La curiosidad es una trampa elegante. Sabes que no deberías hacerlo, pero lo haces. Tienes un texto delante. Tuyo. Escrito con tiempo, con correcciones, con dudas y con ese cansancio específico que solo aparece después de la tercera relectura. Y aun así decides pasarlo por un detector de IA. Por probar. Por confirmar lo obvio. Por cerrar el asunto.
El detector procesa el texto con rapidez quirúrgica. Ni siquiera parece dudar. Resultado: 99 % escrito por IA.
Parpadeas. Relees. No cambia. El texto sigue siendo sospechosamente tuyo, pero ahora también es, según un algoritmo entusiasta, obra de una máquina. No de una cualquiera, además. De una muy eficiente. De esas que escriben sin café, sin mareos y sin sentarse en el suelo de la cocina.
La primera reacción es física. Un vacío breve, seguido de una indignación contenida. No porque te hayan acusado de hacer trampas, sino porque te han robado algo más íntimo: la autoría por estilo. No el contenido. El modo de decir. Eso que se supone que nadie puede copiar del todo.
Empiezas a repasar mentalmente tu trayectoria. Los años leyendo. Escribiendo. Corrigiendo. Afinando frases. Eliminando tics. Construyendo una voz reconocible, sobria, contenida. Y ahora resulta que esa voz coincide peligrosamente con lo que una IA considera “probable”.
Y aquí estamos…
Descubriendo que escribir claro, coherente y sin fuegos artificiales te convierte en sospechosa. Que no abusar de exclamaciones, no repetir clichés y no sonar caótica es, al parecer, un indicio de automatización. La excelencia estilística como prueba incriminatoria.
El detector no explica nada. No argumenta. No señala pasajes concretos. Dictamina. Como si hubiera una forma legítima de escribir “humano” que, casualmente, siempre implicara desorden, incoherencia o exceso de adjetivos emocionales. Todo lo demás, por lo visto, es artificial.
Empiezas a pensar en las consecuencias. ¿Qué se supone que debes hacer ahora? ¿Escribir peor para parecer más real? ¿Introducir erratas estratégicas? ¿Añadir una frase confusa cada tres párrafos para tranquilizar a la máquina? ¿Insertar un “bueno, en fin” ocasional como prueba de humanidad?
La ironía es perfecta: cuanto más oficio tienes, más te pareces al ideal estadístico de una IA entrenada con textos bien escritos. Y cuanto más te esfuerzas en pulir tu voz, más sospechosa se vuelve.
Respiras hondo. Cierras el detector. Vuelves al texto. Lo lees otra vez. Funciona. Dice lo que tiene que decir. Suena a ti. No a una máquina. A alguien que piensa antes de escribir y corrige después. A alguien con criterio.
Y aquí estamos…
Decidiendo ignorar un veredicto que no entiende de procesos, solo de patrones. Recordando que los detectores no miden autoría: miden probabilidades. Y que confundir una voz trabajada con una voz artificial dice más de la herramienta que del texto.
No cambias nada. No justificas nada. No te disculpas por escribir bien. Sigues adelante con una convicción tranquila: si algún día tu estilo se parece demasiado a una IA, no será porque escribes como una máquina, sino porque las máquinas han aprendido imitando a quienes llevan años escribiendo con cuidado.
Y eso, aunque inquietante, no invalida tu trabajo. Solo confirma que el oficio deja huella. Incluso cuando un algoritmo no sabe reconocerla.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

