizaje que no se enseña: los perros terminan adivinando qué quieres de ellos cuando dejas de pedirlo como si estuvieras negociando un tratado de paz.

De regreso, me crucé con el panadero de la esquina. Me guiñó un ojo, como hace desde hace años, aunque jamás hemos intercambiado más de veinte palabras. Él me guarda el pan de espelta sin decirlo, y yo lo compro sin agradecerlo. Entre ambos hay un pacto tácito, un vínculo sin nombres que sobrevive al paso del tiempo como una cortesía anacrónica. Me tranquiliza su existencia: si un día deja de guiñarme el ojo, sabré que algo grave ha cambiado en el mundo. El pan, por cierto, salió con la corteza perfecta, y supe que tendría que esconderlo de mí para que llegara vivo a la tarde.

Ya en casa, encendí el ordenador, cancelé una videollamada que no tenía la menor intención de soportar y revisé el encargo de traducción que me esperaba: un ensayo excesivamente entusiasta sobre la creatividad como herramienta de empoderamiento. Consideré usarlo como posavasos, pero me contuve. Tomé notas: la autora confundía inspirar con dar órdenes y lo llamaba «acompañamiento». Traduje dos páginas y me prometí, otra vez, la norma de oro: no aceptar libros que digan «empoderamiento» más de cinco veces por capítulo. Entonces sonó el timbre: nueve libros nuevos, recién llegados, todos envueltos con un esmero que me irritó. Me molesta que sean tan bonitos, como si me recordaran que aún no he terminado los anteriores ni resuelto el papeleo del seguro ni recogido la colada que lleva cuatro días tendida en la terraza. La belleza impoluta de los paquetes, con sus cintas y sus etiquetas, me pareció una provocación: yo, desordenada, ellos, listos para una foto.

Decidí colocarlos en la estantería de los pendientes, la más honesta de todas: la que no presume ni decora, solo aguanta. Es, por supuesto, la más alta. La ironía tiene sentido del humor físico. Antes de subirme a la banqueta, respiré hondo como si me dispusiera a realizar una proeza. Recordé la advertencia del fisioterapeuta: no arquear la espalda, no forzar por encima del hombro, no hacer de escalera humana para mí misma. Respondí mentalmente que sí, que por supuesto, que soy una adulta responsable. Y fue en ese gesto mínimo —al alzar el brazo por encima del hombro y arquearme apenas, justo el movimiento que tenía prohibido— cuando el cuerpo decidió decir basta.

Lo primero que sentí al tocar el suelo fue la textura del parqué contra la mejilla; después, el silencio. Un silencio denso, como si pudiera masticarse. Pasaron unos segundos —o quizá minutos— hasta que oí las uñas de Tinto golpear la madera. Se acercó con ese andar cuidadoso que usa cuando intuye que algo no va bien. Me olfateó con calma, como si necesitara confirmar que era yo y no una réplica caída del decorado, y luego se tumbó junto a mi costado, apoyando la cabeza sobre mi abdomen. No hizo más. La sabiduría de los perros consiste en renunciar al espectáculo. El consuelo silencioso podría ser una disciplina olímpica y él ganaría sin despeinarse.

Nube apareció en la puerta del salón, me observó con curiosidad felina y desapareció enseguida, satisfecha de comprobar que no era asunto suyo. La oí brincar sobre la cama del dormitorio, seguida de un crujido de sábanas que interpreté como: «Resuelve lo tuyo; yo vigilo desde mi puesto». Cerré los ojos. Pensé en la palabra rendirse, pero no con tristeza, sino con una paz inédita: como si alguien hubiera apagado al fin un interruptor interno que llevaba años encendido sin motivo. Y me dejé estar ahí, con la mejilla alisando el suelo, el cuerpo pesado como si el esqueleto se hubiese decidido por la gravedad sin pedirme opinión.

Horas antes había corregido un manuscrito sobre resiliencia. No recuerdo el título. Uno más. Me exaspera que todo el mundo escriba sobre cómo sobrevivir a las cosas. A veces, lo que realmente hace falta no es sobrevivir, sino simplemente sentarse en el suelo y dejar que la cabeza descanse donde caiga. Hay una dignidad en aceptar la interrupción, una tregua con el propio cuerpo que no nos autorizamos casi nunca. Supongo que por eso, mientras permanecía tumbada, el mundo empezó a reordenarse alrededor de mi respiración: el ruido de la calle se volvió un telón lejano, la nevera carraspeó como un viejo teniente dando instrucciones, el reloj de la cocina se negó a sonar. Me pregunté si el tiempo, al verme en horizontal, había decidido darme permiso para detenerlo.

