El aire cambiado


Lauren. Diario de una caída


El día comenzó como casi todos: con el sonido suave de las uñas de Tinto contra la puerta del dormitorio. No ladra. Nunca lo hace. Solo rasca con la delicadeza de quien sabe que los despertares ajenos requieren calma. Ese roce rítmico, casi musical, es el límite entre la noche y el día, la señal de que el mundo vuelve a moverse aunque yo todavía no lo haya decidido. Me incorporo a medias, tanteando la mesilla en busca del vaso de agua que siempre dejo a medio beber. La luz del amanecer se filtra por la rendija de la persiana y dibuja una línea exacta sobre la colcha. Me lavo la cara sin mirarme, improviso una coleta torpe y voy directa a la cocina. Mientras el agua empieza a hervir para el té, Tinto me observa desde el umbral, sentado, paciente, como si esperara una contraseña. Le murmuro algo parecido a un saludo. Él ladea la cabeza: confirmación suficiente de que el día puede comenzar.

Hay mañanas en las que la vida parece repetirse con una fidelidad tan precisa que asusta. Los mismos gestos, la misma taza, el mismo recorrido del vapor por la ventana. Pero a veces, en esa repetición, algo se desliza: una mínima variación que lo cambia todo sin hacer ruido. Todavía no lo sabía, pero ese sería uno de esos días.

Al salir a la calle, el aire tiene ese peso amable que anuncia un día templado. No es temprano de verdad, pero pertenece aún a esa franja en la que los motores suenan perezosos y el pan recién hecho impone su aroma por encima del tráfico. Las persianas suben con la lentitud de los días laborables; los niños arrastran mochilas demasiado grandes y los adultos avanzan con la mirada fija en un punto imaginario que siempre queda más lejos de lo posible. Camino despacio, ajustando mi paso al de Tinto, que olfatea cada esquina con el rigor de un inspector jubilado.

Me cruzo con Violet. No es gran cosa: una mirada, un gesto de cabeza, la cortesía silenciosa de los vecinos que se reconocen sin cruzar palabra. Violet lleva gafas de sol, una chaqueta larga y ese aire de quien intenta pasar inadvertida sabiendo que no lo conseguirá. Es la actriz famosa que vive en el tercero desde hace más de un año, aunque nadie entiende del todo por qué eligió este edificio anodino, en este barrio sin glamour. La vi años atrás en una serie de éxito, luego en alguna entrevista televisiva. En persona es más pequeña, más frágil, más humana. Hay algo en su forma de moverse, una contención casi tímida, como si evitara dejar huella. Nunca hemos hablado más de dos frases seguidas, pero su presencia —esa mezcla de familiaridad y distancia— se me queda grabada cada vez que coincidimos.

Tinto, diplomático, la ignora con una elegancia natural. Continuamos el paseo habitual: la vuelta a la manzana, el saludo breve al panadero, el inevitable encuentro con la mujer del perro blanco, un animal de olor indefinido y temperamento inestable. La mujer, con la chaqueta mal abrochada y el mismo peinado de siempre, se adelanta a hablar, fiel a la costumbre de quienes temen el silencio.

—Hoy sí que hace bueno, ¿eh? —dice con una sonrisa que parece un esfuerzo.

—Sí, se agradece —respondo, devolviéndole la cortesía con otra sonrisa, algo más cansada, pero genuina.

Compré pan integral, sin bolsa, como cada mañana. Ese gesto, tan pequeño, me produce una satisfacción desproporcionada: el leve crujido de la corteza, el olor tibio, la textura que aún conserva algo de horno. Es mi manera de participar en el mundo físico, de comprobar que lo real todavía existe. El resto del día —pantallas, correcciones, plazos— es demasiado abstracto. Necesito el pan, el té, el perro, los pasos.

De regreso al edificio, subo las escaleras despacio, con Tinto adelantándose unos peldaños para llegar antes al cuenco de agua. En el descansillo, me detengo sin saber por qué. La puerta de mi piso, idéntica a las demás, me parece extrañamente distinta. No hay nada visible: el pomo es el mismo, la cerradura responde igual. Pero el aire, justo antes de girar la llave, tiene otro peso. Como si hubiera cambiado de densidad durante mi breve ausencia.

Entro. Dejo las llaves sobre la mesa y el pan sobre la encimera. Tinto bebe ruidosamente en la cocina, el único sonido vivo del apartamento. Me quedo de pie unos segundos, observando el salón, las cortinas inmóviles, la taza que olvidé anoche en el sofá. Todo está igual, y sin embargo… algo se ha desplazado. No puedo nombrarlo. No es una presencia ni una ausencia: es una vibración, una mínima desalineación entre el recuerdo y lo que tengo delante.

El cuerpo registra antes que la mente. Siento un leve cosquilleo en la nuca, el mismo que precede a las tormentas o a las visitas inesperadas. Respiro hondo. El aire tiene un olor distinto, no desagradable, solo nuevo: una mezcla de papel antiguo y metal. Me acerco a la estantería —esa traidora— y compruebo que los libros siguen en su sitio. Cuento mentalmente los nueve recién llegados. Están todos. Pero el lomo del libro rojo, ese que se abrió solo después de la caída, parece ligeramente torcido, como si lo hubieran tocado.

Suspiré, me froté el cuello y encendí la tetera otra vez, aunque no lo necesitara. El vapor llenó el aire con un soplo breve, como una respiración ajena. En ese instante, tuve la sensación de estar más dentro de mí que el día anterior. No era inquietud ni alivio, solo una conciencia nítida, inesperada. El tipo de lucidez que suele preceder a los cambios, aunque todavía no lo sepa nadie.

