Hay ciudades que la literatura convierte en escenario y otras que terminan comportándose como un procedimiento narrativo. Buenos Aires pertenece a las segundas. Sus calles rectas prometen orientación, las cuadras ofrecen una medida aparentemente racional del espacio y la cuadrícula urbana parece diseñada para impedir cualquier posibilidad de perderse. Sin embargo, basta leer a Jorge Luis Borges o a Julio Cortázar para descubrir que esa claridad es sospechosa. Una esquina puede abrir una grieta en la realidad, una casa contener una amenaza inexplicable y una biblioteca extenderse mucho más allá de los límites razonables de un edificio. La ciudad ordenada por el plano se vuelve, en cuanto entra en la literatura, un territorio donde nunca sabemos del todo qué puede aparecer al doblar la próxima esquina.
Borges y Cortázar construyeron dos Buenos Aires muy diferentes, aunque ambos comprendieron que la ciudad ofrecía algo más interesante que una colección de lugares reconocibles. Para Borges, Buenos Aires fue origen, memoria y mitología personal. Para Cortázar, que pasó buena parte de su vida adulta lejos de Argentina, se convirtió también en distancia, recuerdo y espacio susceptible de deformarse desde otro continente. Uno escribió muchas veces como quien intenta recuperar una ciudad anterior a sí mismo; el otro como quien descubre que una ciudad puede seguir persiguiéndonos cuando creemos haberla dejado atrás. Entre ambos produjeron una geografía donde lo cotidiano nunca garantiza normalidad.
Borges nació en Buenos Aires en 1899 y creció entre Palermo y la biblioteca familiar. La ciudad de su infancia estaba experimentando una transformación extraordinaria. La inmigración europea alteraba su población, nuevos barrios se extendían hacia las periferias y la modernización urbana modificaba calles y costumbres. Cuando regresó en 1921 después de varios años en Europa, encontró una ciudad que conocía y que al mismo tiempo debía volver a aprender. De ese reconocimiento imperfecto surgió una parte fundamental de su primera poesía.
En Fervor de Buenos Aires, publicado en 1923, Borges no busca la monumentalidad. Le interesan los arrabales, los patios, las calles tranquilas, los atardeceres y las esquinas. Su ciudad literaria comienza allí donde la gran capital parece diluirse en periferia. No necesita el Obelisco —que todavía no existía— ni los grandes edificios para establecer una identidad. Prefiere lugares aparentemente secundarios porque puede convertirlos en espacios de revelación. La ciudad se vuelve íntima precisamente cuando deja de intentar representarla entera.
Las esquinas tienen una importancia especial en ese universo. Una esquina es una decisión geométrica sencilla: dos calles se cruzan y continúan. Pero literariamente introduce una incertidumbre. Desde un lado no podemos ver por completo lo que espera en el otro. Permite encuentros, desapariciones y cambios de dirección. Borges, que terminaría convirtiendo el laberinto en uno de sus grandes símbolos, encontró en la cuadrícula porteña una versión paradójica del mismo problema: no hace falta que las calles sean sinuosas para perderse cuando todas pueden parecerse.
El laberinto borgiano no consiste siempre en no saber por dónde salir. A veces consiste en comprender que cualquier salida conduce a otra estructura. Una biblioteca puede ser un universo; un jardín, una red de tiempos posibles; un mapa, un territorio que amenaza con sustituir aquello que representa. Buenos Aires participa de esa lógica porque la ciudad concreta convive constantemente con otra construida por la memoria. Borges camina por calles reales mientras imagina las que hubo antes y las que podrían haber existido.
Palermo ofrece uno de los mejores ejemplos. El barrio que hoy asociamos con restaurantes, tiendas, diseño, vida nocturna y sucesivas subdivisiones nominales no es el mismo Palermo que aparece en la mitología borgiana. Borges recupera un territorio de compadritos, cuchilleros y orillas urbanas que pertenece tanto a la historia como a su propia elaboración literaria. No pretende realizar una reconstrucción sociológica exacta. Construye un pasado capaz de proporcionar a Buenos Aires una épica que, según él, parecía faltarle.
Ese gesto resulta interesante porque revela hasta qué punto una ciudad puede inventar retrospectivamente su tradición. Las grandes capitales europeas poseían siglos de relatos, héroes y mitologías urbanas. Buenos Aires era una ciudad relativamente joven en su configuración moderna y crecía con una velocidad que podía producir cierta sensación de falta de pasado. Borges respondió fabricando continuidad. Los arrabales, los duelos y los hombres de códigos violentos se convirtieron en materiales para una memoria literaria que terminó influyendo en la manera de imaginar la ciudad.