No intenté incorporarme. Sentí que tenía, por fin, derecho a la pausa. Conté los latidos de Tinto a través de su cráneo apoyado en mí; me llegó un olor leve a detergente del jersey y el recuerdo ridículo de la colada tendida desde hacía cuatro días. Vino a mi cabeza la imagen de una sábana moviéndose con el viento, como una medusa colgada de un balcón. Recordé un verso que hablaba de banderas domésticas y pensé que las casas tienen su propia heráldica: manchas, muescas, grietas; un catálogo de microaccidentes que cuentan de nosotros más que los diplomas. En la franja baja de la estantería, a la altura de mis ojos, se alineaban títulos que llevan meses exigiéndome atención. Tienen paciencia, pero es una paciencia vigilante. A veces siento que me miran de reojo, como quien dice: «Te esperaremos, pero no eternamente».

Respiré. La cara contra la madera me devolvió la sensación de infancia: mi madre poniendo la palma en mi frente para medir la fiebre sin termómetro. Me descubrí imitando su gesto, solo que ahora era el suelo quien comprobaba mi temperatura. Hice un inventario mental de dolores: cadera, tolerable; hombro derecho, resentido; orgullo, intacto, gracias. Pensé en llamar a alguien. ¿A quién? No quería que nadie me viera así, con la boca seca y el pelo desordenado y el perro ejerciendo de faja emocional. Además, explicar el motivo de mi caída me resultaba humillante: «He sido vencida por la estantería de los pendientes». Bastaría con añadir violines y una voz en off para que el universo creyera que protagonizo una sátira doméstica.

Abrí los ojos para medir la distancia hasta el móvil. Estaba sobre la mesa baja, a un metro escaso, boca abajo. Calculé si podría reptar con algo de dignidad. Decidí que no era urgente. En el borde del campo de visión asomaba uno de los paquetes recién abiertos: un libro con una cubierta roja limpia, inocente. Me pregunté si era legítimo culpar al color de la osadía con que había estirado el brazo. La culpa, si es que sirve de algo, debería venir con prospecto: dosis recomendada, efectos secundarios, contraindicaciones.

Afuera pasó una moto. La vibración llegó como un rumor a la madera. Me sorprendí disfrutando del punto exacto en que el dolor, todavía discreto, coexistía con una claridad extraña. Un estado intermedio en el que las ideas no se atropellan. Lo pensé con cierto pudor, pero era verdad: me sentía bien. No «contenta», no «resiliente» —la palabra se negó a entrar—, sino bien en el sentido de «a salvo dentro de mí», aunque estuviera tirada en el suelo por una torpeza desobediente. Había un orden en estar horizontal. Cuando levantamos la vista, la realidad se cuela por demasiados frentes; tumbada, la realidad se simplifica: la madera, el perro, el aire que entra y sale, la luz que cambia de sitio.

Me acordé de una vez en que sí me desmayé por un hombre. Fue peor. No tanto por el golpe como por la solemnidad que me adjudicó entonces la memoria: una escena que me hice repetir como si fuera importante. Hoy me doy cuenta de que la épica es una mala traductora de la vida. Tiene tendencia a subrayar lo que no importa y a suprimir lo que sí. Por eso me alegró que, si tenía que caerme, fuese por una estantería. La prosa del mundo reclamando su lugar, como debe ser.

Pensé en mis autores preferidos, los que tengo en el altar laico de la primera balda digna, esa que no toco cuando estoy melancólica para no agotar su consuelo. Imaginé —diré que imaginé para no preocupar a nadie— que se asomaban desde sus lomos como vecinos indiscretos. No hablaron. Solo estuvieron de guardia, con la discreción de los buenos amigos. Agradecí el silencio. El ruido es casi siempre una forma tímida de miedo.

Me costó admitirlo, pero aquella mañana había esquivado más de una llamada y un par de emociones que pedían su turno. Cancelé la videollamada y, con ella, la necesidad de fingir interés por una agenda ajena. Me quedé con mi café anfibio —ese que pretende actuar como poción medicinal con dos condimentos milagrosos— y con la sensación de que me había colado en una película de mí misma donde la protagonista no recuerda el guion. A veces me pregunto si la vida de quienes trabajamos con libros no es una versión elaborada del malabarismo: sostienes, lanzas, recuperas; y un día, en mitad del número, te preguntas de qué circo es esta carpa.