La mesa del salón tiene una mancha de té con forma de mapa. Siempre me prometo limpiarla y nunca lo hago. Me siento frente a ella con la taza recién hecha y miro el dibujo: una isla que se expande hacia la península del mantel. Pienso que quizá todas las casas tienen sus mapas secretos, trazados por descuidos. El mío señala el territorio de la quietud.

Abro el ordenador por inercia, pero no me concentro. El cursor parpadea como un metrónomo impaciente. Releo la frase del día anterior: «El cuerpo creativo como herramienta de transformación». La dejo tal cual. No tengo fuerzas para transformar nada. Minimizo la ventana y me quedo observando el reflejo del ventanal en la pantalla apagada. Es curioso: en el reflejo, el salón parece más grande, como si una réplica del lugar se hubiera instalado dentro del monitor.

Tinto levanta la cabeza y me mira. No ladra, pero su gesto tiene algo de aviso.

—¿Qué pasa, compañero? —le digo.

No se mueve, solo clava la mirada en la esquina derecha del salón. Sigo su línea de atención y no veo nada, salvo la estantería. Los lomos de los libros devuelven la luz con una uniformidad sospechosa, como si contuvieran un brillo interior. Doy un sorbo al té. No pienso en fantasmas, ni en delirios. Pienso en corrientes de aire, en reflejos, en la lógica sencilla de las cosas que se mueven sin permiso.

Aun así, algo vibra. No afuera, sino dentro de mí. Es la misma sensación de cuando una palabra conocida empieza a sonar extraña si la repites demasiadas veces. Casa. Casa. Casa. Llega un momento en que pierde su significado y se convierte en pura forma. Quizá eso me pasa con la realidad: la repito tanto que empieza a vaciarse.

Para romper el hechizo, pongo música. Algo suave, un piano sin letra. La melodía se extiende por la habitación como una mano que alisa el aire. No hay nada sobrenatural en ello, pero la casa responde. El vapor de la tetera traza una espiral distinta, el reloj parece retrasarse un segundo y el silencio —ese viejo conocido— se vuelve menos indiferente.

Pienso en Violet, la actriz del tercero. En su manera de andar, casi de puntillas, como si temiera despertar algo. Me pregunto si también siente ese cambio en el aire, si su piso —idéntico al mío— se comporta hoy de modo diferente. Me cruzo con ella a menudo, pero nunca hemos pasado de los saludos. Intuyo que está huyendo de algo o de alguien, pero, para ser justa, ¿quién no?

Bebo un poco más de té. El sabor ha cambiado, más metálico. Tinto, inquieto, se levanta y va hasta la puerta del pasillo. Se queda mirando hacia el dormitorio, con las orejas tensas. Me levanto, camino detrás de él. El pasillo parece más largo. No hay corrientes, no hay ruidos, pero el aire —otra vez el aire— tiene esa densidad previa a las tormentas. Me asomo al dormitorio. Todo igual: la cama, el vaso de agua, la luz tamizada. Sin embargo, el olor a papel antiguo se hace más intenso.

Me acerco al escritorio. El libro rojo está allí. No recuerdo haberlo dejado en esa habitación. Lo abro por la mitad: una página en blanco. Paso otra. También en blanco. Sigo, y solo encuentro una frase, escrita con tinta pálida, como desvaída por el tiempo: «No todos los comienzos se recuerdan; algunos se repiten hasta que alguien los anota».

No me asusto. Me siento. La frase tiene la textura de algo que ya sabía. Cierro el libro con cuidado, lo dejo sobre el escritorio y regreso al salón. Tinto me sigue, menos tenso. Nube se ha deslizado desde su territorio superior y se sienta en el sofá, observándome con la distancia de quien lo sabía todo desde el principio.

El reloj marca una hora ambigua, 10:37, pero podría ser cualquier otra. Siento un cansancio distinto, no físico, más bien un agotamiento de lo evidente. La casa está en calma. Yo también. El aire, sin embargo, sigue distinto: más lleno, más atento.

Pienso en los dos días anteriores: la caída, el suelo, la memoria desplegada. Quizá todo esto sea una prolongación de aquella quietud. Me pregunto si me desmayé de verdad o si sigo en el suelo, soñando esta rutina como una prolongación razonable del colapso. Pero entonces, el pan sobre la encimera cruje, el té humea, y Tinto se tumba a mis pies con un suspiro tan real que cualquier duda se vuelve presuntuosa.

No hay miedo. Hay espera. Una espera que no necesita motivo. Me descubro escuchando el silencio, como quien intenta distinguir un acento. El aire no solo ha cambiado: parece tener memoria.

Recuerdo la frase del libro: «Alguien los anota». Quizá ese sea mi papel: anotar. No entender, no interpretar, solo registrar. Dejo la taza, abro el cuaderno de tapas grises y escribo: «El aire ha cambiado». No añado más. Las palabras, cuando son suficientes, pesan lo justo.

Me levanto, abro la ventana. La calle sigue su coreografía habitual: un niño que llora, una moto que pasa, una mujer con prisa. Y, sin embargo, la luz entra con otro matiz, como si cruzara un filtro que no estaba ayer. La dejo entrar. El aire nuevo se mezcla con el de dentro sin conflicto.

Vuelvo a sentarme. Respiro. Tinto dormita, Nube me ignora con profesionalidad. Pienso que quizá esto sea el principio de algo, aunque no sepa de qué. No es un anuncio ni una revelación; es una modificación del pulso. Algo, o alguien, ha entrado. Y, por primera vez, no siento la necesidad de protegerme.

El aire cambiado. Lo pronuncio en voz baja, como si probar la frase me ayudara a creerla. Sí, ha cambiado. Y conmigo, todo lo demás empezará a moverse, muy despacio, como si obedeciera a un plan antiguo que por fin recuerda su partitura.