Cortázar entró en Buenos Aires desde otro lugar. Nació en Bruselas en 1914, durante la Primera Guerra Mundial, pero creció en Argentina y vivió durante años en el área porteña antes de instalarse definitivamente en París en 1951. La distancia geográfica se volvió una de las condiciones de su escritura. Buenos Aires continuó apareciendo en sus relatos y novelas, pero ya no era únicamente una ciudad habitada: era también un espacio recordado desde lejos.
Quizá por eso el Buenos Aires de Cortázar tiene una elasticidad diferente. Sus personajes pueden estar caminando por una calle perfectamente reconocible y, de pronto, la realidad cambia de reglas sin anunciarlo. Lo fantástico no llega necesariamente desde un territorio remoto. Surge dentro de un apartamento, en un transporte público, en una conversación o en una acción trivial. La ciudad cotidiana contiene una segunda ciudad que puede manifestarse en cualquier momento.
«Casa tomada» es un ejemplo perfecto de ese mecanismo, aunque el espacio central sea doméstico. Dos hermanos viven en una gran casa familiar de Buenos Aires hasta que una presencia inexplicable comienza a ocupar habitaciones. Nunca sabemos qué es. Cortázar no necesita explicarlo. Lo inquietante procede precisamente de que el mundo continúa funcionando con normalidad mientras una parte de él se vuelve inhabitable. La casa se reduce progresivamente hasta expulsar a quienes creían poseerla.
La ciudad exterior apenas necesita aparecer. Está esperando al otro lado de la puerta.
En «Las puertas del cielo», «Ómnibus» y otros relatos, Buenos Aires entra de manera más directa. Transportes, calles, cafés y espacios de ocio forman parte de una geografía cotidiana donde las diferencias sociales y las percepciones de los personajes importan tanto como cualquier elemento fantástico. Cortázar observa una ciudad que clasifica a sus habitantes incluso cuando parece simplemente desplazarlos de un lugar a otro. Viajar en colectivo nunca es solo trasladarse.
El transporte público posee una extraordinaria capacidad literaria porque obliga a desconocidos a compartir espacio durante un tiempo. Buenos Aires, con sus colectivos, trenes y subterráneos, proporciona innumerables posibilidades para ese encuentro involuntario. Cortázar entendió bien que basta colocar a varias personas dentro de un vehículo para producir una sociedad provisional, con reglas, miradas y exclusiones propias. La ciudad moderna no necesita salones aristocráticos para generar teatro social: le basta una línea de autobús.
Borges prefería caminar.
La diferencia no es absoluta, pero resulta sugerente. El paseante borgiano transforma la ciudad mediante la memoria y la asociación. El viajero cortazariano puede descubrir que el trayecto mismo altera la realidad. En ambos casos, desplazarse significa leer signos, aunque nunca podamos estar seguros de haberlos interpretado correctamente.
Las librerías añaden otra capa a esa Buenos Aires literaria. La ciudad posee una relación extraordinariamente intensa con el libro y ha mantenido durante décadas una elevada concentración de librerías, desde grandes establecimientos hasta locales de segunda mano donde los ejemplares parecen haber desarrollado su propio sistema de clasificación. La calle Corrientes se convirtió en uno de los grandes territorios de esa cultura, con librerías que prolongaban durante horas la posibilidad de caminar y leer casi simultáneamente.
Hay algo profundamente borgiano en una ciudad donde entrar a buscar un libro puede terminar ocupando una tarde entera. La biblioteca infinita de «La biblioteca de Babel» no necesita una correspondencia física para resultar reconocible en Buenos Aires. Basta con entrar en determinadas librerías de viejo y observar pasillos, estanterías y montones que parecen obedecer a un orden que el visitante no comprende. La diferencia es que la biblioteca borgiana contiene todas las combinaciones posibles de signos, mientras la librería real ofrece algo quizá más inquietante: únicamente los libros que el azar ha llevado hasta allí.
Ese azar modifica la lectura. Una librería ordenada mediante algoritmos intenta anticipar lo que queremos. Una librería de viejo puede mostrarnos aquello cuya existencia ignorábamos. El libro aparece porque estaba colocado junto a otro, porque su lomo llamó la atención o porque alguien lo vendió años antes. El encuentro conserva algo de accidente urbano, como cruzarse con un desconocido en una esquina.