Acaricié a Tinto por detrás de las orejas sin moverme del suelo. Él cerró los ojos, satisfecho, como si el gesto confirmara que el universo conserva cierta lógica. Nube decidió regresar, se sentó exactamente fuera de mi alcance y bostezó con un tacto que solo manejan los gatos: hacer visible el desinterés para que nadie se atreva a ofenderse. Me reí por lo bajo —un hilo de risa que noté vibra en el parqué—. Todo lo que tenía que haber hecho antes de subirme a la banqueta ahora me parecía un retrato de mi soberbia. Tomé aire y me prometí, por enésima vez, que llamaría al carpintero para fijar la estantería a la pared. Promesas que uno se hace al mobiliario.

Pensé en mi padre, que siempre afirmaba que las casas nos conocen por nuestras caídas. «Una casa te adopta cuando te recoge del suelo», decía. Me pareció tierno y un poco absurdo, como todas las cosas que terminan siendo verdad. Con la mejilla pegada a la madera, sentí que la casa, en efecto, me sostenía; los objetos parecían estar en su sitio no por decoración, sino por asistencia. La banqueta, culpable y muda; la mesa, con su borde exacto; los libros, inclinados hacia mí como si hubieran querido amortiguar la caída y se hubieran quedado a medio camino.

Me di permiso para cerrar los ojos otra vez. No dormí. Entré en ese lugar que no es vigilia ni sueño, un corredor con alfombra donde los pasos suenan más apagados y las ideas adquieren un contorno menos afilado. En ese lugar uno recuerda lo necesario sin esfuerzo. Recordé, por ejemplo, que tengo ciento dieciocho libros sin leer; recordé la cabeza ladeada de Mario cuando me desea buenos días; el panadero guiñándome el ojo; la niña con su perro, empeñada en un pacto que solo ocurrirá cuando ella se ría de sí misma. Recordé a esa autora que, si pudiera, pondría la palabra «empoderamiento» en una taza y me la vendería por el doble. Recordé que olvidé contestar un correo importante y que no pienso hacerlo hasta la tarde. Y luego, sin aviso, recordé una frase que decía: «Hay que aprender a caer con gracia». Nunca supe cómo se mide la gracia en centímetros de suelo.

El cuerpo, mientras tanto, ejecutaba su programa de emergencia. La respiración encontró una cadencia; el dolor se situó —no se fue, pero aceptó ocupar una esquina—; y una claridad oblicua, de ventana lateral, se me instaló en la cabeza. Me sucedió entonces algo difícil de explicar sin parecer afectada: sentí que la habitación se desplazaba unos milímetros, como cuando el ascensor se ajusta al piso. Nada más. Un ajuste. Y en ese ajuste apareció una certeza sin palabras, la nota más tenue de una música que reconoces antes de oírla. Fue una sensación limpia, como si alguien hubiese barrido el suelo de un teatro antes de levantar el telón.

Hubo, por un segundo, la tentación de ponerme de pie para celebrarlo. No lo hice. No por prudencia médica, sino por respeto. A veces lo más sensato que puede hacer una persona es no interrumpir lo que no entiende. Me quedé muy quieta, con Tinto respirando a seis centímetros de mi mano, y dejé que esa claridad hiciera su trabajo, lo que fuera que significara. La luz de la ventana se movía sobre el parqué como la aguja de un tocadiscos. El ruido de la calle seguía sin mí, fiel a su costumbre de no preguntar por nadie.

No sé cuánto tiempo estuve así. Lo suficiente para que mis prioridades hicieran un cambio de guardia. La traducción con su «metodología de empoderamiento» perdió peso; los nueve libros nuevos dejaron de parecer acusadores y se convirtieron en un coro discreto de promesas; el seguro doméstico y la colada se colocaron en un estante mental menos agresivo. En su lugar, apareció un interés antiguo que rara vez me concedo: observar con atención lo que pasa sin que yo lo fuerce. Soy buena empujando cosas hasta que encajan. No soy tan buena dejando que encajen sin mi mano.

