El corrector de IA que quiere que todo sea impersonal (o el día que Juan dejó de existir)

Una reflexión humorística sobre esos correctores de IA que intentan convertir cualquier mensaje humano en una comunicación impersonal, incluso cuando el destinatario tiene nombre propio.

El cuaderno nuevo

Un paseo sin rumbo por la ciudad conduce a un gesto sencillo y decisivo: elegir un cuaderno. Sin urgencia ni expectativas, la escritura reaparece como espacio posible, no como deber. El acto de comprar, abrir y escribir unas pocas líneas se convierte en una promesa íntima de continuidad, hecha de presencia, lentitud y cuidado. Vivir, aquí, es insistir sin violencia.

Corregir con música suave y café caliente

Artículo sobre hábitos y entorno de trabajo en corrección editorial. Análisis de cómo la música suave, el café y el cuidado del espacio influyen en la concentración, el ritmo y la atención sostenida.

Intentar trabajar en la terraza (y descubrir que la brisa no era tan buena idea)

Trabajar desde la terraza parecía una idea idílica hasta que el viento decidió participar activamente en la jornada. Un texto sarcástico sobre teletrabajo, expectativas estéticas y la realidad de intentar escribir rodeada de naturaleza.

El dilema de «los» y «las» (o cómo acabar fundando una lengua nueva sin querer)

Un artículo aparentemente inocente sobre literatura termina convertido en una batalla gramatical y estilística. Un texto sarcástico sobre lenguaje inclusivo, decisiones lingüísticas y la sensación de estar reformando el idioma desde el escritorio de casa.

El comité de vida futura

Jane Austen impone orden sin dureza y abre un debate inesperado: cómo volver a vivir después de la caída sin convertir la recuperación en otra forma de obediencia. Entre propuestas contrapuestas —estructura, destrucción, silencio, placer, escritura—, el grupo acompaña un momento decisivo en el que reaparece la posibilidad de elegir. No se trata de levantar un plan grandioso, sino de aceptar que vivir implica decepcionar, renunciar a la invisibilidad y recuperar una voz propia. La escena avanza hacia una hoja de ruta íntima, frágil y suficiente, donde el descanso deja de ser derrota y el silencio empieza a sonar a promesa.

El manifiesto del suelo

Oscar Wilde rompe el hielo desde el suelo —literal y simbólico— para convertir la caída en un espacio compartido de pensamiento, ironía y alivio. Entre réplicas brillantes y silencios cómplices, el grupo reflexiona sobre el cuerpo cansado, la risa como forma de resistencia y el suelo como lugar legítimo de pausa, revisión y regreso. La escena desplaza la idea de la caída como fracaso y la convierte en umbral: un estado intermedio donde el peso se ajusta, la gravedad afloja y el movimiento empieza de nuevo, casi sin que se note.