Buenos Aires permite prolongar esa experiencia hasta extremos poco razonables. El Ateneo Grand Splendid, instalado en un antiguo teatro, se ha convertido en una de las imágenes internacionales de la ciudad libresca. El edificio impresiona por su escala y por la transformación de plateas, palcos y escenario en espacios para lectores, pero la verdadera relación porteña con los libros no depende de un único establecimiento espectacular. Está dispersa en librerías de barrio, puestos, editoriales, bibliotecas y cafés donde leer sigue siendo una actividad perfectamente compatible con pasar demasiado tiempo en una mesa.
Borges conoció las bibliotecas desde una relación mucho más profunda que la del simple lector. Trabajó durante años en la Biblioteca Municipal Miguel Cané y en 1955 fue nombrado director de la Biblioteca Nacional. Para entonces su vista se deterioraba de manera irreversible. La coincidencia entre la llegada a una institución llena de libros y la pérdida de la capacidad de leerlos por sí mismo produjo una de las grandes ironías de su biografía, que él mismo convertiría en literatura.
La biblioteca se volvió entonces un espacio simultáneamente poseído e inaccesible. Esa contradicción parece diseñada por el propio Borges: millones de páginas alrededor de un hombre que ya no puede verlas. Pero también resume algo de nuestra relación con cualquier biblioteca. Ningún lector puede leer todos los libros que contiene. Entrar en una biblioteca significa enfrentarse materialmente con los límites de una vida.
Las librerías infinitas de Buenos Aires no son infinitas porque tengan todos los libros, sino porque siempre contienen más de los que podremos leer. La abundancia produce una forma extraña de melancolía. Elegir un volumen significa abandonar durante un tiempo miles de posibilidades, y cada estantería recuerda que la cultura excede inevitablemente nuestra capacidad para abarcarla.
Cortázar convirtió esa libertad de elección en una cuestión formal. Rayuela, publicada en 1963, invita a leer de más de una manera y desafía la linealidad convencional de la novela. Buena parte de la historia transcurre en París, pero Buenos Aires ocupa una sección fundamental y funciona también como contrapunto de la experiencia europea de Horacio Oliveira. Las dos ciudades se contaminan mutuamente: París puede recordar Buenos Aires y Buenos Aires puede contener ecos de París.
La distancia deja entonces de ser puramente geográfica. El emigrado lleva consigo una ciudad que aparece en otra. Una calle parisina puede activar un recuerdo porteño y una conversación en Buenos Aires quedar atravesada por lo vivido al otro lado del Atlántico. Cortázar pertenece a una tradición argentina profundamente vinculada a Europa, pero su escritura complica cualquier idea sencilla de centro y periferia.
Borges había realizado un movimiento parecido de otra manera. Leyó literaturas de múltiples lenguas y épocas hasta convertirlas en parte de una obra que, sin embargo, nunca dejó de regresar a Buenos Aires. Un cuento podía hablar de teólogos medievales, sagas nórdicas o filósofos y terminar conectado con una esquina porteña. La cultura universal y el barrio no eran términos incompatibles.
Esa combinación explica algo esencial sobre la ciudad intelectual que ambos ayudaron a construir. Buenos Aires ha vivido durante mucho tiempo mirando hacia fuera sin dejar de discutir obsesivamente qué significa ser argentina. Europa, América Latina, las migraciones, el tango, la lengua española y sus variantes locales han formado parte de una conversación permanente sobre identidad. Borges y Cortázar participaron en ella desde posiciones distintas, y ninguno permitió que la respuesta quedara cerrada.
La lengua constituye uno de esos territorios de disputa. Buenos Aires se reconoce también por una manera de hablar, por el voseo, la entonación rioplatense, el lunfardo y una larga tradición de mezcla lingüística relacionada con las migraciones. Borges trabajó conscientemente con diferentes registros y con una idea literaria de la oralidad porteña; Cortázar explotó el juego verbal, las deformaciones y la capacidad del lenguaje para escapar de sus usos previsibles. En ambos, las palabras pueden resultar tan inestables como las calles.
