39 patrañas vesánicas
Primavera. País del Mediterráneo.
El campo solo podía ser verde. Infinitos tonos de verde que se confunden con amarillos y marrones.
Árboles frondosos albergaban nidos de aves. Los pequeños matorrales protegían a algunos animalillos. La hierba escondía múltiples insectos. Los campos verdes servían de cama a muchos jóvenes en esa época. Tardes de amor.
El verde de los campos servía de inspiración a poetas y músicos, a pintores que llevaban al lienzo su realidad transfigurada.
Los niños jugaban entre los árboles. Risas. Carreras. Las familias disfrutaban del campo, los parques, jardines…
En diez lugares no muy lejanos de aquellos montes, diez jóvenes (seis mujeres y cuatro hombres) mantenían la comunicación con sus móviles. Parecía una cuenta atrás. Diez jóvenes que habían preparado durante las últimas dos horas pequeños montículos de hojas secas, ramas secas, restos de papel, bolsas, cristales, líquidos y espráis inflamables…
Las doce en punto del medio día. El sol en el cielo brillaba con fuerza sin nubes que le impidieran llegar a los campos verdes.
Los diez jóvenes, prácticamente a la vez, comenzaron a encender sus cerillas y las iban tirando sobre los restos de madera, papel, hojas, basura… El fuego fue creciendo poco a poco desde diez puntos. Se extendió con gran velocidad.
El fuego invadió el monte en un abrir y cerrar de ojos. El verde desaparecía bajo las llamas. Los animales huyeron rápidamente.
Los tonos oscuros iban comiendo terreno al verde. Las llamas crecían. Invadían la vida.
El color de la ceniza pasó a ser el color del paisaje.