Y entonces sucedió la primera visita. Quizá fue el dolor. Quizá el golpe. Quizá la sobremesa de la cúrcuma con la pimienta. O quizá no fue nada de eso y, simplemente, había llegado el momento de que algo girara. Digo «visita» y enseguida me arrepiento, porque la palabra tiene demasiada ropa: suena a timbre, a abrigo, a conversaciones que terminan en el pasillo. Lo que ocurrió no tuvo timbre. Fue más bien un cambio de densidad en el aire, una alteración amable que se posó cerca, al alcance de lo que puedo sentir cuando no hablo.

No vi a nadie entrar. No hubo sombra proyectada, ni gesto aparatoso, ni susurro teatral. Fue un reconocimiento. Como cuando alguien que te conoce desde otra vida te mira a través de un cristal y, sin palabras, te dice: «Tranquila». Supe —del mismo modo en que se sabe que la sopa se ha enfriado sin tocarla— que la casa ya no estaba solo ocupada por mí, por Tinto y por Nube. Y no me asusté. Quizá porque, tirada en el suelo, se es menos orgullosa y más hospitalaria con lo que llega. Si hubiera estado de pie, habría preparado la sonrisa de anfitriona, el discurso de bienvenida, la lista de temas de conversación. Así, en cambio, estaba disponible.

«No hace falta moverse», pensé, y no fui yo quien lo pensó. Me presté a la idea como quien ofrece la palma de la mano a la lluvia detrás de una ventana. Entonces, y solo entonces, sentí que alguien —o algo— tomaba asiento cerca de mis libros, con esa cortesía que tienen las presencias que no necesitan presentarse. Tinto levantó apenas la cabeza y la volvió a apoyar. Nube hizo un sonido corto, de acuerdo tácito. Yo respiré hondo y esperé, con la obediencia libre de quien no tiene que demostrar nada.

Podría contar que fue un autor. O varios. Podría detallar cómo supe, sin mirar, de qué voces se trataba; cómo distinguí el ritmo de una prosa, el peso de una idea, la sombra de un temperamento haciéndose hueco en mi salón. Sería tentador. Diría mucho de mí y de mis lecturas. Haría inventario de afinidades, deudas, complicidades. Pero mentiría si fingiera que aquello empezó con nombres propios. No. Empezó con una forma de estar. La suya —la de quienes vinieron— y la mía —la de quien, caída, decide no hacer preguntas innecesarias—.

Hubo un silencio después del silencio. Un silencio más claro, menos lleno de pensamientos sueltos. «Túmbate —dijo ese silencio—, ya estás tumbada». Me entretuve en observar la veta de la madera, líneas que no recordaba haber visto con tanta nitidez. Me reconcilié con la torpeza de mi gesto y con la banqueta barata que había comprado por prisas. Me reconcilié con mi costumbre de subestimar los riesgos domésticos y con mi manera testaruda de exigirle diariamente a la casa que me siga el ritmo. Me reconcilié, incluso, con la evidencia de que había comprado nueve libros por ansiedad y por alegría. Si es que no son la misma cosa.

No quiero que suene épico ni místico. Fue concreto. La temperatura de la habitación bajó un grado, o así me lo pareció. Uno de los paquetes vibró —no por arte, sino porque la madera cede— y el libro de cubierta roja quedó medio abierto, como preparado para dejarse leer por primera vez. Una brisa que no sé de dónde venía rozó el borde de la alfombra. Pensé en mi fisioterapeuta y en su prohibición sensata, y me prometí obedecerla mañana. Hoy tenía una visita sin timbre que atender.

Miré hacia el techo. El yeso estaba impecable; en la esquina, una telaraña delicadísima desmentía mis pretensiones de orden. Atravesó mi cabeza una ocurrencia absurda: quizá las telarañas son la forma en que la casa nos sujeta cuando caemos. Tuve que contener otra risa. No quería molestar a nadie, ni siquiera a la telaraña. Lo digo en serio: había en mí un cuidado nuevo, un respeto por lo frágil de todo, que me obligaba a hablar por dentro con voz baja.

Noté —por fin— el cansancio. No el cansancio del cuerpo, sino el que se instala en la nuca del pensamiento cuando llevas demasiado tiempo decididamente lúcida. Es una fatiga elegante y antipática. Te invita a sentarte en una silla que no existe. Me conformé con el suelo. Cerré los ojos un momento más y, en ese punto exacto entre la vigilia y el sueño, la claridad que había entrado se volvió levemente directiva, como si colocara sobre la mesa del salón un expediente de tapas grises. La palabra «investigación» cruzó mi mente sin ruido, como un pez. La dejé pasar. No había pregunta. No todavía.