Quizá por eso sus ciudades siguen siendo recorribles sin necesidad de convertirlas en rutas turísticas. Es posible localizar casas, bibliotecas, cafés y direcciones relacionadas con ambos escritores, pero hacerlo no garantiza encontrar su Buenos Aires. La ciudad literaria nunca coincide por completo con la biográfica. Una placa puede indicar que Borges vivió en determinado edificio y seguir sin explicar dónde empieza el laberinto; podemos recorrer las calles de Cortázar y no encontrar ninguna puerta hacia lo fantástico.
La tentación de localizarlo todo es comprensible. El turismo literario necesita direcciones porque un mapa no puede marcar una sensación. Sin embargo, en estos dos escritores quizá sea especialmente importante resistirse a esa necesidad. Borges dedicó buena parte de su obra a desconfiar de las representaciones que pretenden sustituir la realidad, mientras Cortázar se especializó en mostrar que la realidad puede romperse precisamente cuando creemos conocer sus reglas. Convertirlos en una sucesión ordenada de puntos sobre Google Maps tendría cierta ironía.
Buenos Aires ofrece algo mejor: la posibilidad de caminar sabiendo que ninguna esquina está obligada a significar nada y que, precisamente por eso, alguna puede terminar significándolo todo. La ciudad real continúa con su tráfico, sus edificios, sus cafés, sus librerías y sus prisas mientras el lector superpone otra cartografía. Allí estuvo Borges; por aquí podría haber pasado un personaje de Cortázar; aquella fachada parece pertenecer a un cuento aunque no aparezca en ninguno. La literatura empieza a trabajar cuando deja de necesitar pruebas.
También la ciudad ha cambiado desde que ambos la escribieron. Los barrios se han transformado, las librerías abren y cierran, los edificios desaparecen, los usos del espacio cambian. Palermo ya no puede ser el arrabal borgiano y el Buenos Aires que Cortázar recordaba desde París pertenece a otra época. Intentar conservarlos intactos sería negar precisamente aquello que convierte una ciudad en ciudad: su capacidad de transformarse.
Los libros realizan entonces una función peculiar. No congelan Buenos Aires, pero conservan formas de mirarla que ya no pueden reproducirse exactamente. Borges mantiene calles que existen sobre todo en la memoria; Cortázar conserva maneras de moverse, hablar y observar que pertenecen a décadas concretas. Leerlos permite caminar simultáneamente por varias ciudades sin necesidad de decidir cuál es la verdadera.
Eso quizá sea lo más parecido a una biblioteca infinita que Buenos Aires puede ofrecer. No hacen falta galerías interminables como las de Babel. Basta con que cada calle contenga sus versiones anteriores, sus relatos, sus habitantes desaparecidos y las interpretaciones que otros han depositado sobre ella. Una ciudad se vuelve infinita cuando ningún recorrido consigue agotarla, y Buenos Aires lleva más de un siglo demostrando una especial resistencia a quedar encerrada en una única narración.
Borges convirtió esa imposibilidad en laberinto y Cortázar en juego. Uno sospechó que detrás de la realidad podía existir un orden tan perfecto que resultara incomprensible; el otro prefirió imaginar que bastaba un pequeño desplazamiento para que el orden dejara de funcionar. Sus métodos fueron distintos, pero ambos enseñaron a desconfiar de la aparente sencillez de una calle recta.
Por eso quizá la mejor manera de recorrer su Buenos Aires consista en no buscar demasiado. Entrar en una librería sin título previsto, caminar unas cuadras más de las necesarias, detenerse en una esquina que no aparece en ninguna guía y aceptar que la ciudad no tiene obligación de representar el papel que la literatura le asignó. Los libros ya hicieron su trabajo. No necesitamos que Buenos Aires los imite.
A cambio, puede ofrecernos algo más interesante: comprobar cómo una ciudad real y las ciudades que hemos leído se superponen sin coincidir nunca. En ese pequeño desajuste aparece el territorio compartido por Borges y Cortázar, un Buenos Aires donde las esquinas conducen a otras esquinas, las bibliotecas recuerdan todo lo que nunca podremos leer y cualquier trayecto conserva la posibilidad de desviarse.
La cuadrícula sigue ahí y el mapa continúa pareciendo razonable. Las calles tienen nombres, los edificios números y las librerías horarios de cierre. Nada obliga a pensar que exista un misterio. Pero después de Borges y Cortázar resulta difícil caminar por Buenos Aires sin sospechar que la normalidad de la ciudad es apenas una de sus versiones y que, en alguna parte entre una esquina y la siguiente, hemos pasado junto a otra sin darnos cuenta.