Sé lo que se espera ahora: que el relato avance con una revelación, que el misterio asome un detalle, que yo me incorpore y diga «escucho». No haré ninguna de las tres cosas. No porque no quieran suceder, sino porque entendí —por fin— que el ritmo no lo marco yo. El cuerpo ya había hecho su parte, interrumpiéndome con un tropiezo. El resto vendría si yo lograba no interponer mis hábitos de traductora eficiente, de lectora que etiqueta, de mujer que llena los silencios por miedo a perderlos.

Aspiro el aire. Huele a madera, a perro limpio, a pan de espelta escondido en la bolsa. Huele a polvo sin mala intención. Huele, sobre todo, a casa. Y en ese olor que me pertenece, exactamente en ese punto, me concedo el lujo de una certeza modesta: hoy empecé a caerme con gracia. No lo digo con intención literaria. Lo digo como quien anota en una libreta el total de una compra. Caerme con gracia hoy significa haber sabido quedarme en el suelo el tiempo justo para que algo cambie de sitio sin mi ayuda.

No me malinterpreto: me levantaré. Llamaré al carpintero. Responderé el correo con una firmeza educada. Terminaré la traducción y tacharé «empoderamiento» todas las veces que me autoricen. Bajaré a por más pan si hace falta. Pero no ahora. Ahora estoy disponible para recibir visitas que no necesitan silla ni vaso de agua. Para dar espacio —por fin— a quienes llegan desde esa biblioteca que no está en la pared, sino en el borde exacto donde la cabeza toca el suelo.

Debería añadir que me asusté un poco. Sería honesto. No un miedo de película, sino un respeto recién aprendido: si uno abre la puerta al silencio, hay que estar a la altura de lo que entra. Me miré por dentro como quien se asegura de llevar el abrigo correcto. Y entonces, con la naturalidad de lo inevitable, sentí la primera frase que no era mía, o que si lo era, lo era en un tiempo anterior a mí. No la repetiré ahora. No porque quiera guardarme nada, sino porque hay palabras que solo funcionan si son dichas en el orden en que llegaron.

Si alguien preguntara dónde empezó todo, diría que en el gesto de no levantarme. En esa renuncia mínima se ordenó la sala y yo con ella. A veces los pactos verdaderos se firman tumbada. Lo firmé con la madera, con Tinto, con Nube, con la telaraña y con los libros. Y con esa presencia, o presencias, que me rodearon con una cortesía antigua. Una cortesía que recuerda lo esencial: no precipitar. No exhibir. No adornar.

Me acomodo un par de milímetros. Tinto suspira, como quien toma nota. Nube, magnánima, se acerca un paso y se queda. El libro rojo espera. La luz avanza por el suelo. La casa respira conmigo, o eso quiero creer. Empieza algo que no sé nombrar sin que me dé la risa. Y me la permito. Una risa baja, que no asusta a nadie.

Lo siguiente que voy a contar no tiene que ver con valientes ni con héroes, sino con la investigación más íntima que se puede emprender: la de una casa que se convierte en escenario y en herramienta, y de una mujer —yo— que decide aceptar visitas que no vienen a consolarla, sino a pedirle trabajo. Ellos pondrán su parte, y yo la mía: observar, escribir, preguntar cuando haya que preguntar, callar cuando no. Y si el misterio existe, que no se sienta presionado por mi ansiedad de correctora: que aparezca con su propia caligrafía.

A eso voy. O mejor: a eso vendrán. Por ahora, sigo en el suelo, con el corazón latiendo en el sitio correcto y el humor reinstalado en el lugar útil. Me doy la vuelta con cuidado, pruebo el hombro —hay dolor, pero se deja—, beso la frente tibia de Tinto, que no entiende los besos, pero acepta la ceremonia, y miro hacia la puerta del salón. No espero a nadie que use la llave. Aprendo otra forma de esperar.

Lo que suceda a continuación merece su propio tiempo. Yo ya he puesto el mío. La casa, creo, ha puesto el suyo. Los libros, bueno: ellos siempre han sabido esperar. La presencia —o presencias— también parece paciente. En mi mejilla queda el dibujo leve de la madera, como si la casa me hubiera estampado un sello de entrada. Sonrío. Apoyo otra vez la cara. Respiro.

Lo que no sabía —lo que no podía saber todavía— era que mi cabeza, justo esa tarde, había caído en un lugar muy peculiar.

Pero eso aún no toca contarlo.